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Lunes, 3 de marzo de 2014

MUSICA › LO QUE DEJó LA PRIMERA FECHA DEL COSQUíN ROCK, EN EL VALLE DE PUNILLA

Hora de diluir fronteras estilísticas

La edición 2014 del clásico festival cordobés busca contradecir su propio nombre, o al menos reconocer cuánto cabe bajo esas cuatro letras. Pity Alvarez apareció de sorpresa, Skay se concentró en su propia obra y Charly García cerró bajo la lluvia.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Desde Santa María de Punilla

En un mismo momento, y a pocos metros de distancia entre sí, uno puede cruzarse con los Fuerza Bruta revoleando sillas de plástico, al Indio Solari protagonizando un corto en alguna playa desolada de la costa atlántica, a una promotora repartiendo forros y luego a otra que promociona el último modelo de una automotriz italiana, más adelante a una réplica a escala real de la Mona Jiménez disfrazado de Paul Stanley y luego a otra del ex NBA cordobés Fabricio Oberto cantando con una banda (ah, no, ¿es el real?), mientras treinta metros arriba un flaco grita desaforadamente, atravesando el predio en tirolesa. Y mucho rock, por supuesto. Aunque el Cosquín Rock no sea sólo el adjetivo que acompaña al sustantivo. O tal vez sea una resignificación del concepto, ampliando su campo de acción más allá del escenario, los músicos y sus instrumentos, abonando una teoría que probablemente se entienda recién cuando haya transcurrido el tiempo y se pueda tener la distancia crítica que exigen los análisis a conciencia.

De momento, la discusión sintáctica no tiene sentido: Cosquín Rock no es sólo rock, ni todo rock. Ni siquiera ya es Cosquín, pueblo de incorregible raigambre folklórica que la organización tuvo que abandonar hace diez años –al cabo de tensiones e incidentes– para itinerar por los recodos serranos, procurando cobijo primero en la Comuna San Roque y finalmente en el Aeródromo de Santa María, última y definitiva escala de un festival que se ofrece como una experiencia distintiva y que se vive como una aventura irrepetible. Algo de lo cual ya comenzó a vislumbrarse en las primeras horas del sábado, cuando todas las rutas y caminos del Valle de Punilla se atestaron de autos, micros y peatones a dedo que buscaban abrirse paso rumbo al predio entre el tráfico que invadió la provincia de Córdoba a causa del fin de semana largo de festivales, y que llevaron el recuento de público a algo más de 30 mil personas.

En el predio del Aeródromo comenzaban a mezclarse los humos del día inaugural entre los choripanes de los puestitos en las adyacencias, las hamburguesas de las cantinas oficiales y la cosecha que cada quien supo muñirse como kit de supervivencia frente a jornadas maratónicas de más de doce horas de actividad. Los primeros acordes sonaban desde el escenario Hangar, destinado a artistas cordobeses, y desde el Domo Naranja, programado con bandas noveles de distintos sellos independientes. El primer foco de atención del Cosquín Rock 2014 se produjo con el estreno de El alucinante viaje de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, rockumental de casi dos horas de duración que reunió por primera vez a todos los protagonistas de la prehistoria ricotera (entre ellos, Guillermo Beilinson, hermano de Skay y encargado de presentarlo ante el Indio Solari), además de ofrecer alucinantes filmaciones de la gira fundacional por Salta de 1978, y también de shows en los primeros años de la década del ‘80. En simultáneo, Banda de Turistas invitaba a Joel Barbeito, saxofonista de Las Pastillas del Abuelo, para cerrar su presentación en el escenario principal. Fue la primera muestra de camaradería y acercamiento de géneros en el Cosquín Rock 2014.

