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Jueves, 27 de abril de 2006

MUSICA › LA ORQUESTA DE JAZZ DE MARIANO OTERO

Una aventura musical en la que lo sutil no quita lo potente

Trece de los mejores músicos locales forman una banda donde las individualidades construyen un poderoso sonido grupal en el que los excelentes arreglos tienen tanto peso como los solos, siempre pertinentes.

 Por Diego Fischerman

La crisis dejaba en la miseria a gran parte de la población y, mientras tanto, las orquestas de jazz crecían. Por un lado, la pobreza desencadenó una verdadera manía por lo grande y lujoso (las comedias con Fred Astaire son de esa época). Y, por otro, nunca había resultado tan barato juntar tanta gente arriba de un escenario. Todavía no era el tiempo de la gran industria del entretenimiento fagocitando al jazz y de las gigantescas orquestas bailables de los cuarenta, pero ya estaban fijadas las dos grandes líneas que regirían la evolución musical de un subgénero, el de las big bands, que, al mismo tiempo, alimentaría los costados más comerciales y los más vanguardistas del jazz.

A fines de la década del ’20 ya existía el núcleo de lo que más adelante sería la orquesta de Duke Ellington y, también, la banda de Fletcher Henderson. En la primera dominaba el sonido grupal y, paradójicamente, era un sonido construido sobre sonidos sumamente particulares. Ellington no elegía a los mejores músicos pero todos los que elegía eran los mejores en algo: el ligado de Johnny Hodges, el wah-wah de Cootie Williams, el melodismo de Harry Carney. La orquesta de Fletcher Henderson, donde en algún momento cohabitaron Louis Armstrong, Coleman Hawkins y Benny Carter, era, en cambio, una orquesta de solistas. Y, a pesar de la leyenda negra y de la supuesta incapacidad de Henderson para conducir un grupo humano, siempre tuvo a los mejores.

La tradición de las big bands es contradictoria. Allí está Glenn Miller, por ejemplo, pero, también, una orquesta como la de Stan Kenton, que tuvo arregladores de la talla de Peter Rugolo y Gerry Mulligan, y creadores como Gil Evans, Quincy Jones, Oliver Nelson, George Rusell, Don Ellis y, más cerca, Toshiko Akiyoshi y Maria Schneider. En diálogo con esa historia es donde se articula una de las mejores y más trascendentes aventuras del jazz argentino reciente. Un contrabajista, líder de varios proyectos y ya con dos discos excelentes grabados (uno, con septeto, publicado por BAU y el otro en S’Jazz, un subsello de EMI) juntó, a lo Fletcher Henderson pero sin su mala suerte, a varios de los mejores músicos locales y formó un grupo, al que llama orquesta y no banda, para tocar arreglos propios y de otros integrantes del grupo. El resultado es absolutamente extraordinario.

Integrada, además de por Otero, por Juan Cruz de Urquiza y Mariano Loiácono en trompetas, Enrique Norris en corneta, Juan Canosa en trombón, Rodrigo Domínguez, Carlos Lastra, Ramiro Flores y Pablo Pontoriero en saxos, Miguel Tarzia en guitarra eléctrica, Francisco Lo Vuolo en piano, Pepi Taveira en batería y Mario Gusso en percusión, la orquesta comienza sus presentaciones con Mingusiana, cuyo título pone en evidencia parte de la enciclopedia que sustenta su ideología estética. Siempre más atenta a la heterogeneidad y a los timbres contrastantes que a los bloques, una de las particularidades de la orquesta de Mariano Otero es que con frecuencia abandona uno de los rasgos constitutivos del estilo big band que es el juego entre secciones. Es frecuente aquí que se conformen secciones mixtas, con una trompeta, la guitarra y un saxo, por ejemplo, en lugar del tradicional agrupamiento de boquillas por un lado y cañas por el otro. Además, en la línea evansiana, parte de la fila de saxos intercambia habitualmente sus instrumentos por flauta o clarinete. La línea de arregladores con los que Otero se identifica aparece situada un poco al margen de la línea central: las orquestaciones de Dolphy, Mingus, por supuesto, Don Ellis y el Dave Holland de aquel grupo formidable que, con Sam Rivers y Anthony Braxton, grabó Conference of the Birds.

Holanda, Flow –un tema dedicado por Mariano Otero a su mujer, la actriz Florencia Peña (“lo compuse porque estoy enamorado de ella y lo arregló Mariano Loiácono, que también está enamorado de ella”, bromeó)–, Nudos y Hacia un lugar están entre lo mejor de un concierto denso, repleto de información pero, también, de sentido del humor. La orquesta nunca suena trabada, la complejidad jamás está forzada y parte del éxito radica en la precisión, contundencia e imaginación de los solos. Urquiza, Lastra, Domínguez, Flores (una verdadera revelación), Lo Vuolo (como dice Otero, “a esta altura del partido una verdadera ex revelación”), el propio contrabajista y Tarzia, que en sus solos, un poco a la manera de Marc Ducret, demuestra que Hendrix, aun en el jazz, es una fuente insoslayable para la guitarra actual, brillan en cada una de sus intervenciones y demuestran que una explosiva combinación de individualidades es una fórmula tan buena como cualquier otra para conseguir un sonido grupal inconfundible.



10-MARIANO OTERO ORQUESTA
Juan Cruz de Urquiza y Mariano Loiácono en trompetas, Enrique Norris en corneta, Juan Canosa en trombón, Rodrigo Domínguez, Carlos Lastra, Ramiro Flores y Pablo Pontoriero en saxos, Miguel Tarzia en guitarra eléctrica, Francisco Lo Vuolo en piano, Mariano Otero en contrabajo, Pepi Taveira en batería y Mario Gusso en percusión. Notorious (Callao 966). Todos los jueves de abril y mayo.

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La orquesta del contrabajista Mariano Otero es uno de los acontecimientos del jazz local.
 
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