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Domingo, 15 de noviembre de 2015

MUSICA › A 35 AÑOS DE DOUBLE FANTASY, HABLAN LOS MUSICOS DEL DISCO

Las canciones con las que Lennon salió del ostracismo

Lanzado el 17 de noviembre de 1980, el disco marcó el regreso del ex beatle a la actividad, tras cinco años dedicados a la familia. El bajista Tony Levin, el baterista Andrew Newmark y el guitarrista Earl Slick reconstruyen las sesiones en Nueva York.

 Por Gabriel Cócaro

A lo largo de 1975, John Lennon supo de glorias y transformaciones. En enero una composición suya llegó al tope de la lista de éxitos en EE.UU. Era la relectura hecha por Elton John de “Lucy in the sky with diamonds”, que contaba con su participación. En febrero lanzó Rock and roll, con vigorosas versiones de clásicos. Siete meses después volvió a la cima con “Fame”, coescrita junto a David Bowie, que le proporcionó al Duque el primer impacto popular en suelo estadounidense. En octubre, luego de reconciliarse con Yoko Ono tras un período de distanciamiento (el célebre “Lost Weekend”), nació el tan ansiado hijo de la pareja: Sean. A fines de ese mes la aparición de Shaved Fish, compilado de sus mayores logros en solitario, saldó añejas obligaciones contractuales y lo convirtió en un hombre libre. Conquistada la emancipación, decidió apartarse del mundo del rock para ejercer a tiempo completo su paternidad. El retiro voluntario, apenas alterado para grabar en un disco de Ringo su elocuente “Cookin’ (in the kitchen of love)”, duró cinco años.

Durante aquel lustro, Yoko se ocupó de los negocios mientras John se dedicaba al bebé. La música, sin embargo, permaneció latente en el compositor a través de piezas que grababa rudimentariamente en su departamento de Manhattan, en Nueva York. El 4 de junio de 1980, Lennon emprendió un viaje en barco desde la ciudad de Newport hasta las islas Bermudas. En el trayecto, un furioso temporal zarandeó la embarcación. La tripulación se turnó para controlar el navío y el músico, de escasa experiencia marítima, prestó una colaboración decisiva para que la travesía tuviera un final feliz. Semejante aventura le otorgó confianza e inspiración. Una vez en tierra firme, acompañándose con una guitarra Ovation y una máquina de ritmos, registró un puñado de temas referidos a su vida hogareña. Cierta noche, en una discoteca del archipiélago, escuchó “Rock Lobster”, de The B-52’s, e identificó en las voces femeninas del grupo la influencia de Ono. El hallazgo lo sacó del letargo: para el hijo dilecto de Liverpool había llegado la hora de volver.

Lennon le comunicó a Ono su deseo de sacar un nuevo disco. La japonesa, entonces, se contactó con Jack Douglas. El norteamericano era un viejo conocido, pues había sido ingeniero de sonido en discos de ambos artistas. En el emblemático Imagine de John y en los experimentales Approximately Infinite Universe y Feeling the Space de Yoko. A mediados de los 70 sus trabajos con Aerosmith, los esenciales Toys in the Attic y Rocks, lo transformaron en un respetado productor. Douglas recibió de manos de Yoko los casetes que su marido había hecho en Bermudas. Entre otras piezas, se encontraban las maquetas de “Woman”, “I’m losing you” y “Beautiful boy”. De inmediato, comenzó a buscar un estudio y a reclutar a los músicos adecuados. El ex beatle lo dejó hacer, pero impuso dos condiciones: los colegas tenían que rondar su edad (para entender cualquier referencia suya a canciones de los 50 o 60) y todo el operativo debía realizarse en secreto. Tras cinco años de inactividad, John se sentía incapaz de volver a hacer un álbum. Hasta recuperar la confianza, quería a la prensa lejos.

