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Lunes, 12 de mayo de 2014

MUSICA › MARCELO EZQUIAGA Y LAS CANCIONES DE CALEIDOSCOPIO

“Siempre me sentí el más bastardo”

En su sexto álbum, el cantautor y pianista asume riesgos y elude convencionalismos. “Estoy a medio camino, para el mainstream soy raro, y para la cantera cantautora soy demasiado pop”, puntualiza.

 Por Yumber Vera Rojas

El candidato menos imaginado se coló en la lista de los mejores discos locales del primer semestre de 2014. Aunque Marcelo Ezquiaga siempre estuvo más allá del bien y del mal en cuestiones de impacto mediático, a partir de la aparición de su sexto álbum de estudio, Caleidoscopio, es imposible que vuelva a pasar inadvertido. Y es que el artista que tiene en el piano su principal músculo sonoro exorcizó su consecuente melancolía para mandarse un álbum de pop primaveral. “El hecho de haber tardado, en esta ocasión, un poco más de lo que demoro con cada disco, hizo que los temas parecieran singles. La cuestión es que no quería que hubiera ninguna canción de relleno sino que todas tuvieran una personalidad muy definida”, describe el músico porteño. “Caleidoscopio expresa una idea particular tanto en el ritmo y la instrumentación como en lo lírico, y eso lo explotamos en la mezcla.”

Coproducido por Ezequiel Kronenberg, integrante de Rosal, grupo que se encuentra comandado por la hermana de Marcelo, María Ezquiaga, Caleidoscopio es un trabajo que, a pesar de poner al descubierto las influencias de su autor, presume de su contemporaneidad. “Hubo una cosa bastante ochentosa en la grabación, que tiene que ver con mi infancia y de la que no me di cuenta, pero que Ezequiel logró depurar para que sonara más actual”, explica el otrora integrante de la agrupación Mi Tortuga Montreux. “Mis influencias pueden ser mi niñez o muchas otras situaciones, lo que le da al disco un estilo hasta medio FM Aspen. Al tiempo que buscaba el contraste entre letras bajoneras, que escribí en medio de una separación, y una música bien arriba. Estaba buena esa combinación, pues no tenía ganas de hacer un disco existencialista. Era un poco como patear el tablero.”

Pero el concepto del más reciente trabajo de Ezquiaga, en el que colabora el fundamental baterista de la historia del rock argentino Fernando Samalea, también está supeditado por el show en vivo. “El disco tiene que ver con buscar una cosa que suene potente en los recitales, que de hecho es lo que está pasando”, afirma el exponente que participó en la música incidental de las películas Nadar solo (2003) y El sueño del perro (2009), quien se presentó el fin de semana en la Casa Nacional del Bicentenario. “Con la banda que junté para tocar estas canciones, conseguí un matiz musical, no tanto el de un cantautor sino el de una agrupación, en el que dialogan los instrumentos.” Lo que no significa que premie la abundancia sonora sino todo lo contrario. “Cuando interactúo con otros músicos, mantengo una conversación más intensa, aunque con menos elementos.”

Este alquimista de canciones parece haber encontrado su rumbo, lo que manifiesta su confianza al momento de referirse a este álbum, así como al aporte de su obra en la música argentina actual. “Me tomó mucho tiempo saber para qué lado quería ir”, reconoce el cantautor y pianista, cuyo primer disco solista, Un buen pescador (2009), fue ilustrado por Liniers. “Esta forma de hacer los temas está muy conectada con mis inicios en la escena, cuando zapaba con algunos colegas con teclados y efectos. Me gusta hacer lo que otros artistas odian. Miro la música desde un lugar particular y con poco prejuicio. Por eso estoy más a medio camino que nadie, porque para el mainstream soy raro, y para la cantera cantautora soy demasiado pop. Así que siempre me sentí el más bastardo. Aunque el tiempo hizo que el material que fui grabando fuese especial, porque me representa.”

Y esa singularidad en su compleja comprensión de la canción es un rasgo que comparte con su hermana. “Tenemos una formación muy parecida en ese aspecto. Si bien escuchamos todo tipo de música, nos damos mucha bola con lo que opinamos”, detalla Ezquiaga, quien llevó su repertorio a Chile, Uruguay y España.

A 10 años de su debut en la escena musical argentina, que celebró en octubre pasado con un show en el ND Teatro, Ezquiaga asegura que este recorrido fue de “tracción a sangre”. “Hice una trayectoria sin haber sonado en las radios, y sin tocar para públicos masivos”, reconoce el artista, que le debe al micromecenazgo la edición de Caleidoscopio. “Pese a que me pasaron cosas locas, como que mucha gente me dijera que luego de escuchar mi tema ‘Mar del Plata en invierno’ flasheara con irse a vivir para allá, lo que más me llama la atención de esta década es que no la entendí. Todo el mundo reconoce los ’80 o los ’90, pero no sé qué son los 2000. Luego del estallido social de 2001, algunos amigos se fueron a vivir a España, y otros se casaron. Recuerdo que Ezequiel Acuña me dijo en ese momento que la decadencia estaba marcada porque había cada vez más gente que se casaba. Por lo que decidimos quedarnos y hacer cosas.”

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“Me gusta hacer lo que otros artistas odian”, dice Ezquiaga.
 
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