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Domingo, 21 de diciembre de 2014

MUSICA › EL BALANCE DE LA TEMPORADA 2014 EN LA MUSICA CLASICA

Activos y pasivos para un año lleno de contradicciones

El Teatro Colón deambuló entre el festejo por el Día del Peluquero y la presentación de obras maestras del arte actual, como la ópera La vendedora de fósforos, de Helmut Lachenmann. Ejemplo de un año en que lo sublime convivió con lo atroz.

 Por Diego Fischerman

Un balance es una cuestión de debe y haber. De capitales, ganancias y deudas. Y de evaluaciones a futuro. No se trata sólo de ver el estado actual de las cosas sino de analizar las tendencias y estimar los futuros posibles. Habrá que ver, por ejemplo, si los rumbos elegidos hacen presumir mejoras o empeoramientos y, en la medida en que la evaluación implique a otros, deberá prestarse atención no sólo a si alguien es o no deudor, sino a cuáles son sus perspectivas para dejar de serlo.

El fin de un año suele ser una ocasión para la revisión de activos y pasivos. En los aspectos personales, el límite es más bien ritual y el primer día del año siguiente suele ser muy parecido al que acaba de pasar, tanto en cuestiones fiscales como en lo que atañe a temporadas artísticas y de espectáculos ese mojón significa, en efecto, el final de algo y el comienzo de otra cosa. Las temporadas de los teatros son recordadas –u olvidadas–, como los vinos, por su añada. Y, en ese sentido, por lo menos si el punto de mira son las actividades financiadas por los distintos Estados a favor (supuesto) de la población, pocos años resultarán, en el recuerdo, tan contradictorios como 2014.

Bastaría, como ejemplo, contabilizar el profundo efecto social de la visita de Daniel Barenboim y su mini temporada en el Teatro Colón, por un lado, y el hecho de que este teatro haya presentado, a la vez, algunos de los mejores elencos y algunas de las peores puestas en escena de las últimas décadas o que una de las mejores orquestas argentinas, la Filarmónica de Buenos Aires, haya tenido una de las programaciones más anodinas que imaginarse pudieran. Y, aunque exceda el campo de la música artística de tradición académica, que le incumbe a este teatro con exclusividad, según la Ley 2855, el gigantesco desperdicio de recursos que significó la utilización de esta sala, que la comunidad mantiene con alrededor de 200 millones de pesos anuales, en espectáculos producidos por Avelino Tamargo –un empresario privado, ex diputado PRO y ex secretario personal de Mauricio Macri– que de ninguna manera requieren el fomento estatal.

Cierto ecumenismo televisivo, que une sin dificultades a Marcelo Tinelli con el excelente pianista de jazz Jorge Navarro o la inenarrable soprano Gabriela Pochinki, todos ellos recientemente nombrados Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de Buenos Aires, se traslada, obviamente, al teatro que se lleva la mayor inversión en cultura realizada por la administración porteña. El Colón transitó –fruto también de algunas internas bastante salvajes dentro del partido gobernante en la ciudad– del incomprensible –e inexplicado– festejo del Día del Peluquero a la presentación de obras maestras del arte actual, como la ópera La vendedora de fósforos, de Helmut Lachenmann, la Música para 18 músicos, de Steve Reich, con su autor integrando el grupo, o la genial Coro, de Luciano Berio, todas ellas parte del ciclo Colón Contemporáneo.

Además de su programación regular, el Colón presentó un Abono Estelar con algunos pesos pesado: la Sinfónica de la Radio de Baviera, con dirección de Mariss Jansons y la actuación solista de una de las mejores pianistas vivas, Mitsuko Uchida, protagonizando un concierto memorable (y una interpretación estremecedora del Concierto Nº 4 de Beethoven), el maratón barenboimiano, con invitados como Martha Argerich y Les Luthiers, y –nuevamente la contradicción– el regreso de Lang Lang, un pianista afecto al show que entregó una actuación vacía, innecesaria y carísima para el erario. Tanto la orquesta de Baviera como Barenboim también realizaron presentaciones notables para el ciclo del Mozarteum Argentino.

