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Domingo, 29 de enero de 2012

MUSICA › UN RECORRIDO HISTORICO POR LOS PREMIOS CONSAGRACION DE COSQUIN

El veredicto inapelable de la plaza Próspero Molina

Mientras se espera la definición de este año, Teresa Parodi, Víctor Heredia y Mariana Carrizo, entre otros, repasan en qué contextos obtuvieron los premios y qué significaron en sus carreras. Una distinción que permite leer, también, la historia del país.

 Por Karina Micheletto

Desde Cosquín

Es todo un folklore dentro del folklore de Cosquín: a medida que se acerca la última noche, se cierran las apuestas y corren las especulaciones alrededor de quién será el artista (o los artistas, ya que en las últimas ediciones se ha seguido la modalidad de dividir el premio entre dos y hasta en tres ganadores) que se hará acreedor del codiciado Premio Consagración. El apuestódromo corre por estas horas en la ciudad del Valle de Punilla a ritmo inversamente proporcional al que llevan sus comerciantes y hoteleros (este lugar no es apto para pedir nada apurado), y de acuerdo con los aplausos levantados los apostadores se debaten entre la más pirotécnica propuesta del grupo Alma de Luna, y artistas como la coscoína Paola Bernal o el jujeño Bruno Arias.

Pero, ¿qué implica exactamente obtener un Premio Consagración del festival mayor del folklore? ¿En qué medida influye en las carreras de los artistas y justifica los malos tratos que relatan los de menos “banca”, desde cambios y reducciones horarias hasta de cachet impuestos a último momento? Hubo un tiempo en que el premio de Cosquín era realmente consagratorio: abría y un antes y un después en las carreras de los artistas del folklore, promovía contratos discográficos, sembraba promesas. En tiempos flacos para la industria discográfica y para las posibilidades de difusión del género, los alcances de la Consagración son más difusos, pero aún así sigue siendo un logro buscado por cualquier artista del género. Página/12 recorrió junto a artistas “consagrados” o “descubiertos” por Cosquín en qué contextos obtuvieron los premios mayores del festival, y qué significaron en sus carreras. Hay algo seguro en este repaso: recorrer la historia de Cosquín y de los artistas que fue consagrando, según las épocas, es recorrer también la historia del país. Como en un juego de espejos –como es lógico tratándose de una manifestación popular– ambos se reflejan, tanto en sus riquezas como en sus miserias.

Pasiones y oscuridades

Cosquín comenzó en 1961, como un emprendimiento casi romántico de las fuerzas vivas del pueblo, empeñadas en cambiar la imagen de depositario de tuberculosos. Eran tiempos en que los enfermos venían a buscar una cura para el mal por entonces incurable, en los aires serranos, con hospitales creados a tal fin por la zona. Tiempos en que, al pasar por Cosquín, la gente se tapaba la boca con un pañuelo. Como suele ocurrir cuando las cosas funcionan más allá de lo imaginado, muchos condimentos del festival se fueron organizando sobre la marcha, a medida que, año a año, iba ganando dimensiones en tiempos fértiles para el género. Así, en las primeras ediciones de Cosquín, las consagraciones de los artistas eran algo así como un titulo no oficial: el que obtenía más aplausos –el que gritaba más fuerte– se iba con el rótulo que se estampaba en las tapas de long plays más vendidos: Artista consagrado por Cosquín.

En los primeros Cosquín el énfasis de la competencia estaba más bien puesto en las delegaciones de las provincias, que eran centrales en la programación, y artistas como Los Chalchaleros, Eduardo Falú, Horacio Guarany (que actuaron en la primera edición) o Los Fronterizos y Ariel Ramírez (que llegaron en 1964) venían ya con sus laureles ganados. Es el caso de Los Hermanos Abalos, que debutaron en Cosquín recién en 1966, con Julia Elena Dávalos como cantante, según recuerda Vitillo Abalos: “Cuando nos presentó, Julio Márbiz anunció que Los Hermanos Abalos daríamos la vuelta al mundo después de esa actuación, y así fue: nos esperaba una gira en la que salimos por el Pacífico, recorrimos toda América, Estados Unidos, Canadá, y llegamos hasta Japón cruzando por el Polo Norte”. Queda claro que la suerte del conjunto estaba echada desde antes de la actuación en Cosquín.

