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Miércoles, 2 de septiembre de 2015

MUSICA › NELSON GOERNER TOCARá HOY EL CONCIERTO Nº 2 DE RACHMANINOV JUNTO A LA SINFóNICA NACIONAL

“Amo las horas que paso frente al piano”

El sampedrino es uno de los grandes intérpretes del momento y la imagen del antidivismo. Fue quien eligió en Hamburgo los pianos para la Ballena Azul del Centro Cultural Kirchner, donde se presentará esta noche. El concierto se completará con la Sinfonía Nº 5 de Prokovief.

 Por Diego Fischerman

Pianista favorito de grandes pianistas, con discos de referencia grabados para la EMI, para el Instituto Chopin de Varsovia y para el sello Zig-Zag Territoires, Nelson Goerner es uno de los grandes intérpretes del momento. Y algo así como la viva antítesis del divismo. Sin gestos ampulosos, él se mantiene tan alejado de la sobreactuación como sólo puede estarlo un verdadero músico. Hoy a las 21 volverá a tocar en Buenos Aires, junto a la Sinfónica Nacional, interpretando el Concierto Nº 2 de Sergei Rachmaninov. El concierto, que se completará con la Sinfonía Nº 5 de Sergei Prokovief, será dirigido por el notable Gabriel Chura.

La presentación será en la Ballena Azul, la deslumbrante sala del Centro Cultural Kirchner cuyos pianos Goerner eligió en Hamburgo: “Tuve como principal referente a mi intuición”, le cuenta a Página/12. “Hay pianos con los que podemos conectarnos casi de inmediato, por la nobleza, lo sugestivo de su materia sonora. Y otros con los que no sentimos ninguna conexión; por supuesto que hablamos de algo muy individual y subjetivo. Espero con ansiedad presentarme en esa sala que creo está llamada a convertirse en uno de los centros culturales importantes de América latina.” Nacido en San Pedro hace 46 años, Goerner comenzó sus estudios con Jorge Garrubba y se perfeccionó en Buenos Aires con Juan Carlos Arabián y Carmen Scalicione. En 1986 ganó el Primer Premio en el Concurso Franz Liszt y, por iniciativa de Martha Argerich, recibió una beca del Mozarteum Argentino gracias a la cual continuó su aprendizaje en Ginebra, graduándose con altos honores en la cátedra de María Tipo, en 1990. Y ese mismo año ganó el Primer Premio en el Concurso de Ginebra, que Argerich había ganado en 1957. “Tengo una hermosa amistad con Martha Argerich”, dice. “Admiro a la gran artista pero no menos a la gran persona que es. Gracias a ella tuve la posibilidad de trasladarme a Europa a los 18 años. Toda una figura en mi vida. Es esto lo que nos une.” Algunos no dudan en considerarlo como su discípulo. “Honestamente, no puedo considerarme como tal; he aprendido de Martha pero también de otros grandes artistas a quienes admiro, como Radu Lupu o Grigory Sokolov.”

–La Argentina ha dado grandes pianistas. Argerich y Barenboim, por supuesto, y más cerca usted o Ingrid Flitter. Incidentalmente, todos han desarrollado sus carreras fuera de la Argentina. ¿Tiene alguna teoría acerca de por qué un país pequeño en términos de población y marginal en cuanto a su posición de poder en el mundo tiene un tan alto grado de participación en el primer nivel musical internacional y, en particular, en el piano?

–Creo que la presencia en la Argentina de un gran maestro como Vincenzo Scaramuzza –con quien estudiaron mis maestros– fue determinante para la formación en nuestro país de grandes pianistas. Yo me siento muy ligado afectivamente a la Argentina, donde adquirí una formación pianística y musical muy sólidas, un bagaje para toda una vida. Siempre estoy deseando regresar y cuando lo hago suelo tocar en todo el territorio argentino. Tenemos un público muy apasionado, exigente. Pero la geografía no nos ayuda, estamos muy lejos de los grandes centros musicales, camino obligado de músico que aspire a la proyección internacional.

–¿Qué consejos le daría a un instrumentista argentino talentoso?

–A un instrumentista de talento, argentino o de cualquier nacionalidad, le diría que no se deje seducir por el éxito fácil, por el culto de la imagen y del marketing. No es éste el medio para convertirse en artista. Artista será sólo si tiene algo importante para decir, con el peso de una experiencia y un estudio que forjan la personalidad y que nada tiene que ver con lo exterior.

–¿Cómo ha sido su relación con el mercado discográfico? ¿Ha encontrado dificultades para defender una determinada concepción acerca del repertorio?

–La relación de un artista con el mercado discográfico es muchas veces conflictiva; existe una marcada tendencia de querer dictar a un artista el repertorio que debe abordar, y cuándo debe hacerlo, obedeciendo a tendencias de marketing. He sido afortunado. En mi relación con sellos o entidades productoras como Cascavelle, el Instituto Chopin de Varsovia y mi sello actual, Zig-Zag, los criterios artísticos siempre prevalecieron. Por otra parte, creo que nunca hubiese podido grabar obedeciendo a consideraciones de índole comercial o de imagen, algo desgraciadamente muy presente en nuestros días. En ello, la intuición es primordial: un verdadero artista generalmente siente cuando tiene algo para decir en una obra, y si ha llegado o no el momento de tocarla en público o de grabarla.

–¿Cómo elige su repertorio? ¿Busca nuevas obras?

–Amplío constantemente mi repertorio con obras nuevas. Nunca quise ser un especialista en un autor o época determinada. Creo que un intérprete ideal debe tener la capacidad de dar vida a lenguajes, pensamientos musicales muy diversos a la manera de un gran actor, capaz de encarnar personajes disímiles. Aunque, claro, por motivos de afinidad y temperamento con ciertos autores tuno se siente más en casa que con otros. En el arte no hay un camino sino muchos: todos conocemos casos de grandes intérpretes que quisieron especializarse, con resultados prodigiosos.

–¿Qué debe tener una nueva obra para seducirlo? ¿Hay compositores contemporáneos cuya obra le interese o querría tocar en algún momento?

–Elijo una obra motivado por el deseo ferviente de interpretarla. Antes de abordarla, ya mi imaginación, mis ideas, me preparan el camino. En el futuro, me gustaría abordar más música contemporánea, pero siento que ese momento no ha llegado aún.

–Usted ha grabado, hace unos años, música de Chopin en un fortepiano Erard de comienzos del siglo XIX. ¿Resultó una experiencia enriquecedora?

–Fue una experiencia en la que mucho no creía y que resultó ser reveladora, con la condición de no convertirla en algo absoluto. La suavidad de esos instrumentos, su sonoridad aterciopelada, pueden imprimir una transparencia exquisita a las frases y arabescos chopinianos. Y al volver al piano moderno, siempre nos queda algo de esa imagen sonora. Pero el instrumento moderno y su amplísima gama expresiva es decididamente irremplazable.

–¿Qué le gusta más y qué es lo que más detesta de la vida del músico profesional?

–De la carrera, detesto las contingencias externas que nada tienen que ver con el arte, el culto de la imagen. Una imagen que debe ser vendible. Criterios muy nocivos para el verdadero desarrollo de la personalidad. Amo, en cambio, las horas que paso frente al instrumento tratando de acercarme a aquello tan inasible que encierra la gran música. Un día quizá parece que uno se ha acercado y al día siguiente eso se volatiliza.

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“Un verdadero artista siente cuando tiene algo para decir en una obra”, afirma Groener.
 
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