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Lunes, 2 de febrero de 2015

MUSICA › TWEETY GONZáLEZ, PRODUCTOR, MúSICO Y AHORA CREADOR DE UN SELLO DIGITAL

“El problema es la saturación y la falta de curaduría”

Con 32 años de trayectoria en el rock, Tweety señala que hoy, frente a la fragmentación en el consumo de música, “lo difícil es encontrar el nicho adecuado para cada artista”. Y afirma que, por primera vez en su carrera, planea hacer un disco propio.

 Por Yumber Vera Rojas

Luego de dejar atrás el lobby de El Pie, ese bunker azul enclavado en Villa Urquiza, cuyas paredes fueron testigos silenciosos de algunas de las fábulas ruidosas y de grabaciones esenciales de la música popular contemporánea, se ve a lo lejos a Tweety González posando con su perro entre sus brazos. Cuando el fotógrafo de la sesión que ilustra esta nota le pide que ponga a su compañero de perfil, el músico y productor alude: “Se parece al de la RCA”. Casi. Y es que si bien el de la célebre imagen del sello discográfico era un terrier bull, el otro es un fox terrier wire. No obstante, pese a la delgada línea racial que los distingue, lo que une a ambos canes es la circunstancia musical: mientras el primero (llamado Nipper) fue inmortalizado chusmeando un gramófono, Lele pasará a la historia por ser mimado, casi hasta la malcriadez, por el principal cómplice de artistas y álbumes que escribieron un capítulo fundamental no sólo en el rock local sino también en el resto de América latina.

Pero a contramano de los músicos que hicieron de la década del ‘80 y los primeros ’90 su mayor vitrina, este hijo pródigo del barrio porteño de Versalles prefirió no especular con el pasado. Al menos con el suyo. De manera que, tras 32 años de trayectoria, González es aun hoy un referente de la novedad sonora en todo el continente. “Siempre sumo música, no resto. No puedo estar con los mismos veinte discos todo el tiempo”, asegura el ganador de dos premios Grammy gracias a Ahí vamos, álbum de Gustavo Cerati del que fue productor. “Sigo cuatro o cinco blogs que me mantienen informado sobre todo lo que tiene que ver con la cultura rock, porque soy un adicto a escuchar cosas buenas.” Por eso asistió hace unas semanas al show de La Roux (proyecto inglés de electro pop al que sigue desde su debut) en La Rural, y sacó entradas recientemente para ver al nuevo icono de la vanguardia musical de esta época, St. Vincent (alter ego de la cantautora estadounidense Annie Clark), aunque en Canadá, porque no estará acá cuando se presente en el Lollapalooza.

“Nos tocó un lindo día”, confía, una vez en la calle, González, quien, salvo para ir al gimnasio, a yoga o a su casa, raramente deja los estudios de grabación de Alejandro Lerner, en los que maneja una sala que transformó en su laboratorio de operaciones. Allí pasa, a partir de 2009, medido por él mismo, 220 horas al año, y registra un promedio de 100 canciones. Si bien en los últimos tiempos se dedicó más a producir que a tocar en vivo, excepto por invitaciones como la que le extendió Lisandro Aristimuño para su Gran Rex, en diciembre pasado, ese trabajo frente a la consola le permitió al artífice de 52 años compilar su experiencia en el rol de músico, su conocimiento de la industria, y su agudeza para descubrir noveles talentos en la creación del sello discográfico digital Twitin Records. Aunque lo tiene entusiasmado, Tweety comprende que este emprendimiento aparece en un momento difícil para la música local. “Me preocupa que a bandas que están buenas les cuesta meter cien personas –comparte–. Y eso antes no pasaba.”

–¿Por qué sucede ahora?

–No me alarma la creatividad de los músicos sino qué hacen después de que graban el disco. Lo digo como sello. Tengo que pensar en un compilado, en un show en vivo o en un video, y llega un momento en que se te acaban las ideas. También siento que la gente está un poquito apática e insensible, le faltan esas ganas de buscar que tuvo en otro momento. No es que está todo perdido. Hay cosas que me dan esperanza, como Lisandro Aristimuño o el Music Wins Festival, al que, pese a ofrecer un line up de melómanos y cero mainstream, fue mucha gente. Veo faros que te dicen que al público le gusta eso, la cuestión es juntarlo. Eso es lo más difícil, debido a que hay mucha saturación de información, lo que complica encontrar el nicho adecuado para cada artista. Me parece que estamos en la era del segmento del segmento.

–La fragmentación es la constante en el consumo de música en todo el mundo. El problema lo tiene la Argentina, que se resiste a ese arquetipo. ¿Ve posible la adaptación?

–Trato de tener una mirada más universal, y de pensar que las fronteras con Internet se tendrían que terminar. Si hay algo original, y que puede interesarle a alguien, es Juana Molina. A pesar de que en los dos últimos años estalló un poco más acá, cuando vivía en Los Angeles, en 2002, sonaba en la radio más importante de California, y le iba bien afuera. Pero en la Argentina tuvieron que pasar miles de cosas para que pudiera meter gente. Se trata de mucho ensayo y error, y de convivir con el error. Lo bueno es que no lo volverás a hacer.

