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Domingo, 29 de enero de 2012

CINE › MERYL STREEP HABLA DE SU COMPOSICION DE MARGARET THATCHER EN LA DAMA DE HIERRO

“Era frontal, decía lo que pensaba”

La ganadora de dos Oscar y favorita a llevarse un tercero por esta película dice ser consciente del rechazo que genera Thatcher. “Pero ese rechazo debo trabajarlo desde el modo en que repercute sobre el personaje, no como prejuicio sobre él.”

 Por Bruce Silverstein

Tal vez la interpretación que Meryl Streep hace de Margaret Thatcher en La dama de hierro genere tantas divisiones como las que la ex primera ministra británica suscitó treinta años atrás, cuando, junto con Ronald Reagan, lideró la restauración conservadora en el mundo entero. O en Occidente, al menos. Habrá quienes se rindan ante la composición que pone a la actriz de Kramer vs. Kramer frente al Oscar, por decimoseptima (¡!) vez en su carrera. Composición que se caracteriza, como es proverbial en ella, por el culto del detalle mínimo, para llegar a través de él a una encarnación máxima del personaje. Y estarán aquellos a quienes el detallismo compositivo, así como el asombroso mimetismo logrado por la ganadora de dos Oscar (en 1979 y 1982) pongan nerviosos. ¿Logrará la actriz, ya sesentona, romper el maleficio y llevarse finalmente su postergadísimo tercer Oscar, tras tres décadas de no hacerlo? Eso se sabrá a fines de febrero. Por el momento es tiempo de La dama de hierro, cuyo estreno en Argentina, previsto para el jueves próximo, de seguro no pasará inadvertido.

Resistida en Inglaterra, desde que dos años atrás se anunció que haría de Margaret Thatcher, por el simple hecho de haber nacido a miles de kilómetros de allí, esta nativa de Nueva Jersey finalmente parece haber convencido al público británico de que podía hacer ese papel. Tanto como antes pudo hacer de chica del interior en El francotirador, a la escritora danesa Karen Blixen en Africa mía, a un ama de casa del Oeste Medio en Los puentes de Madison, a una bruja de la alta costura en El diablo viste a la moda. O a sendas mujeres inglesas, si ése es el caso, en La amante del teniente francés y Las horas. Desde ya que esa aceptación no disipó los debates de todo tipo que La dama de hierro generó en el momento del estreno en Gran Bretaña. No podía ser menos, teniendo en cuenta que los años Thatcher parecen no haber terminado. Debates que el estreno local redoblará, sin duda: como es lógico, un tramo entero de la película está dedicado a cierta guerra emprendida treinta años atrás en unas perdidas islas del sur. Guerra que, como la Gran Bretaña de Thatcher, tampoco da la impresión de haber finalizado del todo.

–¿Le resultó difícil ponerse en el papel de Margaret Thatcher?

–Tan difícil como cualquier otro papel. Quiero decir: por mi formación teatral, estoy habituada a componer los personajes más disímiles, sin que importe demasiado si se me parecen o no. Lo cual no quiere decir que no trate de encontrar qué cosas puedo tener en común con ellos. En el caso de Margaret Thatcher, un elemento en común era la disociación entre el hecho de ser madre y de tener un trabajo que no es precisamente de 9 a 5. Me ponía en su lugar, pensaba en qué difícil se me hace a mí conciliar ambas cosas y me imaginaba lo que ella podía sentir, estando lejos de sus hijos diariamente. Debe haberle resultado más difícil que a mí, de hecho. En la industria del cine uno trabaja tres, cuatro meses, y después puede estar otro tanto junto a su familia. Pero para un político de alto rango no hay vacaciones, ni horas libres.

–¿No le generaba incomodidad componer a una figura tan discutida?