La temporada lírica del teatro comenzó con un título caprichoso, Calígula, de un compositor bastante menor, llamado Detlev Glanert. Se trata de una obra correcta, conservadoramente eficaz –o lo contrario– y basada en el clásico texto de Camus, pero sin el peso simbólico ni artístico que una apertura de temporada requiere. La puesta recargada, decorativamente frívola y estéril de Mauricio Wainrot –un debutante en la materia– para El barbero de Sevilla, de Rossini, y el fallido trabajo de Jorge Lavelli en Idomeneo de Mozart –se trataba, en rigor, de un reciclaje de una vieja puesta suya– enmarcaron una de las piezas trascendentes del año, el estreno de Requiem, de Oscar Strasnoy, con puesta y libreto de Matthew Jocelyn –basado en Faulkner–, dirección musical de Christian Baldini y un elenco encabezado por Jennifer Holloway, Siphiwe McKenzie y Gavin Stevens.

El notable Falstaff, de Ambrogio Maestri, junto a un muy buen elenco –Bárbara Frittoli, Fabián Veloz, Paula Almerares, Emanuele D’Aguanno, Elisabetta Fiorillo Guadalupe Barrientos– se vio deslucido, en esta magnífica última ópera de Verdi, por una puesta inadmisible. En Elektra, de Richard Strauss, también se reunió un conjunto de cantantes de primerísimo nivel –Linda Watson, Manuela Uhl, Iris Vermillion, Hernán Iturralde– y la Orquesta Estable, con dirección de Roberto Paternostro, tuvo una actuación de gran nivel. Tampoco en este caso la régie, realizada por el propio director del Colón, Pedro Pablo García Caffi, estuvo a la altura de lo musical.

La ecuación se invirtió en el cierre de temporada, con una Madama Butterfly, de Puccini, que contó con una puesta de Hugo de Ana discutible pero llena de ideas e impecablemente realizada y un elenco extranjero (y caro) de ostensible opacidad. Entre las deudas que el Colón mantiene con su ciudad, además de la muy real y nada metafórica que involucra su ya vergonzosa mora con Argentores y con el Fondo Nacional de las Artes por el no pago de derechos de autor, y un criterio poco escrupuloso en relación con cuánto se le abona a quiénes y por qué, está el no haber logrado, a lo largo de esta gestión, un standard de calidad y profesionalismo para todos sus espectáculos: con demasiada frecuencia, lo sublime convive con lo atroz. También, el no haber generado políticas sustentables de ampliación y formación del público. Y, sobre todo, haber acentuado el aspecto más regresivo, aumentando las entradas baratas mucho más que las caras y consolidando el peligroso factor Hood Robin: un teatro que muchos pagan para que pueda ser utilizado por muy pocos. El elitismo, brutalmente, no es en este caso una cuestión de estéticas sino, meramente, de dinero. Y, claro, de una concepción para la que el disfrute privado y los bienes públicos están lejos de ser incompatibles.

El ciclo Colón Contemporáneo contó con la presencia del excelente Cuarteto Keller, que dedicó su concierto a J. S. Bach en diálogo con György Kurtag y el Centro de Experimentación del Teatro Colón mostró una temporada que supo bucear en territorios alejados de los “ismos” más en boga, con una ópera de Esteban Inzinger y Pola Oloxairac llamada Hércules en el Mato Grosso, que tuvo aciertos musicales y una funcional escenografía naïf de Luna Paiva, las visitas de Mario Davidovsky, de Tarek Atoui y de la Compañía Vlovajob Pru, y del ensayista y compositor Gregor Schwellenbach, además del estreno de la integral de los Cuartetos de cuerdas, de Mauricio Kagel, por el Cuarteto de la Untref y de la obra pianística de Luciano Berio por Haydée Schvartz. Esta pianista se destacó por la continuidad del ciclo Manos a las Obras, que realiza en Radio Nacional junto al violinista Elías Gurevich. Y si de contradicciones se trata, allí está el Teatro Argentino de La Plata presentando espectáculos estimables mientras su nueva directora, Valerina Ambrosio, está más interesada en pelear con imaginarios molinos y en polemizar al garete que en defender sus propios y nada desdeñables logros.

