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Viernes, 3 de junio de 2016

MUSICA › JULIAN POLITO PRESENTARA DESEMBARCO MAÑANA EN HASTA TRILCE

Músicas de un continente imaginario

Este músico, matemático y artista plástico tocará su viola da gamba junto a su banda Los Lirios del Campo, con la que lleva al folklore lo barroco y viceversa, o apela “a la yuxtaposición para poner las cosas en tensión”.

 Por Santiago Giordano

Una buena parte de ese conjunto de danzas y canciones que en el último siglo asumió el industrioso rótulo de “folklore” arrastra genes de la música antigua. La del Renacimiento español, por ejemplo, que llegó a estas playas con los primeros conquistadores, o la del Barroco Italiano que más tarde trajeron los Jesuitas. Julián Polito agita esa hipótesis para trazar un repertorio que en sus encantos lleva implícita la posibilidad de imaginar en ese crisol de gestos un efectivo continente. Una presunción que comenzó a tomar forma y sonido con Viejo Nuevo mundo, disco de 2011, y que se prolonga ahora en Desembarco, editado el año pasado en Club del Disco. Ejecutando viola da gamba y bajo, Polito lo presentará mañana y el sábado 18 a las 20.30 en Hasta Trilce (Maza 177), junto a su banda Los Lirios del Campo: Juan Casabellas en voz, guitarra y bajo; Emilio Cervini en guitarra criolla y bichito cordobés; Pablo Favazza en percusión; Javiera González en viola y violín; Laura Vázquez en acordeón y coros y Juan Valverde en flauta traversa.

“Desembarco es la expansión de aquel primer disco, es más latinoamericano y sobre todo está hecho con más libertad; diría mayor fantasía”, sostiene Polito en diálogo con Página/12. “Desembarco representa una ucronía, algo que pudo haber sido pero no fue. Algo así como imaginar una América latina que hacia 1780 corta los lazos con Europa, pero sigue un desarrollo con elementos de la música antigua incorporados a los de su tradición popular, donde la viola da gamba es un instrumento tan ubicuo como la guitarra”, define.

Músico, matemático y artista plástico, Polito estudió violín y flauta en el conservatorio Beethoven, tocó el bajo en el grupo de rock progresivo Los Astrónomos y en el de be-bop Jurassic Jazz. Más tarde se licenció en Matemáticas, estudió Dibujo y Pintura con Héctor Médici y Ernesto Pesce, y en 1987 comenzó un posgrado en robótica e inteligencia artificial en Boston, donde además dirigió durante varios años la galería de arte contemporáneo Vincent’s Obsession. Después de todo eso, más un año en París tocando tangos en la calle, Polito regresó a la Argentina para desplegar su discurso desde la viola da gamba, instrumento córdofono de arco, ligado a la melancolía cortesana de la Europa renacentista. “La película Todas las mañanas del mundo fue el disparador de mi pasión por la viola da gamba –asegura–. En una escena de la película el maestro pregunta ‘¿Para qué sirve la música?’ y sostiene que cuando se acaban las palabras, el dolor sólo lo puede expresarse a través de la música. Esa música, que era la de la viola de gamba, me impregnó de una tristeza maravillosa y en alguna parte del cerebro pensé que si llegaba a tocar la música más triste del mundo dominaría la tristeza”.

Una vidala santiagueña cantada por Nadia Szachniuk como un consort song con un solo de sarangi –instrumento de cuerdas hindú–; las “Coplas a la muerte de mi padre” que Jorge Manrique escribió en España en 1476 interpretadas con caja y voz por la coplera Laura Peralta; la tonada “El Congo”, del Códice Martínez Compañón del siglo XVIII, cantada por Palo Pandolfo; versiones de la tradicional danza criolla La firmeza, interpretada por Los Bajones del Plata con antiguos instrumentos antecesores del fagot; una recopilación de Violeta Parra interpretada como una chanson del Renacimiento francés; un tema de Gentle Giant con ritmo de cueca y adornos antiguos; Cucuza Castiello cantando al chileno Eduardo Gatti con revestimientos barrocos. Estas son algunas de las piezas que componen este continente imaginario, en el que sin embargo nada es casual ni suena forzado.

