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Domingo, 23 de octubre de 2016

MUSICA › SILVIA GLOCER Y SU INVESTIGACION SOBRE LOS MUSICOS JUDIOS EXILIADOS EN ARGENTINA

“Esas vidas fueron formando redes”

Doctora en Historia y Teoría del Arte, Glocer acaba de publicar el libro Melodías del destierro, Músicos judíos exiliados en la Argentina durante el nazismo (1933-1945), un valioso y muy documentado aporte a la historia de la música en nuestro país.

 Por Cristian Vitale

Le dio por profundizar en la temática por una razón recurrente: había sido su tesis de doctorado en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y sentía que daba para más. “Sabía y quería que la música y el judaísmo estuvieran unidos de algún modo. Lo que no sabía era cómo”, confiesa Silvia Glocer, a la sazón Doctora en Historia y Teoría del Arte, parada en la previa de la tesis que luego se transformó en el libro Melodías del destierro, Músicos judíos exiliados en la Argentina durante el nazismo (1933-1945), que acaba de publicar, Gourmet Musical mediante. En apretada síntesis, se trata de un aporte a la historia de la música en la Argentina, incorporando la influencia de músicos judíos tras el feroz exilio al que los obligaron los nazis. “Al momento de qué hacer con mi intención, un colega del conservatorio estaba haciendo su doctorado en la Universidad de Londres, y sabiendo del dilema en que me encontraba, me sugirió que me contactara con una persona que trabajaba en el Instituto de Música Judía de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de esa universidad. Casualidad o no, esa persona era Lloica Czackis, una musicóloga que cantaba tangos en idish, y era hija de argentinos”, cuenta Glocer, sobre un derrotero que terminó bien.

“Lloica fue quien me contó que el instituto se dedicaba a investigar, entre otras cosas, la vida de los músicos judíos exiliados desde Alemania a Gran Bretaña en tiempos del nazismo. Ya un poco más orientada, Pablo Kohan –también musicólogo– me sugirió por qué no hacer lo mismo con los músicos que vinieron para acá. Y así se fueron delimitando el tema, los subtemas, las problemáticas y fueron surgiendo más interrogantes”, explica la docente de Artes. “El libro está organizado al revés de cómo se fue dando la investigación, porque mi primera tarea de tesis fue recopilar la mayor cantidad de datos biográficos y artísticos de los músicos protagonistas. Cuando comencé, tenía idea de que eran alrededor de veinticinco músicos y la investigación me llevó a encontrar a más de ciento veinte que llegaron al país en aquellos tiempos. El bagaje documental fue muy importante y me empecé a dar cuenta que las historias de vida se cruzaban, que es lo rico de este tipo de experiencias migratorias: las vidas de estas personas formaron redes, y ahí fui a buscar información”, sostiene Glocer, también cantante del coro de San Justo.

Los itinerarios que Glocer desanda, cubierta por un ajustado marco histórico, tienen nombre y apellido en Ljerko Spiller, Michael Gielen, Guillermo Graetzer y Ana María Tedeschi, entre muchos más. “Mi vínculo con el judaísmo, por supuesto tuvo mucho que ver con esto”, asegura la musicóloga. “Por eso elegí este camino, aunque de judía me quedan los rasgos del apellido y la celebración de algunas de las fiestas, sobre todo en su aspecto culinario, así como la conmoción que me provoca que alguien cante en idish. Con el tiempo me di cuenta que abordar este tema me vinculó con algo vital porque, si bien la experiencia del exilio es traumática y dolorosa, quienes pudieron llegar a estas tierras, dejaron atrás la oscura posibilidad del holocausto, para seguir creando en un nuevo lugar sus melodías del destierro. De alguna manera, también es un homenaje a otros tantos músicos exiliados, sobre todo los de la última dictadura militar argentina”, señala la autora del libro, cuyo trayecto autoral la vincula con Paul Walter Jacob y las músicas prohibidas por el nazismo, libro que escribió junto a Robert Kelz; y a Cartas de La Brasa. Patrimonio bibliográfico (1926-1937), junto a Héctor Daniel Guzmán, entre otras obras.

Retoma ella: “Decía que el libro está organizado al revés porque las biografías se encuentran al final. Sin embargo, fue gracias a ellas que pude encontrar los puntos en común que tuvieron estas personas, no sólo desde lo migratorio sino también desde lo artístico. Ellos se insertan en el mundo cultural de Buenos Aires en torno a las radios, al Colón, la música de vanguardia, los teatros y el cine”. El título, en tanto, lo pensó bajo las coordenadas intencionales de tocar fibras íntimas en un público más amplio. “Pensé en Melodías del destierro porque esto, además de sus penas, fue lo que trajeron todos estos artistas en sus valijas. Y eso fue lo que quedó: la melodía como sinónimo de creación”, explica Glocer, sobre el nexo común que unifica, en cierto sentido, las experiencias de los mencionandos Spiller, Gielen, Graetzer y Tedeschi. “Me conmovieron los casos en que pude tener contacto directo con el músico, o con sus familiares y alumnos. No por la trayectoria en sí, sino porque lo vivencial es mucho más fuerte que cualquier otro documento. De todo el grupo que estudié, pocos músicos están vivos, y el encuentro más hermoso fue con Spiller, con quien –casi con cien años– pude charlar por horas en varias oportunidades, con una lucidez formidable. Con Gielen, que vive en Austria, intercambié cartas de correo postal ¡con estampillas y todo!, y él respondió mis preguntas con lapicera de pluma. A Tedeschi la pude visitar en su departamento de Belgrano y revisar junto a ella su carpeta con recortes periodísticos y programas de concierto. De Graetzer, el único de ellos que no pude conocer en persona, lo destacaría por la variedad de campos en los que desarrolló su profesión: composición, docencia, dirección, musicología y gestión cultural…. No olvidemos que fue el creador del Collegium Musicum”.

Respecto del recorte temporal, la escritora pasó por las dudas de todo investigador cuando tiene que resolver una periodización. En este caso, la elección del período 1933-1945 anuda el ascenso de Hitler al poder con la finalización de la segunda guerra mundial. Otro recorte tuvo que ver con la sangre: “Si bien otros músicos no judíos, como Kurt Pahlen, Fritz Busch, Erich Kleiber y Carl Ebert se exiliaron en la Argentina por profundas desavenencias políticas con el régimen nazi, por diversos motivos opté por acotar el objeto de estudio a los músicos judíos alcanzados por las leyes raciales del Reich, debido a que la cantidad de estos casos es bastante menor y además, excepto Pahlen, los demás viajaron con un contrato para trabajar en el Colón y regresaron a Europa una vez finalizada la contienda”, cierra Glocer.

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“El bagaje documental fue muy importante”, reconoce Silvia Glocer.
 
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