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Sábado, 6 de diciembre de 2014

MUSICA › MAÑANA, PAGINA/12 REEDITA MELOPEA, OBRA CRUCIAL DE LITTO NEBBIA, REMASTERIZADA Y CON SIETE BONUS TRACKS

“Nos interesaba tocar de una manera original”

Se cumplen cuarenta años de la publicación de este disco que partió en dos la historia del ex Los Gatos, en el que compartió la autoría con su pareja de entonces –la poeta Mirtha Defilpo– y que grabó en formato de trío con “aires jazzeros”.

 Por Cristian Vitale

Lo primero es el nombre. Ine-vitable, en este caso. En tiempos de la Grecia antigua, se les decía así a las melodías. O, mejor, a las reglas que mandaban sobre ellas. Y que podían serenar, moderar, tornar melancólicas o excitar pasiones. Dependía, lógico, de su creador. De sus estados. De sus giros, subjetividades y propósitos. Bien. Por qué no Litto Nebbia –a escala moderna, ecléctica y argentina, claro– para apropiarse de aquel nombre y resignificarlo en un disco que no sólo atraviesa tales estados, sino que hace de las “melopeas” su columna vertebral. Cuarenta años han pasado de la publicación original de aquel disco y, en tren de celebrarlo, Página/12 reeditará no sólo las catorce piezas (remasterizadas) que nutrieron de un perfil único este trabajo parteaguas en la historia de su creador sino, también, siete bonus tracks que sintonizan, por época y estética, con su impronta. Sobre todo, tres temas grabados en vivo un año antes de la edición de Melopea en el Teatro Luz y Fuerza, y “entregados” por coleccionistas (“Vertical”, una prueba a priori de “Gloria y guitarra” y un fragmento de “La barca”). Otros tres que serían parte de Cosas que no quieren morir, el disco posterior (“Limpia silueta”, “Ellos, los mares”, “Manías de Graciela”) y una versión “bis” de “Vertical”, que había quedado medio oculta, como lado B del simple que monopolizaba el estupendo “La ventana sin cancel”.

Melopea, entonces. Sexto elepé en la cosecha solista de Nebbia. Sucesor de uno de los mojones más significativos de su “prolifaxis” discográfica (Muerte en la catedral). Grabado –¡en treinta horas!– entre abril y mayo de 1974, bajo el timón de un trío de “aires jazzeros” (él en voz, piano, guitarra y teclado, Jorge “Negro” González en contrabajo eléctrico y Néstor Astarita en batería), más el valor agregado de ciertos invitados. De Rodolfo Alchourrón, por caso, arreglando para orquesta el instrumental “Los lunes de la humanidad” y la compleja “Apelación de otoño”, que también intervino el dúctil violín de Antonio Agri y el bandoneón de Rodolfo Mederos, nexo crucial por entonces entre el tango y el rock. “Esta es una canción con texto de Mirtha Defilpo, que Elis Regina quería mucho y estuvo a punto de grabar en aquel tiempo. Fue por este tema que ella (Elis) y su marido, el gran pianista y arreglador César Camargo Mariano, me convidaron a pasar un par de semanas en su casa de San Pablo”, evoca el mismo Nebbia por escrito, y encendido por la edición aniversario.

Melopea, además de ubicar ciertas inclinaciones eclécticas –casi naturales– de Nebbia en un lugar central de creación, expresa también la poesía de Mirtha Defilpo, la poeta (y pareja del rosarino por esos momentos) que le pone letra a la mitad de los temas del disco. De ella son también “La ventana sin cancel” (“No sueñes/ Julieta/ el infortunio sube por tu trenza/ y te despeinará/ para enlutarte el corazón”), “Memento mori”, la bellísima “Restaurant del diablo” o la desoladora “Augurio del silencioso” (Mis prójimos van cumpliendo/ una oscura profecía/ lo que menos le preocupa/ es lo que más les fatiga). “Estábamos enamorados de escribir canciones juntos. Intentábamos explorar varias formas de la canción, que no existían en ese momento, mucho menos para el panorama del rock argentino. Las letras de Defilpo eran muy resistidas en algunos sectores, acusadas de ser excesivamente ‘intelectuales’. Yo comprendía lo que pasaba... El estilo poético de Mirtha era muy bueno, pero totalmente distinto a mis letras de canciones”, evoca Nebbia, en perspectiva histórica.

