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Viernes, 2 de mayo de 2014

MUSICA › LIDIA BORDA PRESENTARA ATAHUALPA EN LA SALA SIRANUSH

“Yupanqui tiene muchos costados desde donde trabajar su obra”

La cantante de tangos fue elegida para abordar al autor de “El arriero” en el Salón del Libro de París, pero fue por más y dejó registrado un bello álbum. Aquí revela que lo que más le costó fue seleccionar las canciones, por la amplitud y calidad del repertorio.

 Por Karina Micheletto

“Vengo de un largo silencio que se gasta y se pierde cuando empieza la palabra su desdichada intención de contar los asuntos de la vida.” La frase de Atahualpa Yupanqui, que Lidia Borda eligió para abrir su nuevo disco desde el arte de tapa, sintetiza con contundencia un aspecto central de la obra del autor de “Piedra y camino”. Es, también, el núcleo hacia el que la cantante eligió lanzar su voz para abordar esta obra: hacia ese silencio del que Yupanqui hizo culto, hacia ese desdichado destino incompleto de la palabra, tan incapaz ante los asuntos de la vida, Borda apunta, certera y bellamente, interpretando ahora a Atahualpa Yupanqui.

Atahualpa –así se llama, sin más, su nuevo disco– selecciona temas muy, muy populares del cancionero argentino –“Chacarera de las piedras”, “Guitarra dímelo tú”, “El arriero”, “Piedra y camino”, entre otras joyas–, reinterpretadas desde la voz de Lidia Borda y con delicados arreglos. De fondo, lo que se escucha es también un intenso trabajo sobre el silencio y la palabra, en sintonía con ese espíritu yupanquiano. Hoy a las 21.30, la cantante presentará este trabajo en la Sala Siranush (Armenia 1353), junto a los músicos con los que, destaca, gestó este trabajo “en equipo”.

Borda halaga a sus compañeros y subraya que hubo decisiones que no tomó sola, y vuelve a alabar los arreglos de Daniel Godfrid (a cargo también de la dirección musical y el piano) y de su hermano, el guitarrista Luis Borda, más las guitarras de Ariel Argañaraz y Sebastián Espósito, el contrabajo de Juan Pablo Navarro y Sebastián Noya, el cello de Luciano Falcón (en estos conciertos estarán, además, Pablo Motta en contrabajo y Paula Pomeraniec en cello). “Contábamos con poco tiempo para hacer el disco y realmente fue un trabajo en equipo, muy sincronizado”, cuenta en diálogo con Página/12. “Por lo general, uno se toma un tiempo tranquilo para los discos, los temas van surgiendo, decantando. Esta vez hubo que armar todo con una fecha de entrega. ¡En un punto fue antiyupanquiano!”, se ríe. “Pero no estuvo mal, esa presión también nos obligó a tener una rigurosidad que rindió sus frutos”, concluye.

Esa manera un tanto inusual con la que Lidia Borda llegó a este disco, y a este repertorio, tuvo que ver con un pedido de la Secretaría de Cultura de la Nación para el reciente Salón del Libro de París, en el marco de los homenajes organizados a Yupanqui. “Lo que nos pidieron fue armar un repertorio yupanquiano y, como suele suceder, fui por más: me parecía que tenía que quedar un registro, un trabajo de otro tipo”, cuenta la cantante. “Era poco tiempo el que teníamos y había que salir al ruedo, así que las tareas se dividieron con especial sincronización: mi hermano Luis, desde Alemania, mandaba los arreglos; ese arreglo se trabajaba, se grababa y se mandaba inmediatamente la versión grabada desde el estudio. Al otro día, él tenía que mandar su guitarra grabada; otras veces fue al revés. Fue un trabajo de mucha sincronización, por eso quiero destacar el compromiso y el amor que pusieron los músicos para lograrlo.”

–Se habrá sorprendido cuando le dijeron que la elegían para hacer Yupanqui. ¿Cómo lo tomó la cantante de tangos?

–¡Me emocionó muchísimo! Fue una gran alegría, una satisfacción personal, lo viví como un reconocimiento. Si me hubieran dicho Celedonio Flores, también me hubiera encantado, pero que confíen en mí para un trabajo fuera del ámbito del tango es algo más llamativo. De algún modo, también era una continuación de lo que hicimos en la Feria del Libro de Frankfurt, donde presentamos el disco que hice sobre Homero Manzi. Con ese antecedente, nos convocaron ahora para trabajar sobre Yupanqui.

–Pero Manzi todavía era de su territorio, aunque fueran sus canciones criollas las que abordó. Yupanqui está alejado por completo del tango.

–Es verdad, aquel era un repertorio de canciones criollas de Manzi y Piana, que suele quedar más en el olvido, pero era un compositor increíble. En el caso de Yupanqui, venía cantando con mi hermano “El arriero”, y el arreglo del disco es una elaboración más profunda del arreglo inicial que hacíamos en ese entonces. Por otra parte, no es que no haya hecho nada folklórico, con Luis hacíamos bastante folklore, es una música que formó parte de mi vida, que me formó junto con el tango. Las cosas no ocurren de la nada, casualmente, ni de golpe: tienen una razón de ser, siempre hay algo que te lleva a ese lugar.

–¿Y qué la llevó a Yupanqui como cantante? ¿Qué desafíos le planteó al momento de la interpretación?