–Para componer un personaje es necesario comprometerse con él, sin que incida demasiado la propia opinión o la de los demás. Obviamente que soy perfectamente consciente del rechazo que una figura como ella puede generar en mucha gente, y yo misma no estoy de acuerdo con muchas de sus decisiones políticas. Pero ese rechazo debo trabajarlo desde el modo en que repercute sobre el personaje, no como prejuicio sobre él. Es necesario apoyarse sobre los puntos fuertes del personaje, que en este caso eran su determinación, su fibra, su vigor. Y su coherencia y honestidad: se trata de una mujer política que tomó las decisiones que consideraba correctas, sin ninguna clase de maquillaje acomodaticio. También trabajé sobre los puntos débiles, claro, que en su caso pasaban más que nada por la relación con sus hijos, así como la soledad de los últimos años.

–¿Cree que esa coherencia política no abunda hoy en día?

–Creo que no. Actualmente parecería que todo es cuestión de “cómo se ve”. Thatcher era frontal. No tenía miedo de decir lo que pensaba, y de actuar en función de ello. Era del estilo “lo tomás o lo dejás”.

–¿Qué clase de investigación hizo sobre ella?

–Vi cantidad de noticieros, y el mayor desafío para mí fue reproducir su capacidad de articular largas líneas de pensamiento, casi sin respirar. La convicción y seguridad, típica de los políticos, para seguir adelante con una línea de argumentación, sin importar las interrupciones, tanto en el Parlamento como en las entrevistas. Por muchas clases de retórica que haya cursado cuando estudiaba teatro, yo no tengo esa capacidad, por lo cual necesité entrenarme para ello.

–¿Qué piensa de las críticas que se le hicieron a la película, por mostrar a Thatcher en una situación de debilidad y enfermedad?

–No estoy de acuerdo. No pienso que la vejez, la enfermedad, la demencia, incluso, sean algo vergonzoso. Creo que son momentos de la vida, como cualquier otro, y no hay por qué no mostrarlos. La cuestión es cómo se lo hace, y para qué. En nuestro caso, no creo de ningún modo que haya habido el más mínimo regodeo. Lo que hicimos fue poner esa situación de debilidad, producto de los años y el deterioro mental, en el contexto de la pérdida de poder. Lo cual me parece perfectamente legítimo.

–¿Le generaba alguna clase de presión el hecho de componer a un personaje real, que además está vivo?

–Tenga en cuenta que más o menos la mitad de la película –todo lo que tiene lugar puertas adentro, en su departamento, en la actualidad– es de carácter imaginario. Allí a ella se le disparan recuerdos de distintas etapas de su vida, muchas de ellas públicas y documentadas. Pero que media película no responda a situaciones documentadas da una gran libertad, ya que no es necesario componerlas en base a un referente real.

–¿La película cambió en algo su visión sobre Thatcher como política?

–Me permitió ver algunos ángulos en los que antes no había pensado. El hecho de que haya sido la primera mujer que llegó a primera ministra en Inglaterra sin duda es un gran logro de su parte, y como mujer no puedo menos que estar agradecida por ello. Por otra parte, debo decirle que investigar sobre ella me permitió descubrir que esta líder conservadora fue, para los cánones de los conservadores de mi país, poco menos que una liberal.

–¿A qué se refiere?

–Estaba a favor del aborto, de la salud social, de la defensa del medio ambiente. Defendió a ciertos colaboradores homosexuales del gabinete, que estuvieron involucrados en escándalos sexuales. Jamás tuvo una manifestación de racismo... Quiero decir, compare todo eso con lo que se oye de los políticos republicanos actualmente en campaña y dígame qué piensa.

–¿Tuvo ocasión de conocerla personalmente?

–No ahora, porque por su situación de salud prácticamente no sale de su casa, salvo en rarísimas situaciones. Pero sí la conocí años atrás, en una ocasión en que dio una conferencia sobre la Guerra Fría, en la universidad en la que estudia una de mis hijas. No fue una reunión muy concurrida, porque entre los estudiantes de esa universidad no había muchos fans de ella. Pero me impresionó la claridad de su discurso. Me refiero al modo en que articulaba las ideas. Y eso que no fue un discurso breve, habrá durado una hora y media. Y ella ya era una mujer de más de setenta...

Traducción, selección e introducción: Horacio Bernades.

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“El gran desafío fue reproducir su capacidad de articular largas líneas de pensamiento, casi sin respirar.”
 
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