–Si bien la Argentina se convirtió en el paradigma musical de América latina en los ’80, en algún momento del camino no sólo perdió ese rol sino que se desconectó del mundo. ¿Está de acuerdo?

–No sé si hay un momento sino una suma de situaciones socioeconómicas y culturales. El cambio generacional, en vez de avanzar como uno esperaba, fue para atrás. Hoy les tengo que contar a mis sobrinos las bandas nuevas que hay, en vez de ellos a mí. Cuando antes era al revés, pues era muy social competir para ver quién conocía a un artista que el resto ignoraba. Además se perdió la melomanía en una época en la que es más fácil que nunca serlo porque existen Spotify, Deezer, Bandcamp y SoundCloud. Ni siquiera tenés que bajarte la música, ni robártela. Está ahí.

–¿A qué se debe la apatía?

–Llegué a la conclusión de que la música hoy tiene menos valor que nunca en la vida de la gente. Se igualó casi a lo peor de la tele. ¿En qué se equiparó? En que para un chico de 25 años la música también es gratis. Vale hasta menos que ir al cine.

–En contraste con algunos años atrás, en los que la industria musical imponía lo que había que escuchar, ¿no le parece positivo que el público pueda elegir lo que desea consumir y que el músico tenga la capacidad de ofrecer su propuesta de primera mano?

–Lo que pasa es que estamos más cerca no sólo del libertinaje en el consumo sino del caos. Antes, los sellos tenían un personaje que era el A&R (Artistas y Repertorio) y, te guste o no, eran un filtro: buenos, malos, sordos, melómanos. Había de todo. Ese ente desapareció, y hoy entra todo. Debido a que es fácil grabar en esta época, se mezcla el músico amateur con el profesional. Así que tanto Lady Gaga como la banda de la esquina están en Spotify. Si bien esa cosa democrática tiene un lado positivo, también ofrece algo negativo: la saturación y la falta de curaduría. La única solución que veo es darles bola a los curadores, a los tipos que tienen una autoridad para proponer. Por eso creo que el periodismo, en ese sentido, tiene un papel importante.

–Pero a la prensa le pasa lo mismo que a la industria musical: Internet no sólo cambió la manera de consumir la información sino que permitió la pluralización de la opinión. Los artistas de rock de arraigo popular, a los que antes se les dificultaba acceder a los medios convencionales, hoy tienen otras alternativas para su promoción...

–En un momento me pareció que había bajado la cultura del aguante. Ese público no me interesa porque es lo más parecido a un hincha de fútbol. Mi contador, que es el mismo de los Redonditos y Attaque, se va a Cosquín con los hijos. Es un tipo de clase alta, con los hijos estudiando afuera. Ya no importa la clase social sino el hecho social. Por eso la Argentina ya no exporta música, porque la música argentina es para los argentinos, y no para todos.

–Mientras que la mayoría de los referentes del rock argentino de este período sobrepasan los 40 años, hay una nueva escena en ebullición a la que se le está haciendo difícil su posicionamiento. ¿Qué pasa con el recambio?

–La gente dice que no hay bandas nuevas. ¡Claro que sí, pero tenés que enterarte! Ese es el tema. Los mejores discos que hice en los últimos años son de artistas del interior. Será porque allá existe otra idiosincrasia, otra vida, otras pretensiones. Les gusta la mística. Se parecen más al latinoamericano que al porteño. Buenos Aires es un país dentro de otro.

Una de las características de Twitin Records fue haber desarrollado en poco tiempo una línea estética que redime la tradición cancionera del rock argentino. “Cuando hicimos el balance anual, nos dimos cuenta de eso”, confirma González. “No fue una cosa provocada. Se me dio solo, y me encanta porque crecí con eso. Estoy en esto porque a los siete años escuché ‘Muchacha ojos de papel’, y luego tuve el culo de conocer a Spinetta, de ser su amigo, y de tocar con Fito y con Soda. Me siento parte de esto. No me avergüenza para nada. Me encanta que se perfile solito hacia eso.” Aunque la discográfica creada en 2013 surgió originalmente para darle salida al material de muchos artistas que no tenían la posibilidad de contar con el apoyo de una compañía. “Eso fue lo que pasó con el primer álbum de Richard Coleman, que estuvo un año y medio parado. Así que Twitin es un lujito que me doy en mis tiempos libres, con algún manguito que me queda, y con la mejor de las ondas. Es un microsello porque lo hago todo yo, como se pueda.”

–¿Qué lo motivó a fundar un sello digital?

–Vino una oferta de Laura Tesoriero, quien estaba armando The Orchard: la distribuidora digital más antigua y grande del mundo. Me mostró la plataforma, me encantó cómo era el sistema, y me pareció una salida universal para tener los discos en iTunes, Amazon, Spotify y Deezer. Es una vidriera al mundo, sabiendo que la Argentina no tiene una cultura de pagar música. El artista que más vende de Twitin es Carlos Méndez, y tiene nada más que 70 bajadas. Pero es panameño, y hay muchos compatriotas suyos en Estados Unidos que compran temas digitales. Lo hago por esa cosa romántica, mirando al futuro, esperando que en algún momento el negocio se termine de acomodar.

