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Martes, 11 de noviembre de 2014

MUSICA › EL DOMINGO CONCLUYó EL FESTIVAL DE JAZZ DE SALTA

Ciudad que enamora a los jazzeros

 Por Diego Fischerman

Desde Salta

“Dorotea la cautiva” junto al Art Ensemble of Chicago. O una coplera en inquietante contrapunto con unas canciones gitanas. “Salta enamora”, dice la muletilla publicitaria. Y algo de eso debe ser cierto. El Festival de Jazz de esta ciudad, que concluyó el domingo su segunda edición consecutiva, se destaca precisamente por eso: por la fascinación que la tradición local ejerce en los músicos que llegan de afuera. Pero, sobre todo, por el altísimo nivel de los que viven acá y por la manera en que unos y otros interactúan. Y si faltara alguna prueba, además de la equilibrada programación “oficial”, bastaría con lo sucedido noche a noche en las improvisaciones informales. Ese espacio tantas veces forzado y tan pocas capaz de concitar el interés del oyente fue, en esta ocasión,

el marco natural para encuentros inesperados y para más de un gran momento musical.

Por un lado, hay una suerte de círculo virtuoso: los organizadores aman el jazz, tienen una larga trayectoria como músicos, en el ámbito del periodismo o al frente de la que fue, de hecho, la sede paralela del festival, el Café del Tiempo, y el Ministerio de Cultura y Turismo puso todo lo necesario para que el deseo se transformara en hecho. Por otro, el ambiente musical de la ciudad es de una riqueza inusual. Y allí aparecen el notable baterista Martín Misa y Juan Pablo Mayor, percusionista y trompetista de la orquesta, respectivamente, que animan una gran parte del jazz local y que se hicieron presentes en trío, junto al bajista Fernando “Fefe” Botti, el fantástico baterista Chinato Torres (al frente de Chino Básico y protagonizando varias de las improvisaciones fuera de programa), el legendario guitarrista Pekinés Lamas, quien al frente del grupo Niebla es capaz de entregar iluminadoras versiones tanto de Monk como de la “Zamba del pañuelo”. O el contrabajista Matías Saluzzi, o Fernando Nocetti, un guitarrista de exquisito virtuosismo, y el también guitarrista Walter Guzmán. Y hubo también repatriados, como la saxofonista Yamile Burich, nacida en la provincia, formada en Estados Unidos y en Londres y actualmente incorporada a la escena porteña. O afincados recientes, como Mariana Baraj, actualmente radicada en Cerrillos, que cantó invitada por el cuarteto de Mariano Otero.

Otro dato relevante tiene que ver con la parte menos visible del festival: los más de quinientos asistentes a los talleres que los músicos convocados dieron en la ciudad. Y, obviamente, en el momento de hacer balance mal podría no tenerse en cuenta la respuesta del público, que llenó cada noche la sala de la Casa de la Cultura, que agotó las entradas para oír a la Sinfónica conducida por Bernardo Teruggini, y que protagonizó una auténtica fiesta callejera en el cierre, con el grupo de Otero actuando en un escenario al aire libre. El bajista mostró una faceta más lírica, centrada en el formato de lo que podría considerarse como la encarnación jazzística de la canción sin palabras del romanticismo alemán, y fue protagonista de un digno broche de oro.

Varios de los grupos actuaron en otras localidades –Cachi, Cafayate y Vaqueros– y cabe destacar, también, el rigor y la falta de concesiones de una programación que no tuvo reparos en incluir propuestas estéticamente arriesgadas, como la del trío del saxofonista Pablo Puntoriero con el contrabajista Pablo Vázquez y el baterista Santiago Lacabe. Burich, por su parte, actuó junto a un grupo energético y compacto, con Ramiro Penovi en guitarra eléctrica, Alfonso Santini en contrabajo y Nicolás Segura en batería. Y el inclasificable y siempre sorprendente Leo Genovese, con Demian Cabaud en contrabajo y el deslumbrante baterista macedonio Aleksandar Petrov, mostró no sólo su impactante control sobre el piano, sino una concepción musical en la que cabe casi todo –también la coplera Mariana Carrizo, que actuó como invitada– y donde “Cheques”, de Spinetta, puede coexistir con un pie rítmico iraquí, con un instrumento de cuerda marroquí o, simplemente, con la música en su estado más libre y más puro.

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