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Viernes, 20 de enero de 2012

MUSICA › ADRIAN IAIES Y HORACIO FUMERO GRABAN EN VIVO, A PARTIR DE MAÑANA, SU NUEVO DISCO

“Lo nuestro termina de cocinarse en el escenario”

El pianista acaba de registrar su nuevo trabajo en trío y el contrabajista viene de tocar con Eddie Henderson, entre otros grandes del jazz. Juntos tocarán en Vinilo y el resultado se sumará, en un álbum doble, a tomas inéditas realizadas en estudio.

 Por Diego Fischerman

Para algunos, Horacio Fumero es el que tocaba con León Gieco, allí en Cañada Rosquín, en la provincia de Santa Fe, y el que integró con él el grupo Los Moscos. Para otros se trata del charanguista de uno de los momentos más fructíferos y efervescentes del Gato Barbieri, el del revulsivo Chapter One: Latin America publicado por Impulse. O el contrabajista, durante años, del trío de Tete Montoliu. “Son varias biografías en vez de una”, bromea, sentado de espaldas al piano. Mirándolo a él y, claro, de frente a su instrumento, está Adrián Iaies. Juntos tocarán mañana, el domingo 22, el sábado 28 y el domingo 29 en Café Vinilo (Gorriti 3780), grabando, además, en vivo. Y el registro se editará juntamente con unas sesiones en estudio hasta ahora inéditas, que incluyen canciones como “La colina de la vida” y “Tonada del viejo amor”, en un álbum doble, producido por la Universidad 3 de Febrero y cuyo título tentativo es Conversaciones desde el arrabal amargo.

Cuando Iaies y Fumero se juntaron por primera vez, en Barcelona, en noviembre de 2000, para grabar Tango Reflections –junto al bandoneonista Pablo Mainetti–, llegaron al estudio después de haberse conocido la tarde anterior. Y el productor les preguntó, admirado ante el entendimiento entre ellos, cuántos años hacía que tocaban juntos. “Química”, dicen ambos a Página/12. Inte-racción, escucha atenta, esa cualidad casi adivinatoria que caracteriza a los buenos músicos del género y, más aún, que permite que el jazz sea lo que es. En la versión de estudio de este dúo participaron, como invitados, la cantante Roxana Amed y el trompetista Mariano Loiácono. Y ambos estarán también en esta ocasión. “Me interesó que estuvieran los mismos músicos que habían grabado en su momento”, dice Iaies. “Y no porque se trate de algo parecido sino porque es algo totalmente diferente. Hay músicos que son iguales en vivo y en estudio. Nosotros no somos así. Nuestra energía, pero incluso nuestro concepto musical, cambia de manera absoluta si estamos solos o nos rodea la gente.” El repertorio abarcará, sobre todo, tangos. Y como bonus track, sólo en la actuación de mañana, habrá un invitado muy especial: León Gieco. “Llegamos juntos a Buenos Aires y vivimos en la misma casa durante un buen tiempo, porque estábamos los dos muertos de hambre. Pero, aquí, nuestros caminos musicales se separaron”, cuenta el contrabajista. “Hubo alguien que resultó muy importante para nosotros, Horacio Gianello, que fue baterista de Arco Iris. El nos escuchó, habló con noso-tros y nos orientó. A León lo mandó para el lado de Santaolalla y a mí me sugirió, por lo que yo le contaba, que estudiara con Santiago Giacobbe” (un notable pedagogo, pianista y organista de jazz, ligado a varios proyectos afines con el rock, entre ellos el grupo Sanata y Clarificación).

Ambos dicen sentirse cómodos tocando tangos. Los dos, desde ya, tocan jazz. No se trata, en todo caso, de la manera de hacer las cosas, de los procedimientos que utilizan, de sus estrategias para improvisar ni de la naturaleza de los arreglos sino, simplemente, del material sobre el que todo esto se sobreimprime. Fumero confiesa que, por lo que le habían contado de Iaies, antes de conocerlo, no le parecía que su música fuera a ser demasiado interesante. “Lo que me gustó mucho fue su manera de armonizar. Allí me sentí inmediatamente como en casa. Yo había hecho cosas con gente que se arrimaba al tango: ‘Caminito’ con swing. Y me parecía espantoso o, por lo menos, que no daba para demasiado. Pero lo que escuché cuando nos pusimos a tocar fue totalmente otra cosa.” El pianista recuerda que, en ese momento, Fumero le dijo que su manera de armonizar, usando muchas inversiones, se asemejaba a la de Tete Montoliu. Y aventura que una de las cuestiones vitales en la música que hacen tiene que ver con la apertura del ritmo. “En el tango no se puede definir ese ritmo, como en el jazz, porque se lo destruye. Es decir, la armonía y la melodía por ahí no son demasiado diferentes de las de una canción de Cole Porter. Lo que hace único al tango es esa manera de entrar y salir de la marcación rítmica, ese rubato (tiempo robado) que una batería pulverizaría.” Iaies relata que, en aquellas primeras grabaciones barcelonesas de hace once años, “necesitaba” dos dúos con contrabajo. “Me hablaron de Horacio. Yo lo conocía, sabía que tocaba con el Tete. Es decir, para mí era el contrabajista del Tete. Pero no sabía que estaba en Barcelona. Le escribo un mail, le mandé la música, yo llegué a esa ciudad un domingo a la noche, él tenía un rato libre el lunes y el martes había que grabar. El lunes pasé por su casa, pasamos la música y a la hora estábamos charlando de cualquier cosa, tomando mate. Y quien no podía creer que no tuviéramos años de tocar juntos era un tipo muy importante, llamado Antonio Armet, que solía producir discos de música clásica, y que había grabado unos discos que sonaban fenómeno del Tete, con él, con Lucky Thompson y con Ben Webster. Hubo una conexión inmediata.” Y Fumero completa el relato: “Lo conocía a Adrián de nombre. Yo había venido a Buenos Aires en el ’98, para participar de Jazzología, el ciclo de Carlos Inzillo en el Centro Cultural San Martín, con un homenaje al Tete, que había muerto el año anterior. Pero hasta que no tocamos juntos no lo conocí en serio”.