“Yo no escribía –ni escribo– con rigor poético sino con un ropaje netamente cancionístico. No considero poemas a las letras de mis temas, porque trato de escribir con un lenguaje que me es natural cuando hablo o narro cualquier situación sensible. Pero en ese momento me interesaba mucho experimentar con otro tipo de lenguaje, escribir en coautoría con alguien. Sigo pensando que es una tarea muy noble en los creativos”, desarrolla el ex Los Gatos, que sí escribió las músicas de todos los temas y también algunas letras: las de “Qué clase de amor tendrás”, “Amor imbécil”, “Gloria y guitarra” y “Melancólica Mirtha”.

“Partimos en ese tiempo con la siguiente propuesta compositiva: escribir un manojo de canciones cortas, que prácticamente no repitieran partes musicales ni textos. Que escaparan en lo posible al tradicional formato de canción con su parte A (dos estrofas), la B (el estribillo) y luego repetir la parte A. ‘La ventana sin cancel’, como canción inicial, fue el disparador de todo el repertorio. Primero que nada porque era una canción de amor, que invocaba a protagonistas de clásicos de la literatura. Algo impensable para la época y el rock. A nivel popular, cualquiera sabía quiénes eran Romeo y Julieta, sin haber leído Shakespeare, ¿no? Pero nadie lo había utilizado para una canción sencilla y extremadamente corta de duración (dos minutos). La estructura musical también era atípica. Parte A/A/B/A/C/A con una fioretura final. También vale notar que la melodía del tema se apoya en algunas resoluciones armónicas que no eran habituales para la canción popular de ese tiempo. Las cartas echadas al respecto, y así continuamos escribiendo canción tras canción, hasta completar una docena”, recuerda Nebbia sobre un modus operandi musical que recrearía, aunque con matices diferentes, en un disco muy posterior: La virtud del día, junto al poeta Hugo Diz.

“La forma de composición que adoptamos con Mirtha era la más amplia y posible entre músico y letrista. Muchas veces ella me daba su poema terminado y lo musicalizaba; la inversa, a veces yo le daba una música que me parecía personal y ella trabajaba el texto sobre la línea melódica. Esto es algo muy importante y fructífero en las sociedades compositivas. No todos los poetas o letristas tienen musicalidad, lo que yo llamo pensamiento cancionístico. Porque no se trata de acertarla con la palabra que entre en la frase musical justa. Se trata, más bien, de encontrar la palabra más feliz que pueda cantarse con esa nota. Muchas veces, en la búsqueda de musicalizar a grandes poetas, uno escucha por ahí canciones que son muy aburridas y donde algunas palabras entran tan compulsivamente que parece que las hubieran metido a martillazos”, se ríe Nebbia, que ejemplifica la cosa apelando a las duplas Gardel-Le Pera, Lennon–McCartney, Jobim-Vinicius, Cobián-Cadícamo y los hermanos Expósito. “Todos ellos han sido maestros a la hora de escribir canciones en coautoría. El músico ha tenido el cuidado de no cambiar ni tergiversar ninguna palabra del letrista, y viceversa.”

En el plano estrictamente instrumental, Melopea estuvo atravesado por las dos guitarras que Ne-bbia tocaba en aquellos tiempos (la criolla, obra personal de Sergio Repiso, y la eléctrica Gibson 335), por el contrabajo “autoconstruido” por el Negro González y la batería personal de Astarita. “Ensayábamos la mayoría de los temas, siempre dejándonos un pequeño espacio para la improvisación y también tratando de encontrar nuevos ritmos con que defender estas novísimas canciones. Entendíamos que si no experimentábamos rítmicamente, algunas de las canciones podían sonar como las típicas baladas que se oían por la radio. Para nada era que quisiéramos tocar jazz, como algunos malinterpretaban. Sencillamente, queríamos tocar de una manera que fuera original y con gran calidad”, memora el creador de “Solo se trata de vivir”. “De pronto pintaba un ritmo que medio era una mixtura de la milonga tanguera y el 5x4 jazzístico (‘Augurio del silencioso’), y lo bautizamos ‘milonguita’. Y así fuimos encontrando códigos para complementarnos en escena mientras improvisábamos a lo loco. Aun tocando esa música éramos considerados un número del rock, y generalmente estábamos en la mayoría de los primeros festivales del género”, determina el creador de una maravilla que hoy, cuarenta años después, vuelve a brillar en el cosmos de las buenas melopeas. De la buena vida.

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“Intentábamos explorar varias formas de la canción que no existían en ese momento, mucho menos en el rock argentino”, recuerda Nebbia.
Imagen: Pablo Piovano
 
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