El primer convocado fue Hugh McCracken, un fino guitarrista cuya trayectoria incluía participaciones en discos de Paul McCartney, Paul Simon y Billy Joel. Además, había trabajado con Lennon en la antibélica “Happy Xmas (War is over)”. El segundo fue Earl Slick, guitarrista de David Bowie en la época de Young Americans y Station to Station. “Yo era un músico intuitivo y sanguíneo, sin ninguna preparación académica”, recuerda Slick vía telefónica desde Nueva York. “Sin embargo, Douglas me llamó porque deseaba que el álbum contara con una pizca de rock callejero”. Luego se sumó el baterista Andrew Newmark, con ilustre pasado en Sly and the Family Stone y Roxy Music. “McCracken le recomendó al productor tres bateristas: Steve Gadd, Jerry Marotta y un servidor”, cuenta Newmark por teléfono desde el condado de Kent, al sudeste de Londres. “No sé si los otros estaban ocupados, pero lo cierto es que conseguí el puesto”. El siguiente fichaje fue el bajista Tony Levin, talentoso instrumentista requerido por Lou Reed y Peter Gabriel. La lista se cerró con el tecladista George Small y el percusionista Arthur Jenkins, de gran intervención en un viejo álbum de John: Walls and Bridges.

Antes de grabar, Douglas, McCracken, Small y el arreglador Tony Davilio tuvieron una serie de encuentros con Lennon. Durante las reuniones, realizadas en el hogar del músico, se pulieron un puñado de sus creaciones y otras tantas de Yoko. Luego, con la banda a pleno, hubo varios ensayos. “Nos enseñaba los temas con la guitarra o el piano”, dice Newmark. “Al escucharlos entendíamos rápidamente qué debíamos hacer. Si trabajás con un buen compositor el acompañamiento es muy sencillo. Sólo hay que tocar simple y la pieza cobra vida”. En el loft de un hotel céntrico de Buenos Aires, Tony Levin acuerda: “Las canciones de John estaban bastante armadas. Meter mis partes de bajo fue muy fácil”. Esta etapa preparatoria, como había ordenado el liverpulense, se realizó bajo absoluta reserva. “Pidieron discreción y cumplimos a rajatabla”, asegura el baterista.

Entrar al estudio

El 7 de agosto de 1980, en un clima cargado de excitación y nervios, comenzó la grabación del disco. Douglas había elegido los estudios Hit Factory porque su estratégico emplazamiento (en los suburbios de Nueva York) le garantizaba al astro no ser molestado por fanáticos ni periodistas. “Ese día, luego de saludarme, John me dijo: ‘Oí decir que sos un buen bajista, sólo te pido que no toques demasiadas notas’”, rememora Levin con una sonrisa. Aquella jornada, de nueve horas de duración, sirvió para aliviar tensiones y obtener la pista básica de “(Just like) Starting over”. Con el correr de las sesiones, la atmósfera se relajó y las canciones empezaron a fluir. “Ensayábamos un tema tres o cuatro veces”, comenta Newmark. “Después volvíamos a tocarlo, pero con Lennon en la sala de control. Desde allí, nos marcaba errores o hacía sugerencias. A mí solía decime: ‘Andy, tocá como Ringo’”. “Parecía un director de cine dándoles instrucciones a sus actores”, compara el bajista. “Lo hacía de forma amable, pero con determinación”.

Con el correr de los días, Lennon fue llevando al grupo hacia la sonoridad deseada. “El no quería que estuviéramos dos horas dedicados a un mismo tema”, afirma Newmark. “Prefería que lo tocáramos pocas veces para lograr una interpretación fresca. Usualmente, en cinco o seis tomas lo teníamos”. Levin señala que “las jornadas laborales eran realmente intensas”. Aunque, a veces, se alternaba trabajo con placer. Las visitas de Sean al estudio le proporcionaban a su padre momentos de distensión. “Lo sentaba en su regazo y le ponía las canciones”, recuerda el baterista. “El niño era lo más importante en su vida”. El buen clima imperante entre los miembros del combo se traslucía en zapadas donde sonaban viejos clásicos como “Only the lonely” y “Mystery train”. Además, claro, de alguna perla de los fabulosos cuatro. “John era el jefe pero, al mismo tiempo, le gustaba mimetizarse con nosotros para recuperar la sensación de estar en una banda”, reflexiona Slick.