El de los ’60 era otro Cosquín –y era otro país–, y así lo recuerda Heredia en diálogo con Página/12: “Mis primeros Cosquín fueron muy especiales, con presencias extraordinarias, músicos y poetas increíbles –evoca–. Aquí conocí a Los Andariegos, Los Trovadores, a Hamlet Lima Quintana, a Armando Tejada Gómez, y a la gran Negra. Me hice muy amigo de todos por fuerza de la admiración, nos juntábamos en una especie de camping a la orilla del río que se llamaba El Puma, esas tardes de guitarreada fueron un aprendizaje increíble. Yo admiraba mucho a todo el grupo que había firmado el Manifiesto del Nuevo Cancionero, y nunca me hubiera imaginado que iba a terminar perteneciendo a ese grupo, después de conocerlo en Cosquín”. En este caso sí hubo un premio definitorio para una carrera, y fue el de Revelación Juvenil del Festival, que Heredia obtuvo en 1967, a los 19 años. “Yo era un estudiante de Letras que había venido a Cosquín como un turista más, por supuesto que no había grabado, ni me imaginaba siguiendo una carrera artística, era un aficionado. Fui a cantar a una peña con amigos, me escucharon autoridades del Festival y me invitaron al escenario mayor. Canté la zamba ‘Para cobrar altura’, que había escrito a los 15 años y era la única que tenía preparada. Me consagró el aplauso, y enseguida se me acercó la gente de RCA Víctor. Allí comenzó todo.”

Los Cosquín de los ’70 también siguieron el ritmo social y político del país. Tanto, que miembros de la Comisión de Cosquín y hasta sonidistas fueron arrestados en los primeros meses de la última dictadura. Reynaldo Wisner, por caso (uno de los fundadores del festival), estuvo detenido durante casi un año. Entre otros cargos, se acusaba al médico de haber nombrado Atahualpa Yupanqui al escenario de la Próspero Molina. El Trío San Javier fue la Consagración del primer Cosquín de esa dictadura, el de 1977. El del año siguiente fue para los hoy olvidados René y Daniel, un pirotécnico dúo de guitarras. Aquel fue un Cosquín que dejó otra marca: la de la última actuación de Jorge Cafrune, que cantó “El Orejano”, un tema que formaba parte de la lista de prohibidos. Unos días después moría atropellado mientras cabalgaba para rendir un homenaje a San Martín, en un extraño accidente en la ruta que muchos siguen consignando como un asesinato.

Primaveras de los ’80

Teresa Parodi ganó su premio consagración en 1984, en tiempos primaverales de regreso de la democracia. Ella analiza que no fue casual ese premio, en ese momento. Lo hizo con un repertorio novedoso para la música del litoral, integrado por canciones propias que tomaban historias de vida superadoras del paisaje, como “Apurate, José” y “María Pilar” (una de las primeras canciones del folklore argentino en tomar el tema de los desaparecidos), popularizado también por Alfredo Zitarrosa, con el relato de la desesperación de una madre ante la desaparición de su hijo: “¿Qué fue lo que ha sucedido, María Pilar, qué fue lo que ha sucedido con tu Julián? Los compañeros te ayudan a preguntar: ¿A dónde se lo llevaron, dónde estará? ¿Por qué jamás le pudiste hallar, si le buscaste sin descansar?”.

“Eran canciones con contenido social que salían a la luz después de años de dictadura”, destaca la correntina, y llega a una conclusión contundente: “Hoy yo no ganaría en Cosquín con ese repertorio. Me dirían que lo que canto no vende”, asegura, y compara: “Era otro Cosquín. Pasaban cosas de mucha emoción, ese fue el año del regreso de Mercedes Sosa, después de muchos años sin cantar en este escenario. Se podía ganar el Premio Consagración a fuerza de canciones y nada más, porque yo no tenía ninguna compañía grabadora, ni nada atrás, presionando. Tenía que hacer dos canciones y terminé haciendo nueve, por el fervor del público. Recuerdo que era un miércoles, y cuando bajé del escenario, la comisión me preguntó si me podía quedar hasta el sábado: si no aparecía otra sorpresa en esos días, el premio era mío. Como en ese entonces no había celular, ni fax, ni nada, tuve que volver desde Unquillo, para que me dieran la noticia: sí, había ganado el Premio Consagración”. Sobre la incidencia real de ese premio en su carrera, la correntina no lo duda: “Me cambió completamente la vida”.

León Gieco no tuvo su Premio Consagración “oficial” de Cosquín, pero reconoce la “bendición” de este escenario como definitoria en un punto: “Cuando compuse la primera canción bien folklórica mi papá me dijo: ‘Ahora vas a tener problemas con el ámbito del rock’. Y sí, a partir de ese momento la gente se preguntó si yo hacía rock o folklore”, cuenta. Tocar en Cosquín por primera vez, en 1986 como invitado de Mercedes Sosa, me consagró porque la gente dejó de cuestionarme si lo que yo hacía era folklore. Si había llegado a tocar en este escenario, ya estaba: lo que hacía, lo hacía bien”, sonríe. Gieco define al escenario de Cosquín como emblemático, también por lo que significa en su historia personal: “Cuando era chiquito me compraba la revista Folklore de febrero, porque ahí venía todo el resumen de lo que había pasado en el festival. Era mágico para mí, por esa revista yo conocí gran parte del folklore. Un día fue a actuar Cafrune a Cañada Rosquín, y me llevaron casi a la rastra a su camarín, con mucha vergüenza de mi parte: ‘Le presento al Jorge Cafrune de Cañada Rosquín’, le dijeron. Y él me miró, me puso la mano en la cabeza y me dijo: ‘Por algo las cosas se dicen, pibe’. Cuando Mercedes me llevó a Cosquín, sentí que se cerraba un círculo”.