–Pese a que en el resto de Sudamérica la piratería provocó el colapso de la industria discográfica, en la Argentina aún se venden discos. ¿Existe alguna razón en particular?

–Sucede por el derecho fonomecánico. ¿A qué me refiero con esto? A que el 33 por ciento de la difusión se lo llevan las compañías. Es un fangote de plata. Por algo las sedes de las compañías grandes se basan en Buenos Aires, y controlan Chile, Bolivia y los países fronterizos: porque tienen mucho cash de esos derechos. Si desaparecieran o se anularan, que no va a pasar porque está por ley, tené por seguro que las disqueras se irían corriendo de acá.

–Más allá de que el vinilo repuntó en ventas en años recientes, ¿la descarga legal garantiza alguna solvencia económica para los artistas?

–La descarga legal bajó un 15 por ciento con respecto al año pasado. Así que también es una mala noticia para mí, pero el streaming subió mucho. Es la reina del negocio hoy, por lo cómodo y porque todo el mundo lo puede hacer por teléfono. Lo que es muy peligroso debido a que las telefónicas son pocas, muy grandes, y tienen mucha plata. Al igual que las empresas de Internet. Google es dueña de YouTube, y pone el precio de lo que vale tu canción, que es una milésima de centavo. El libro de David Byrne, Cómo funciona la música, cuenta lo ridículo que es tener que llegar a 234 millones de visitas para que puedas cobrar lo equiparable a un sueldo básico en Estados Unidos. Aunque la lectura es otra: si tenés un décimo de esas visitas, seguro podrás vivir de otras cosas.

Antes de que fuera Tweety, el tecladista argentino se llamaba Fabián. Pero el Mono Fontana se encargó de que ya nadie se acordara de su nombre, lo que se tornó en su identikit, al igual que su capacidad para estar al día técnicamente y su habilidad para la producción. En ese rubro es uno de los tótem más internacionales de la escena local, junto a Gustavo Santaolalla y Cachorro López. Por ese motivo, así como por su veta técnica, viajará próximamente a un panel en el festival SXSW, en Estados Unidos, y luego a México, donde además curará un tributo a Gustavo Cerati que organiza la Universidad de Guadalajara. “Me dio un poco de cosa porque los mexicanos hacen todo a lo grande. Todo lo que está a un tirito de ser un homenaje, se torna en un negocio a expensas de otro”, explica González, quien el año pasado curó y participó en la producción de un tributo televisivo al ex Soda que organizó la TV Pública y el Ministerio de Cultura de la Nación. “Les pedí hablar con la familia para que me dieran la bendición y que esto pase. Si no estaban de acuerdo, me retiraba.”

–Cuando se refieren a usted, se le suele llamar el “cuarto Soda” o el coequiper de Fito Páez en El amor después del amor, el disco más vendido del rock nacional. ¿Por qué nunca quiso ser frontman?

–Si bien no estuvo planeado, me da mucha comodidad estar en las sombras. Además no soy compositor, y soy muy autocrítico. Aunque luego de 32 años de trabajo puedo pararme fuera de mí, y ver lo bueno y lo malo. Por eso ahora quiero, por primera vez en mi carrera, hacer un disco mío. Lo más cerca que estuve de eso fue cuando llevé adelante el grupo Acida. Armaré un dream team para generar eso que hice a fines de los ’80 y principios de los ’90 con el midi, pero con las nuevas tecnologías, que se están desaprovechando y no son tan caras.

–Muchos de los artistas con los que empezó en la música no corrieron con su misma fortuna. ¿Cuánto de suerte y cuánto de talento influye en eso?

–Me siento un artista muy afortunado. Pero es cierto que también existe la suerte, que es estar en el momento, en el lugar y con la persona indicada. Son un montón de circunstancias las que la disparan. Tengo muy claro esos instantes: estar en Jazz & Pop, conocer a Celeste, entrar en contacto con Fito en Panda, y toparme con Charly Alberti. Quizá dentro de diez años voy a tener claro que Laura me ofreció The Orchard; y en cinco, que Twitin es un súper sello.

–¿Cómo se sostuvo en el tiempo?

–No lo pienso, sigo haciendo discos y tratando de ser más yo. Amo la música y la gente que está dentro de ella, y trato de ayudarla. Una sola vez en mi vida me encontré con un tipo que me dijo que no le gustaba la música, y casi le pegué. Yo creía que no existía esa gente.

–Seguramente no acepta todo tipo de trabajos a estas alturas...

–No discrimino porque me da un plafón económico para hacer los discos que más me interesan. El desafío de algo que no me guste es que termine gustándome. Soy un profesional, lo tengo que hacer.

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“Llegué a la conclusión de que la música hoy tiene menos valor que nunca en la vida de la gente”, dice Tweety.
Imagen: Pablo Piovano
 
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