El Mozarteum Argentino presentó algunos conciertos extraordinarios como los de Sol Gabetta con la Orquesta de Cámara de Basilea, dirigida por Giovanni Antonini, el pianista Nelson Goerner, la mezzosoprano Joyce DiDonato junto a David Zobel en piano y el contratenor Philippe Jaroussky con el Enseemble Artaserse. Y debe consignarse que continúa con su ya legendario Abono para la Juventud, gracias al cual los menores de 25 años pueden comprar localidades a muy bajo precio, una iniciativa que algunos teatros oficiales bien podrían emular. Nuova Harmonia, en un año de transición –cambiaron sus autoridades y, visiblemente, el criterio de programación, que se volvió mucho más abierto– presentó algunos grandes nombres, como el violinista Renaud Capuçon y el violista Yuri Bashmet, y Festivales Musicales, que supo marcar el pulso de las temporadas musicales de la ciudad, con ciclos inolvidables, como el dedicado a Henry Purcell y a Benjamin Britten, se despidió este año de la actividad.

El ciclo de conciertos de música contemporánea del Teatro San Martín produjo en 2014 más de un hecho significativo, al estrenar la increíble Index of Metals, de Fausto Romitelli, La libertad total, una ópera beckettiana de Lucas Fagin y Pablo Katchadjian, y obras de los compositores argentinos Luciano Azzigotti, Fernando Manassero, Jorge Diego Vázquez, Pablo Araya, Daniel Halabán, Valentín Pelisch y Santiago Pedernera.

El Ministerio de Cultura de la Nación continuó con ciclos dedicados a la creación actual, donde se conocieron, entre otras, las óperas Viaje al corazón de las tinieblas, de Martín Queraltó, y Ese grito es todavía un grito de amor, de Gabriel Valverde. Los infatigables ciclos organizados por el compositor Marcelo Delgado y las actividades permanentes de su Compañía Oblicua, del grupo Süden, del dúo MEI, integrado por las flautistas Juliana Moreno y Patricia García, del coro Nonsense, del Grupo Vocal de Difusión, que conduce Mariano Moruja, entre muchos otros grupos de cámara de niveles muy estimables en repertorios poco o nunca transitados, al igual que los ciclos realizados en la Usina del Arte y en pequeñas salas como Hasta Trilce son parte también de una vida musical febril en la que tienen un papel destacado las sociedades privadas dedicadas a la ópera. Entre ellas, Juventus Lyrica, que cumplió quince años de existencia, y Buenos Aires Lírica, que presenta temporadas equilibradas en puestas muy cuidadosas, en lo musical como en lo teatral. Dentro de su producción brilló el Don Giovanni, con puesta de Marcelo Lombardero, dirección musical de Pedro Pablo y un reparto fantástico con Nahuel Di Pierro, Oriana Favaro, Victoria Gaeta, Cecilia Pastawski, Hernán Iturralde, Iván García, Santiago Bürgi y Mariano Fernández Bustinza. Sin faltar en un renglón al texto, con un espíritu de ligereza y verosimilitud en el fraseo absolutamente fiel al estilo mozartiano y un respeto meticuloso por las particularidades de cada uno de los personajes, la ópera revivió de la mejor manera posible. Quién mejor que un yuppie insatisfecho y cocainómano, alguien que confunde posesión con pasión, para personificar, hoy, a aquel libertino proverbial.

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La visita de Daniel Barenboim tuvo un profundo efecto social. Y una invitada de lujo: Martha Argerich.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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