Claro que no siempre el festival (o más precisamente quienes deciden los premios) tiene el ojo y el oído avezados, y así es como la lista de consagraciones incluye a algunos hoy ilustres desconocidos, y al revés, excluye a otros a los que la historia ha dado la razón. Es el caso del histórico conjunto Los Carabajal, que si bien fue premiado en sus inicios, allá por los ’80 inició una nueva etapa con Kali, Roberto, Peteco y Muscha Carabajal. Este último repasa la historia de una Consagración de hecho: “Nosotros llegamos con la novedad del violín, que no era común en los cuartetos vocales, y también con un repertorio novedoso, temas que íbamos estrenando en Cosquín y que con el paso del tiempo se convirtieron en referencia de todos los fogones y todas las guitarreadas: ‘Desde el puente carretero’, ‘Entre a mi pago sin golpear’, o ‘Perfume de Carnaval’, por ejemplo, que por entonces no eran muy conocidos. Y en 1987 vivimos un momento diferente en Cosquín, comprobamos que pasaba algo especial con la gente”, asegura. El ganador de la Consagración, sin embargo, fue otro cuarteto vocal, los riojanos del Grupo Vocal Norte. “Lo mismo ha ocurrido con temas como ‘Digo la mazamorra’ o ‘Como pájaros en el aire’ –agrega el santiagueño–. Los estrenamos en Cosquín en los ’80, y pasaron como un tema más. Recién con el paso del tiempo fueron tomando la dimensión que hoy tienen”.

Jóvenes, románticos
y privatizados

Cosquín siguió tocando y bailando al ritmo del país, y así, en los ’90, se vivieron años de privatización del festival, que pasó a manos de diferentes concesionarios (Palito Ortega, Julio Márbiz, Héctor Cavallero y Norberto Baccón figuran entre aquellos empresarios), que una vez que se retiraron terminaron dejando saldos deficitarios a la municipalidad de Cosquín (cualquier semejanza con la realidad, no es pura coincidencia). Fue también la década de un cambio de paradigma en el folklore, que en su salto comercial se volvió “joven” y “romántico”. Los Nocheros, presentados en el escenario mayor en 1993 por Cacho Tirao y consagrados al año siguiente, y Soledad Pastorutti, que en 1995 no pudo subir invitada por César Isella y al año siguiente fue el “huracán” que con quince años “arrasó” en Cosquín, definieron un nuevo tipo estético, de relación con el público y de espectáculo dentro del folklore (apto para el cachondeo erótico los primeros, más familiar y ATP la segunda). 1998 sería el año del Premio Consagración para El Chaqueño Palavecino (compartido con Amboé), que comenzaría a tomar la posta de la popularidad. A partir de 2000, la lista de Consagrados incluye nombres como los del Dúo Coplanacu, Luciano Pereyra, Raly Barrionuevo, Los Amigos y Jorge Rojas, que en 2006 comenzó su carrera solista llevándose el Premio Consagración, ya separado de Los Nocheros, y que pasó a ocupar el podio de convocatoria, desplazando ampliamente a sus ex compañeros.

Del repaso surge también que algunos premios no sólo consagran artistas, también abren ventanas para ritmos, modos de hacer y regiones específicas. En 2004, la coplera salteña Mariana Carrizo subió al escenario con lo que era toda una rareza: nada más que su cajita y sus coplas (dejando a los técnicos, detrás de escena, preguntando dónde metían las líneas de micrófonos que quedaban sin usar). Como una intérprete por entonces desconocida por el gran público, tenía pautados quince minutos, que inicialmente fueron reducidos a cinco. “Así que cuando finalmente abrieron el telón yo pensé: bueno, tengo tiempo para saludar y hacer un par de temas, nada más”, se ríe ahora. Eso cantó, recuerda: “Con su permiso señores, cuatro coplas cantaré, y aunque soy medio morocha, tal vez no los mancharé”. Terminó siendo una actuación larga, porque el público pidió otra y otra. “Fue la copla la que se metió en el corazón, en los ojos y en el espíritu de la gente”, asegura Carrizo, que ese año obtuvo el Premio Consagración y desde entonces siguió programada en Cosquín, pero además abrió un espacio más masivo para el canto con caja. “Fue un antes y un después en mi carrera, pero creo que fue más importante para la cultura de la copla que para mí como artista –reflexiona–. Yo quedé como una representante de esta cultura, sólo puse mi voz, pero lo importante de ese acontecimiento fue que la copla tuvo un reconocimiento muy importante, ganó espacio. Aun cuando pienso que todavía falta, todavía no alcanzó el lugar que le corresponde, es una expresión que sigue rezagada por los diferentes tiempos sociales.”

Y entonces, ¿quién será la Consagración de este año? La respuesta, amigos, está flotando en Cosquín.

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“En 1967 me consagró el aplauso y enseguida se me acercó la gente de RCA Víctor. Allí comenzó todo”, dice Heredia.
Imagen: Leandro Teysseire
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