Los pronósticos del tiempo eran confusos y las nubes acechaban con un gris amenazante, a espaldas de las sierras. Pero las primeras gotas comenzaron a caer recién cuando la tarde era una postal del pasado y la noche abría su telón. En ese entonces, una húmeda ansiedad se hacía carne en el público del Escenario Temático, dominado el sábado por el rock and roll. Es que acababan de confirmar la presencia de Pity Alvarez y mucha de la gente que estaba viendo a los Illya Kuryaki & The Valderramas en el tablado principal se trasladó a la otra punta del predio para ver al promocionado artista sorpresa. Antes de Spinetta y Horvilleur había estado León Gieco, con un set directo y al palo, inyectado por la adrenalina de Infierno 18. Y después de casi una hora de espera, Pity asomó su cabezota rubia quemada por el decolorante y el agua oxigenada para hacer “El árbol de la vida” y “Hermanos de sangre”, primeras escalas de una especie de tributo a sí mismo que no sólo incluyó canciones de Viejas Locas (nombre bajo el cual se presentó, pese a que ya nadie quede de aquella formación original) sino también de Intoxicados. “Buen día, gente”, fueron sus primeras palabras públicas, a eso de las 22, mientras al otro lado de la valla se agitaba una marea de banderas que en su mayoría pedían por la libertad de los músicos de Callejeros, proclama insistida por los músicos que habían pasado anteriormente por el mismo escenario.

Cuando el set de Pity aún no había finalizado, Skay Beilinson salió a escena en el estrado principal con su tradicional sombrero tipo chambergo y una especie de rosario hindú que asomaba entre la abertura de su saco. La lluvia ya no daba treguas y el espigado guitarrista arremetió con una puesta personal, cada vez más concentrada en sus esmeros individuales. Sonaron “El pibe de los astilleros”, “Jijiji” y una versión de fogón de “Mariposa Pontiac/Rock and roll del país”, a solas con una guitarra acústica. Y fue lo único que se supo de aquellos años ricoteros: casi toda su propuesta se concentró en sus últimos discos solistas, guardándose para el final a “Oda a la sin nombre”, único eco de aquel disco debut que cumple ya doce años. En medio de un set intenso pero espeso, “Tal vez mañana” funcionó como gragea pirotécnica, haciéndose lugar entre el público a través de la pasarela central con el poder de fuego de una guitarra empapada mientras algunos asistentes corrían desesperados a resguardar los equipos del agua con enmiendos de bolsas de consorcio.

Abonado a las contingencias meteorológicas, Charly García cerró la primera noche del Cosquín Rock con un aguacero como cortina. Tal como sucedió en el Quilmes Rock 2004 (una apoteósica presentación de casi cuatro horas de duración), el Gesell Rock 2006 (donde justificó su obscena demora diluviana diciendo “yo no llegué tarde, ustedes vinieron muy temprano”) o el recordado show de regreso en Vélez, registrado como El concierto subacuático, García llevó adelante su presentación como si nada, pues no es mucho lo que el notable compositor tiene para ofrecer en materia musical. Negado a crear nuevo material, Charly se recuesta sobre su obra imbatible y funciona como una franquicia de sí mismo, tratando de estar lo más cerca posible de las luces del pasado. Contenido por una banda multitudinaria que reúne viejos compañeros de ruta como Fabián Quintiero y el Negro García López, el soporte del trío chileno, una sección de cuerdas y la apoyatura vocal de Rosario Ortega, su apuesta parece ser la de ofrecer nuevos arreglos y otros ropajes musicales. Cambiar por fuera para que no se noten los cambios por dentro, aquellos que muestran a un músico increíble al borde de ser una caricatura de quien supo ser, lidiando con un sonido que le jugó chascos escondiéndole la voz, o tal vez disfrazando de error técnico algunos olvidos de las letras.

La gran sorpresa de la noche fue también la gran decepción: se había anunciado la aparición sorpresa de Skay en el show de Charly, para hacer juntos “La sal no sala”. Es el segundo desplante del ex Redondos (hace dos décadas, García lo había invitado a grabar en el disco El aguante). Su lugar lo ocupó Pity, cumpliendo el rol de coros y guitarra que en la versión original estuvo a cargo de Juanse. Fue la pequeña gran cumbre de dos artistas en distintos momentos de sus exorcismos individuales. El saldo fue una bonita anécdota, sucia y desprolija, lo cual debe ser entendido como un halago. Más adelante, Nito Mestre apareció en pantalla gigante cantando “Instituciones” como si estuviera conectado a través de Skype. Inadvertido pasó “Reloj de plastilina”, rescate emotivo de Filosofía barata y zapatos de goma, acaso el último gran momento creativo de Charly. “Una vez creí que nada iba a pasarme”, sigue cantando, 25 años más tarde.

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Pity Alvarez y Charly García, una de las postales de la primera fecha del encuentro cordobés.
Imagen: Gonzalo Martínez
 
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