Iaies dice: “El tango es lo que mejor nos funciona. Es lo que nos da más placer. Es un territorio en el cual, más allá de que escriba los arreglos, enseguida le encontramos resquicios. Aunque la música esté toda en el papel, termina de cocinarse en el escenario. Eso sucedió con el primer tango que arreglé para los dos, que fue ‘Silbando’, y después pasó con cada una de las cosas que hicimos juntos, pero es en el tango donde sucede de una manera más evidente. Ambos tocamos otras cosas, desde ya, pero es como si ésta fuera un área que nos hemos reservado para explorarla juntos”. Fumero habla de tangos, también de otras músicas, de cuestiones como la libertad a la hora de frasear, de la búsqueda del sonido y, también, de cierta osadía que lo lleva a no conformarse con los territorios ya conquistados. Y, también, que lo empujó a saltar al vacío cuando se enteró de que el Gato Barbieri estaba buscando un charanguista. “Yo tocaba la guitarra y estudiaba el contrabajo en el Conservatorio Manuel de Falla, con Greco. Nunca había tocado un charango, pero me fui a Ricordi, me compré uno y un tratado con las posiciones. Allí me di cuenta de que lo que mejor sonaba en el instrumento eran las posiciones al aire, y que el que tenía estaba en La menor. Se me ocurrió pensar que el Gato debía tocar, sobre todo, en Si bemol, así que fui y compré otro y lo afiné así. Cuando llegué a la cita que tenía con él, vio que tenía dos instrumentos y me preguntó por qué. Yo le expliqué todo esto y a él le encantó. Creo que con eso ya estaba adentro del grupo. Y es que quizá yo no fuera un virtuoso, pero podía pensar la música de una manera más parecida a la de él y concebir al charango más como una cuestión de color, que creo que era lo que él quería. Y después fue impresionante, porque el Gato no era famoso, era muy famoso. Era una verdadera estrella. Y eso me abrió todas las puertas.”

Fumero sigue siendo, hoy, una persona que habla más de aprender que de mostrar certezas. Sabe dónde está parado, pero también sabe que un músico nunca deja de estudiar, de absorber, de escuchar y procesar. “Con el Tete pasó algo así, también. El me tomó, pero yo le dije que aceptaba con una condición. Y él se quedó un poco cortado porque, ¿quién era ese impertinente que acababa de entrar y se atrevía a poner condiciones? Y mi condición era muy sencilla, y él accedió gustoso: que me enseñara. Porque lo que él venía haciendo todos los días para mí era forzosamente nuevo y no podría nunca haberme sentido naturalmente allí sin su ayuda. Así que varias veces por semana iba a su casa y él tocaba sus piezas y me mostraba su manera de tocar, y yo lo grababa y lo escuchaba y aprendía.” Uno y otro hablan de músicos, vuelven a “el Tete”, como lo llaman, e Iaies asegura que es uno de los pianistas que más admiró. Conversan de estilos, de discos. Y vuelven a ellos mismos, a lo que tocarán en Vinilo, a los arreglos, a la tensión entre lo escrito y lo que suena. “La diferencia en nuestra historia –afirma Iaies– es que Horacio siempre aplicó los procedimientos del jazz a músicas que venían del jazz, y ése no es mi caso. Más allá de que conozco los standards y a veces hasta me sorprendo a mí mismo de conocerlos, aun cuando muchas veces no les sepa el nombre, pero la mayoría de las veces mis materiales vienen de otro lado. Y eso funciona.” Fumero, conciso, dice una sola palabra: “Enriquece”.

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“El tango es un área que nos hemos reservado para hacer juntos”, dicen Fumero y Iaies.
Imagen: Dafne Gentinetta
 
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