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Martes, 15 de enero de 2008

MUSICA › GABO MANELLI

El recuerdo para el motor babasónico

El bajista, que falleció el sábado, fue clave en los inicios de la movida sónica. También tocó en Los Brujos y en Juana la Loca.

 Por Roque Casciero

Seguramente él se reiría de lo pomposo de la afirmación y enseguida encontraría alguna respuesta llena de sarcasmo, pero los hechos son incontrastables: Gabo Manelli, que falleció el sábado pasado, fue una figura clave de esa “movida sónica” del sur del conurbano que renovó el rock argentino a principios de los ’90. Primero fue miembro fundador de Los Brujos, banda a la que abandonó porque “no quería hincharles más las bolas” a sus amigos con su rechazo a cualquier idea que propusieran. Después fue parte de Juana la Loca, donde se peleaba con el líder Rodrigo Martín, a quien le decía que sus canciones lo hacían reír. Pero su aporte mayor a la música lo hizo como bajista de Babasónicos: ahí descubrió su lugar de pertenencia. “Tengo la suerte de ser parte de este ente comprometido con que las cosas no estén siempre igual: construir un mundo de fantasía y hacer las cosas de manera no ortodoxa es un modo de forzar ese cambio”, le dijo a este cronista hace unos meses. “En términos artísticos, Babasónicos significa libertad. La riqueza interna está en que somos unos delirantes que logramos filtrar lo mejor del delirio de cada uno, la esencia, lo inasible, y esto colabora con la riqueza cultural. Por más que quieran taparlo con mierda, existe un hambre de cultura. Y nosotros, de alguna manera delirante, trabajamos para saciar ese hambre.”

La “dulzura musical” de Gabo fue lo que atrajo a Diego Tuñón, que luego sería tecladista de Babasónicos: desde ese momento buscaba cualquier excusa para que el bajista trabajara con él. Cuando Adrián Dárgelos, que había cantado en dos bandas con Tuñón, regresó de un viaje, enseguida se formó el núcleo central de Babasónicos. Nadie podía imaginar que esos tipos raros que se juntaron en una quinta de El Trébol, Ezeiza, para componer Pasto iban a sacar doce discos, todos muy diferentes entre sí, siempre cargados de ideología rockera (por eso de que “las cosas no estén siempre igual”), complejos incluso en su simpleza. Y ahí estaba Gabo, de quien sus compañeros decían que era “el motor” de la banda. Claro que lo decían cuando él no andaba cerca, porque a ellos también se les hubiera reído en la cara. A él, que era parco y bastante cabrón, le resultaba gracioso ser el que estaba en contra de todo, el que siempre planteaba las cosas de otro modo, el que buscaba la belleza a través de lo negativo. Gabo se había criado en Monte Grande, donde adoraba jugar al fútbol en el barro. Después de esas tardes gloriosas en las que volvía completamente sucio, entendió que nada iba a estar a la altura de esos sentimientos. “Me había dado cuenta de que las cosas ya no serían como antes, y entonces me divertía ver el lado oscuro de todo”, decía.

Babasónicos, que llevaba varios años de carrera, se convirtió en fenómeno de masas con el disco Jessico, publicado en 2001, y multiplicó su éxito con Infame, de 2003. En los últimos días de la gira de presentación de ese disco, Gabo comenzó a sentirse mal. “No lo sabía, pero estaba enfermo, así que no lo disfruté, porque cada vez que me subía a una camioneta pensaba que cuando me bajara iba a dolerme todo. Y no fui al médico enseguida porque no sabía qué tenía. Primero fue una bronquitis que no se me curaba, después tenía dolores en las manos y las articulaciones, pero como me lo pasaba tocando pensaba que era lógico. Más adelante, cuando me paraba no sentía las piernas, pero daba dos pasos y estaba perfecto. ‘Y, bueno, viajo mucho, muchas horas de vuelo’, me decía.”

Mientras Babasónicos componía el disco Anoche en Córdoba, Gabo supo que tendría que hacerse una biopsia para recibir un diagnóstico definitivo: tenía linfoma de Hodking. Grabó el álbum mientras se sometía a sesiones de quimioterapia y pronto se hizo evidente que no podría salir de gira, aunque llegó a tocar en algunos conciertos, como el que quedó registrado en el DVD Luces. En vivo, el bajo estaba en manos de Carca, viejo amigo de la banda, mientras Gabo le daba pelea a la enfermedad. Grabar el próximo disco de Babasónicos, que la banda mezclará el mes próximo en Londres, fue parte de lo que se suponía una recuperación. Pero finalmente su cuerpo no aguantó. Su espíritu, el de ese flaco barbudo al que le encantaba llevar la contra, quedará para siempre en los discos de Babasónicos, y en el recuerdo de quienes pudieron traspasar la barrera de hosquedad y descubrieron su sensibilidad exquisita.

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Gabo tenía 38 años y fue uno de los puntales en el crecimiento de Babasónicos.
 
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