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Domingo, 19 de noviembre de 2006

MUSICA › LEON GIECO ABRIO SUS PRESENTACIONES EN EL OPERA

Cuando la memoria se da la mano con las canciones

En un show que combina títulos habituales con temas que hacía tiempo que no tocaba en vivo, Gieco ofrece una notable recorrida, que excede el subtítulo “15 años de mí”.

 Por Cristian Vitale

Dejate atravesar por la realidad
y que ella grite en tu cabeza
porque es muy malo dejar pasar
por un costado la historia esta.

Invierno de 1980. El general Montes, corporativo típico, cita a León Gieco a su despacho del Primer Cuerpo de Ejército. A las 7 de la mañana, León, con un traje prestado por Oscar Moro, que le queda grande, recibe una amenaza contundente. “Si usted vuelve a cantar esa canción –“La cultura es la sonrisa”–, yo mismo le vuelo la cabeza.” Noviembre de 2006. Mientras el general Montes debe ser una escoria gris flotando en zona de limbo, Gieco es un artista noble, capaz de hacer seis teatros Opera –este fin de semana y el próximo– y cantar, convencido, cualquiera de esas canciones prohibidas como señal de integridad y perseverancia. Cada quien recoge los frutos que sembró. La historia absolvió a Gieco y en homenaje a ella estructuró uno de los tres bloques de su despedida anual, con diez canciones de su producción setentista (desde León Gieco hasta Pensar en nada) más dos bonus extracronológicos: “La memoria” y “Santa Tejerina”.

“La historia esta”, su canción más perseguida, fue la segunda de un segmento que abrió igual que el año pasado, cuando presentó Por favor, perdón y gracias. León diciendo “Voy a compartir esta canción con un amigo que me acompaña hace muchos años” y él mismo, 34 años más joven y duro como una estatua, tocando “Hombres de hierro” en la segunda edición del BA Rock. Pantalla gigante sobre su cabeza, dueto pasado-presente y un sinceramiento brutal previo. “Fíjense, es un robo absoluto de ‘Blowin in the Wind’, de Dylan”, dice, y se ríe. Siguen “Soy un pobre agujero”, hermosa canción de Pensar en nada, “Tema de los mosquitos” del IV LP, “Chacareros de Dragones” y una estupenda versión de “El fantasma de Canterville”, que demuestra un acierto estético: la continuidad de Kubero Díaz, tal vez el único guitarrista capaz de suplir la versatilidad folk rock del malogrado Eduardo Rogatti. “Si ves a mi padre”, “En el país de la libertad” y dos canciones de PorSuiGieco, disco bisagra de mediados de los setenta: “Todos los caballos blancos” y “La mamá de Jimmy”, redondean un segmento retro festejado a rabiar.

Además del retorno de canciones que Gieco no tocaba hace años, brilla la escenografía. Tras “La historia esta”, cuando se sube el telón, no sólo aparece el resto de la banda (Marcelo García, Luis Gurevich, Dragón Moglia, Aníbal Forcada y Kuberito) sino ¡tres! pantallas de fondo. Imágenes en blanco y negro dentro de un televisor pre 78 con flashes de, según León, todos los sucesos que le dieron letra. Un collage que mezcla a Los Gatos tocando “El rey lloró” con el Cordobazo; a Moris recorriendo bares porteños en busca de inspiración con un graffiti militante “soldados, hermanos nuestros, no tiren”. Titulares de diarios que informan represiones contra hippies con Manal y Perón arengando “Estamos empeñados en una guerra revolucionaria”; el bizarro video de “Campos Verdes” (Almendra) con imágenes de Cámpora; o la mirada melanco de un joven Miguel Abuelo con la plaza copada de Montoneros en la tele de al lado. La interacción imagen-sonido desnuda una intención semisubliminal: León no es centro sino parte. Cuando aparece Evita, no queda claro si el público aplaude a ella o cierta frase ‘en vivo’ de “La memoria”. Lo mismo ocurre cuando aparece el Che mientras Gieco entona: “Allá donde mil poesías gritaron/ cuando le cortaron al poeta sus manos”.

La propensión antiego no sólo impregna el bloque nostálgico. Al principio, Gieco participa de una miniclínica sobre armónicas a Fabricio Rodríguez, del grupo Mr. Mojo, y a Franco Luciani. Se deshace en elogios con los dos. A Fabricio lo presenta como uno de los mejores del país y Luciani recibe un gran espaldarazo: “Este pibe es el sucesor de Hugo Díaz”. Con el primero desempolva “Cuando me muera quiero”, del legendario Banda de caballos cansados, le hace tocar la vineta (armónica larga) y el choclo de armónicas. Luciani lo acompaña en una versión folkie de “Maturana”, y ambos participan de “Baionga”, “Tierra de sol y luna” y “La guitarra”, el poema de Atahualpa Yupanqui que Gieco musicalizó para el disco homenaje producido por Víctor Heredia. “Lo toqué con el cuarteto de Zitarrosa como un gesto. Estaban peleados porque Alfredo era divino hasta que se tomaba el primer whisky”, tira. El segmento 15 años de mí es el grueso actual más “Pensar en nada” y... lo mismo: música y voz al servicio de los guardianes de Mujica, el ángel de la bicicleta y el policía que lo mató (“con qué libro se educó esta bestia”) o Juan, el aparecido que Dios no vio cuando mataban a sus padres en la ESMA.

Todo, más los chicos down de la asociación AMAR que bailan “La Galleguita”, Demian, el pibe en silla de ruedas que sigue los pasos de “La memoria” y la fundación Farinello le dan la razón a Ciro Pertusi, de Attaque 77: “Siempre hay un motivo para decir ‘Gracias León’”. Y, de paso, dedicarle un saludo al general Montes en su limbo.

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Al tocar “Hombres de hierro”, León confesó entre risas: “Fíjense, es un robo absoluto de ‘Blowin, in the Wind’, de Dylan”.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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