La futura placa tendría, en igual proporción, temas del beatle y de su esposa. Durante las sesiones en Hit Factory, la banda trabajó las creaciones de ambos de manera alternada. “Las canciones de John las resolvimos con facilidad, las de Yoko no”, sostiene Levin. “Ella, a diferencia de su marido, no tocaba ningún instrumento. Entonces éramos nosotros los que debíamos encontrar el estilo para sus composiciones. A veces estábamos horas con una pieza hasta dotarla del arreglo adecuado”, revela. Más allá de las dificultades, la apodada “Dama Dragón” entregó grandes momentos como la erótica “Kiss, kiss, kiss”, la enérgica “Give me something” y la romántica “I’m your angel”. “El material de Yoko era muy bueno”, opina Slick. “De hecho terminó influyendo a artistas como B52’s, Peaches y Siouxsie and the Banshees”.

A principios de 1980, la música más inspirada provenía de conjuntos y solistas enmarcados en el pospunk y la new wave. The Clash con London Calling, Blondie con Eat to the Beat, y Elvis Costello con Get Happy!!, marcaban el pulso de aquellos. Con el fin de otorgarle al disco cierto aire contemporáneo, Douglas convocó al guitarrista Rick Nielsen y al baterista Bun E. Carlos. Ambos eran miembros de Cheap Trick, grupo de poderosa sonoridad cuyas primeras influencias habían sido The Beatles y The Who. El objetivo era que los estadounidenses grabaran dos composiciones: “I’m losing you”, de John, y “I’m moving on”, de Yoko. Los invitados, junto a Lennon, Levin y Small, alumbraron una rabiosa versión del tema del beatle. La creación de la japonesa también recibió un pincelazo de rusticidad. A pesar de la calidad del trabajo, las tomas fueron descartadas. Sin embargo, cuando los sesionistas estables volvieron sobre esas piezas, reprodujeron los riffs que Nielsen había creado para ellas. “Los registros eran formidables, pero desentonaban con el espíritu pop del resto de la producción”, acepta Levin.

En menos de cincuenta días de trabajo se terminaron veintitrés canciones de las cuales catorce fueron seleccionadas para el álbum. Tras comprobar el buen material que tenía entre manos, la célebre pareja comunicó a la prensa su vuelta al ruedo. Cuando la noticia tomó estado público, las principales compañías discográficas se lanzaron a la caza de Lennon. Atlantic y Columbia realizaron jugosas ofertas, pero sólo pretendían los temas del beatle. En el medio de las febriles negociaciones apareció el empresario David Geffen quien, con suma astucia, se mostró interesado en las composiciones de ambos artistas. El gesto dio resultado y Geffen Records (una subsidiaria del sello Warner Brothers que hasta ese momento sólo había editado una placa de Donna Summer) se aseguró el codiciado contrato.

Double Fantasy vio la luz el 17 de noviembre de 1980. El título del disco, tomado del nombre de un tipo de fresia descubierto por John en las islas Bermudas, resumía el espíritu de la producción. Los temas, ordenados de manera tal que a uno de John le seguía otro de Yoko, establecían una especie de diálogo musical sobre los diferentes estadios de una relación de pareja. El subtítulo de la obra (“A heart play”) y su tapa, con una bella foto del matrimonio besándose, reforzaban el concepto. “Las canciones reflejan nuestros sentimientos”, declaró Lennon en una entrevista del periodista Dave Sholin. “No nos presentamos como la dupla perfecta. Tenemos problemas y dudas, pero lo seguimos intentado porque queremos estar juntos. Cuando trabajaba con ella visualizaba a la gente de mi generación que creció durante los 60 y ahora (...) tiene esposa e hijos, como yo. Estoy cantando para ellos. Les estoy diciendo: ‘Aquí estoy ahora. ¿Cómo están? ¿Qué tal andan sus relaciones?’”.

La prensa especializada recibió al álbum con reseñas variopintas. Mientras la revista Billboard presentó al trabajo de John y Yoko como una “renovada asociación musical”, Melody Maker lo definió como una “debacle”. Para algunos medios, acostumbrados a rockeros con el síndrome de Peter Pan, un hombre de 40 años que cantaba sobre el amor que sentía por su mujer y su hijo era intolerable. Veintiún días después de la salida del disco, esas plumas ponzoñosas redactaban sentidos obituarios para el artista antes defenestrado. A 35 años de su lanzamiento, Double Fantasy sigue siendo una obra vital, emotiva y original: sus canciones siguen brillando como la luna, las estrellas y el sol.

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Durante el lustro de retiro, Yoko se ocupó de los negocios mientras John se dedicaba al bebé.
 
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