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Jueves, 27 de abril de 2006

TELEVISION › COMO FUE EL AUSPICIOSO DEBUT DE “MONTECRISTO”

Paneo sobre el pasado trágico

El héroe traicionado de Pablo Echarri reproduce el modus operandi de la desaparición de personas durante la dictadura y lo entremezcla, por primera vez, con el melodrama sentimental.

 Por Julián Gorodischer

Si Resistiré, en 2003, sorprendía desde el vamos con un giro a lo fantástico, Montecristo (que se estrenó el martes en Telefé, a las 22) es una versión bastante apegada a El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, cuya trama indica que un hombre injustamente encarcelado durante trece años volverá para buscar venganza sobre quienes lo traicionaron. Hay pocas analogías entre ambas tiras, más allá del horario, el canal y el protagónico absoluto para Pablo Echarri, aquí un pelilargo bastante bonachón y con tics barriales en el modo de hablar (a pesar de ser de una oligarquía local) que se enamora de la prima (Paola Krum) de su mejor amigo (Joaquín Furriel).

La novedad, aquí, no es del orden del triángulo amoroso, ni aparece junto a la traición del mejor amigo, o a la aparición de un villano absoluto (Oscar Ferreyro): hasta allí es la recreación más o menos lineal de un melodrama clásico, con todos los ítems que deberían figurar en el listado: amor postergado, rivalidad de galanes, heroína sufriente y sometida a una vida en los antípodas de lo soñado. Pero aquí ingresa a la ficción diaria, por primera vez desde el Costumbres argentinas –guionado, como aquí, por Adriana Lorenzón–, el eco trágico de la dictadura. Si en la tira anterior de Lorenzón, era el marco de época para narrar una historia de los ’80 (requisas policiales, pedido de documentos, Falcon verde y otros detalles de contexto luego atenuados a pedido de la productora Ideas del Sur), esta vez el pasado trágico vuelve para aggiornar la trama de El Conde... a una actualidad inmediata: la ficción de Telefé parece sumarse al pack de conmemoraciones y testimoniales por los 30 años transcurridos desde el golpe del ’76. Aquí, el amigo que traiciona es hijo de un ex represor asustado por la reapertura de causas sobre apropiadores de menores durante la dictadura. El juez que lo investiga es nada menos que el padre de Santiago (Echarri): la traición consiste en el asesinato del juez y la desaparición del héroe de Echarri en pleno Marruecos. Pablo Echarri (Santiago) volverá recién en 2006 para buscar revancha. El actor coincide, esta semana, en dos estrenos unidos por un tema y una transgresión formal: como en Crónica de una fuga, de Adrián Caetano, Montecristo es la adaptación del testimonio sobre el golpe a los géneros de la cultura popular: una de acción o una de romance. Aquí, el melodrama clásico (enamorados separados, villano triunfante) también es la recreación de los ecos del golpe; en Crónica... la fuga de la Mansión Seré es el contexto para contar una huida adrenalínica.

Hábilmente, la guionista Lorenzón –junto a Marcelo Camaño– sobreimprimen todos los arquetipos de la historia reciente para narrar esta traición en la actualdad: hay un entregador, un cómplice, un encubridor, una militante por la verdad y la justicia, un exiliado y una víctima. La ficción sobre la dictadura no se expresa sólo como tópico testimonial (como mera excusa para diferenciar a Montecristo del culebrón) sino que opera sobre la forma: el descenso a los infiernos de Echarri es un comentario sobre el pasado trágico. Su desaparición, ambientada en 1995, respeta el modus operandi del chupado: el entregador es el ex represor temeroso de que le descubran el prontuario negro; el ejecutor (Furriel) opera justificado por una obediencia debida a su padre; el arrepentido (la esposa) asume ese physique du rol tan asociado a la mujer de ex jerarcas (la dama borracha, aquí una quebrada), y, de fondo, la Iglesia confesional está más dispuesta a hacer callar a los involucrados que a destapar ollas. Se cuelan frases altisonantes (...el pasado está muerto y enterrado..., ¿o creés en la resurrección?) del represor sobre la desaparición de Echarri, y se anuncia un retorno del héroe vencido para cobrarse su cuenta pendiente.

Montecristo comenta, constantemente, la dictadura: no teme al tema que espanta audiencia –según definía Lorenzón al temor de programadores y productoras–. En su primer capítulo condensó aún más imágenes críticas de los actores históricos involucrados en la represión: la Iglesia lava culpas del represor en la comunión; la búsqueda de justicia para el caso de Echarri sirve para filtrar voces típicas del reclamo colectivo: “Se hará justicia”, dice una abogada/socia del juez asesinado (Rita Cortese), dedicada a desmantelar la conspiración. Lorenzón y Camaño, asesorados por Abuelas de Plaza de Mayo, decidieron añadir un elemento más para enfatizar la alusión a la dictadura: aquí, además del desaparecido Echarri, habrá dos hermanas apropiadas (Krum y Viviana Saccone), nacidas en cautiverio, pero a la vez involucradas en el romance. Serán centro del drama amoroso y la vía para seguir comentando el golpe: toda una novedad estilística que corroe la solemnidad de otros homenajes para el bronce. De cómo se resuelva el reclamo de justicia (si es una venganza fiel a la de El conde... o una reparación atenuada) y la búsqueda familiar de las hermanas de Krum y Saccone dependerá la ligazón de Montecristo a los géneros testimoniales de la recordación o si recorren los caminos menos políticamente correctos de otras ficciones sobre revancha por mano propia (en variaciones recientes como la brillante Kill Bill y el controvertido unitario Criminal de Canal 9). La experiencia de melodrama comprometido, inédito en tiras, adapta el secreto familiar y la restitución de identidad (infaltables de la telenovela) a su connotación política, ya no como elemento de color (en Costumbres argentinas) y –motivado por la masividad de especiales recientes acerca del golpe– como verdadero nudo argumental.

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Echarri, un héroe raro en una historia que empezó bien.
 
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