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Viernes, 2 de mayo de 2014

LITERATURA › 100 X 100 MUNDIALES

Espíritu lúdico

 Por Emanuel Respighi

Participar de la presentación de un nuevo libro de Juan José Panno implica ser parte de un encuentro en el que cualquier cosa puede pasar. Ser partícipe –aunque no necesario, sí invitado a tomar un rol activo– de una dinámica de lo pensado (por él) e impensado (por los asistentes). Fiel a su espíritu lúdico, la presentación de un nuevo trabajo publicado por el periodista y escritor siempre parece ser, en realidad, una excusa para rodearse de amigos y lectores de aquí y de allá. La única condición, en todo caso, es dejarse llevar un rato por la imaginación de quien vive como escribe. Por eso sus presentaciones escapan a la solemnidad que suele signar a este tipo de eventos. Aun cuando el espacio sea la Feria del Libro. ¿O cómo se explica, si no, que la sala Leopoldo Lugones haya oficiado de cancha de fútbol para que, al final de la presentación en sociedad de 100 x 100 Mundiales (Ed. Colihue), los asistentes se levantaran de sus sillas para unirse en un solo grito al canto del característico himno tribunero celeste y blanco del “Vamos, vamos Argentina/vamos, vamos, a ganar/que esta hinchada quilombera/no te deja, no te deja de alentar”?

De la misma manera que esquiva el protocolo en sus presentaciones, y en su prosa, 100 x 100 Mundiales es un libro que repasa con gracia un centenar de historias, anécdotas, curiosidades, reflexiones y recuerdos alrededor de las distintas ediciones del evento deportivo más popular del planeta. Y lo hace a su manera: respetando el orden cronológico de situaciones y protagonistas más o menos conocidos, pero trascendiendo las fronteras del campo de juego. Así, en los cien relatos breves Panno es capaz de emocionar con poemas –propios y ajenos– dedicados a jugadores y a grandes jugadas, difundir “perlitas” mundialistas o simplemente analizar las relaciones entre dictaduras y mundiales. El flamante libro cuenta, además, con ilustraciones y dibujos hechos por Eduardo Maicas y Demián Aiello, quienes a cuatro manos “reciclaron” grandes obras con detalles futboleros. Una Mona Lisa escuchando un partido con una vieja Spika al oído, o La Maja desnuda vestida con botines, medias y camiseta del seleccionado argentino, son algunas de las obras “adulteradas” para la ocasión.

Acompañado por Carlos Ferreira y Walter Saavedra, Panno se dio el lujo –además– de musicalizar la velada con el saxo de Diana (“una amiga que toca como los dioses”), que se encargó de “guiar” los ejes de las exposiciones según el origen de las canciones que tocaba. Así, caprichosamente, los acordes de “A felicidade” sirvieron para hablar de Brasil, los de “Hey Jude” para anclar la charla en Inglaterra, el tango “Malena” para contar historias sobre el seleccionado argentino y “Summertime” para viajar a través de las palabras al Mundial de Estados Unidos.

“Hay historias contadas que no tienen nada que envidiarles a los textos de Fontanarrosa, Soriano e incluso Gabo, al que no le gustaba el fútbol, pero al que le hubiera encantado conocer los relatos que están en el libro. Es que hay historias mágicas, como la dedicada a Garrincha, que es muy emocionante”, señaló Ferreira. “El libro rescata una ética y una estética del fútbol. Hace unos días escuché que Bilardo, hablando sobre un partido en el que el Atlético de Madrid venció 1 a 0 al Barcelona, estaba maravillado porque faltando un minuto desde el banco de suplentes del equipo de Simeone tiraron cuatro pelotas al campo de juego para hacer tiempo. Bueno, frente a eso, también está este libro”, agregó el periodista.

Al viaje en el tiempo mundialista del saxo, los poemas narrados por Saavedra, las anécdotas contadas por Panno y hasta unos pasos de baile dados por el anfitrión y su mujer sobre los acordes de “La vie en rose”, sobre el final se le sumó el canto a capella de dos chicas del público de “Un estate italiana”, de Italia ’90, que en voz del autor es “la única canción de los diferentes temas musicales hechos para los mundiales que remite al fútbol”. Después vino el canto tribunero colectivo final y así, entre libros, músicas e incluso el ruido sordo de “vuvuzelas”, Panno hizo jugar a todos de nuevo. Una vez más.

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Imagen: Joaquín Salguero
 
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