–Yupanqui, como todos los grandes autores, tiene muchos costados desde donde trabajar su obra, distintos aspectos muy atractivos. En primer lugar, es un poeta existencialista, el núcleo de su poesía está puesto en esos temas tan profundos, con esa marca introspectiva que tiene Yupanqui: la soledad, el silencio, la guitarra, el tiempo, la tierra. Y también, para qué uno está en la tierra que le tocó, qué hace con eso que le tocó como destino, temas de reflexión universal. Eso ya lo transforma en alguien absolutamente interesante para abordar su pensamiento y su poesía. También me interesó mucho, como me interesó en Manzi, el recorrido que emprendió en su vida. El caso de Manzi es distinto porque él se aquietó, permaneció en Buenos Aires y tuvo algo contemplativo: habló desde acá mirando hacia su lugar de origen, Santiago del Estero, aunque iba y volvía a Santiago en su trabajo político o cinematográfico. En el caso de Yupanqui, lo que hubo fue un recorrido material, concreto, a caballo: en un momento de su vida, se dedicó a recorrer ciudades, pueblos y provincias, investigando, conociendo y haciendo un trabajo de conexión con el territorio que luego manifestó en su poesía, fuertemente marcada por lo social.

–¿Usted hace un trabajo de investigación con los autores antes de cantarlos?

–Y sí, no se puede atravesar un repertorio si no se conoce a los autores. Empiezo a buscar biografías, testimonios, reportajes. De Yupanqui quedan reportajes muy lindos donde él habla y es muy linda su forma de hablar, con un lenguaje muy refinado y un decir muy calmo, muy reflexivo. Es atractivo también escucharlo, seguir esa cadencia en los relatos, su modo de contar anécdotas...

–¿Y con el repertorio?

–Ahí empieza otro problema. Como Manzi, es un creador muy prolífico, entonces ya meterse en toda la extensión de su trabajo es un problema. Creo que leí casi todos los poemas que aparecían de Yupanqui, pero claro, lleva tiempo leer con profundidad, no todo lo que dice un poema aparece en una primera leída.

–¿Lo primero que busca de una canción, entonces, es la palabra?

–En este caso fue así, me interesan los mensajes que no están del todo revelados en una canción, por eso busco la palabra, la poesía. Claro, en el caso de Yupanqui, no estamos hablando sólo de un poeta, estamos también ante un autor, un cantor y, lo que no es menor, un gran intérprete de guitarra, porque es tremendo lo que expresa con su guitarra. Comencé por detenerme en la poesía, pero hay poesías entre su repertorio de milongas, por ejemplo, que resultaban demasiado largas. Me quedé con canciones que son un poco más cortas, y ahí sí me detuve un poquito en algunas músicas. Entonces, algunas de esas músicas que me parecían muy bellas, pertenecían a Pablo del Cerro: su esposa Nenette, pianista y compositora.

–Más allá de lo que ya conocía de él, ¿hubo algo que descubriera de Yupanqui con este trabajo?

–Más bien lo redescubrí. Lo escuché, esta vez, en profundidad. A veces cantás una canción mil veces, en fiestas, en guitarreadas, y a lo mejor no sabés del todo bien qué estás diciendo, ni le das importancia, como si fuera el himno. Hasta que te detenés y analizás un poquito de qué está hablando, y ahí se vuelve otro. Eso me pasó con cada uno de los doce temas que elegí, con mucha dificultad para seleccionar, en este disco.

–La frase con la que abre el disco habla, paradójicamente, del silencio y de la palabra. ¿Por qué le dio ese lugar destacado?

–Me pareció que era una síntesis perfecta del trabajo y de la obra de Atahualpa. Y aunque encierra ciertas contradicciones aparentes, descubre una gran verdad: el silencio también forma parte de la palabra, y de la música; la palabra no es sólo la palabra dicha, es la que se dice y la que no se dice, la que no puede salir, la que se atraganta, la que se guarda como un tesoro. Vengo de pensar mucho en eso en el Encuentro de la Palabra, y es algo que atraviesa el disco: lo que se dice con el silencio, lo que no se puede decir porque no existe la palabra justa para ser dicho... La palabra es una de las herramientas más eficaces, y también más tormentosas, cuando no alcanzan para explicar lo que uno quiere decir.

–Eligió temas muy conocidos de Yupanqui. ¿Es más difícil interpretarlos?

–La verdad, no tiene que ver con eso la dificultad. Sí noto que me resultó más fácil, o que consigo otra cosa, con las canciones como “Guitarra dímelo tú” o “El alazán”, las que son más lentas, o algunas milongas que tienen más que ver con lo que hago habitualmente. Me siento más capaz de ese canto melancólico que de esa cosa festiva que tiene la chacarera, aun cuando las letras sean reflexivas o melancólicas, como la de “Cachilo dormido”, que se trata de un homenaje a alguien que murió, Cachilo Díaz. Ahí sí, me sentí más condicionada, no soy una provinciana para quien las chacareras o las zambas rápidas son parte de su propia geografía. Pero también es cierto que me crié escuchando tango y folklore, entonces, si bien mi lenguaje siempre estuvo más relacionado con el tango, el folklore no me resulta ajeno, lo siento cotidiano. En fin, una vez que una graba esos temas, solos van madurando y les vas encontrando otras cosas mientras los seguís cantando. Los temas van tomando vida propia. Tal vez ahora los grabaría distinto... Probablemente.

–¿Un poco obsesiva, tal vez?

–Bueno, no me daba cuenta, pero cuando estaba grabando este disco, alguien me dijo que aflojara con la autoexigencia. En general, me quedo bastante conforme con los discos cuando los termino, son como una instantánea del momento. Hay temas de mis discos antiguos que sé que los canto distintos, pero en ese momento los cantaba así, y está bien. Cada disco, de algún modo, es un aquí y ahora.

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“La palabra no es sólo la palabra dicha, es la que se dice y la que no se dice, la que no puede salir, la que se atraganta”, afirma Lidia Borda.
 
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