“Me interesa también el concepto de la antropofagia cultural –agrega Polito–, esa idea tan actual que alguna vez enunció el poeta brasileño Oswald de Andrade. Pero si vivimos en la frustración de no ser franceses y la culpa de ser coyas, nada bueno podemos hacer. Como artistas latinoamericanos, tenemos que devorarnos Europa y devolverla con las marcas latinoamericanas para las usanzas nuestras. Esa hibridez me interesa, porque permite tensar la cuerda del cruce entre lo barroco y lo folklórico, y escuchar en qué punto rompo la línea entre lo erudito y lo popular”.

–¿Como eligió los temas que forman el disco?

–Cada tema es un cuento en sí y apelé a diversas maneras para trabajar cada uno. Hay misturas de estilos, en las que folklorizo lo barroco y barroquizo lo folklórico. Otras veces apelo a la yuxtaposición para poner las cosas en tensión. Por ejemplo, Osvaldo Bayer recita un poema en latín de Horacio, que hace más de dos mil años hablaba del desprecio a los poderosos. Un poema que Alonso de Mudarra musicalizó en el Renacimiento. Me pareció un mensaje que estaba en sintonía con la milonga anarquista, que es de 1908. Todo esto tiene que ver también con cuestionar la autoridad, lo dado. Como ejercicio mental, deberíamos pensar cuántas de las cosas que damos por sobreentendidas son ficticias, impuestas. Si las cosas no son como dicen los medios, por ejemplo, entonces hay que buscar otras fuentes. La libertad conlleva una tarea que consiste en imaginarnos alternativas y ponerlas en práctica. Las cosas pueden ser de diversas maneras y hay que crear realidades desde la fantasía.

–¿Se manifiesta de alguna manera su experiencia en la pintura en su música?

–No soy demasiado bueno en nada de eso, pero sí me reconozco bueno en navegar entre mundos. Pienso en la música como colores y eso debe venir de mi formación en artes plásticas. El timbre de los instrumentos es una complejidad que me atrae. El 99 por ciento de la música que se graba, se compra y se vende en este planeta está hecha con cuatro o cinco instrumentos: bajo guitarra, voz, batería, computadoras y algo más. En el planeta hay más de 50 mil instrumentos, pero a la industria musical global le alcanza con cuatro o cinco. Eso significa un aplastamiento cultural impresionante.

–¿Y del matemático qué hay en su música?

–El azar, como un elemento constitutivo de diferencias. Un error puede llegar a ser una cosa útil, puede ser el comienzo de un desarrollo.

Polito sonríe cuando cuenta que Los Lirios del Campo, la banda que formó para este disco, toma su nombre de una cita del Evangelio según San Mateo. “Cuando dice: ‘¿Y por qué os preocupáis por la ropa? Mirad cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan. Sin embargo, os digo que ni aun el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como uno de ellos’. Me gustó la poesía, nada más –aclara– yo soy ateo, anarquista y violagambista. Cuando adopto un instrumento tan europeo y aristocrático como la viola da gamba para tocar una vidala e inventarme una Argentina que acaso nunca existió, que es la que me gusta, doy un mensaje político –continua Polito–. Es condición primordial del arte generar fantasías frente a lo impuesto por los discursos del poder. Particularmente me interesa destruir los discursos de poder implícito en la clasificación de las músicas: cuando se señala que hay música culta y académica se acepta una idea de lo alto y lo bajo que es terrible, porque sabemos que no es así. Hay música buena y de la otra. Una baguala nos puede erizar los pelos del mismo modo que un aria de Monteverdi y una danza de Rameau nos puede hacer mover la patita igual que una chacarera.”

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“Desembarco representa una ucronía, algo que pudo haber sido pero no fue”, afirma Polito.
Imagen: Joaquín Salguero
 
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