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Jueves, 17 de enero de 2008

MUSICA › UN RECORRIDO POR LOS FESTIVALES FOLKLORICOS EN EL INTERIOR DEL PAIS

La otra gran temporada de verano

Cosquín, Villa María, La Chaya, Calafate, Tunuyán. Sólo algunos nombres para dibujar un mapa de la celebración permanente, con música, baile, comidas típicas y bebidas para alegrar el espíritu. Claves de un fenómeno que excede lo musical.

 Por Karina Micheletto

Igual que el termómetro por estos días, la temporada festivalera de verano arde. El ritual se repite año a año en todo el país, en centros del interior o en pequeñas localidades, con mayor o menor grado de sofisticación y despliegue de producción por parte de sus organizadores. El festival de Cosquín, que comienza este sábado, marca una suerte de hito estival, presentado como el encuentro más importante del género, un título quizá más ganado por el peso de su historia que por su actualidad. Pero, antes y después de Cosquín, muchas localidades del interior del país modifican por unos días y unas noches su ritmo cotidiano para dar paso al encuentro en el que no pueden faltar tres elementos: mucha música, mucha comida y mucha bebida para regar los dos ingredientes anteriores.

Ay, qué buena está la fiesta

En líneas generales, los festivales de verano recorren un circuito geográfico que arranca en la provincia de Buenos Aires en todo el mes de enero y va subiendo hacia las provincias del norte. Continúa por Córdoba, en febrero se multiplica en Mendoza en diversos encuentros, culmina en el cordón de los Valles Calchaquíes y, más al norte, se transforma en la fiesta del carnaval.

En la provincia de Buenos Aires están, por ejemplo, la Fiesta del Ternero en Ayacucho, la Fiesta del Caballo Criollo en Olavarría, la Fiesta Provincial de la Llanura en Coronel Dorrego, la Fiesta de la Cebada Cervecera en Puán, la Fiesta Nacional del Gaucho en General Madariaga, la Fiesta del Ajo en Médanos, la Fiesta del Calamar en Ingeniero White, la Fiesta del Chancho Asado con Pelo en San Andrés de Giles (que, sólo por este año, no se realizará), el festival “El País Canta” en Carhué, que invita a conjugar música con las aguas termales de la laguna... Y luego, la larga lista de festivales de doma y jineteada en toda la provincia.

En Córdoba están los más famosos y televisados: Cosquín, Villa María y Jesús María, revolucionario en su momento por instalar la jineteada en un horario nocturno. Pero también se puede comer, cantar o bailar (o las tres cosas juntas) en la Fiesta Nacional del Olivo de Cruz del Eje, el Festival de la Tradición de Deán Funes (el encuentro folklórico más antiguo del país), la Fiesta de la Avicultura de Santa María de Punilla, la Fiesta Nacional de la Papa de Villa Dolores o el Festival del Malambo de Laborde, que cada año elige su “campeón argentino de malambo”.

No importan sus dimensiones, cada lugar busca su fiesta: un pueblo de 800 habitantes, como Garré, al oeste de la provincia de Buenos Aires, tiene su Festival del chorizo seco, que convoca a un jurado de expertos de paladar avezado para elegir el chorizo ganador del año. Cada encuentro construye su mito fundacional, con sus fundadores honorarios, y desde su nombre y desarrollo rinde honor a su geografía y a lo que produce la región. Muchos tienen su elección de reina, concursos varios auspiciados por los sponsors del evento, por lo general ligados a la actividad agropecuaria.

Es en estos festivales donde se expresa con gran brío la pampa gringa argentina, revitalizada de un tiempo a esta parte, bonanza de la soja de por medio. Al destacar las características geográficas y de producción del lugar, estos encuentros responden a una suerte de celebración alrededor de la pertenencia al pueblo chico. Pero, más allá de ese rasgo inmediato, la marca identitaria común a la mayoría de los festivales de folklore de la patria sojera es la de la exaltación de algo tan improbable como “la argentinidad”, aunque es cierto que el discurso en más recalcitrante en algunos casos que en otros.

Así, por ejemplo, un festival como Cosquín resulta de lo más medido en sus diatribas nacionalistas, si se lo compara con un enclave como Jesús María, tan vestido de celeste y blanco, donde es posible escuchar la repetición enfervorizada del grito de “Viva la patria” durante cinco minutos reloj, o conocer la más impensada gama de comparaciones entre la criolleza de los caballos y la de los argentinos en la voz de los locutores, o asistir al desfile incesante de vírgenes que recorren el predio.

En cuanto a los contenidos musicales de los festivales, sin embargo, del fanatismo no se salva ninguna región: alguna vez, allá por los ’80, el público festivalero de Santiago del Estero abucheó a la MPA por cometer la herejía de hacer chacarera enchufando una guitarra; también fueron silbados Raúl Carnota y Marián Farías Gómez en el Festival del Chamamé de Corrientes, justamente por no hacer chamamé. Y, más acá en el tiempo, el público de Cosquín maltrató propuestas que exigían alguna escucha atenta, ante la impaciencia por la llegada de Jorge Rojas. Cosas que pasan, como diría Larralde.

Rumbo al norte

Más al norte, el panorama cambia, y siguen los festivales. En Mendoza está el encuentro más importante, el de la Tonada, que reúne unas 40 mil personas en las noches más convocantes. También la Fiesta Nacional de la Vendimia, con su ceremonia de bendición de los frutos, en el imponente teatro Frank Romero Day, enclavado entre los cerros, al oeste de la capital, donde se pueden escuchar grupos e intérpretes cuyanos que no tienen espacio en otros festivales. Pero hay más: el Festival del Pollo y el Olivo en Junín, la Fiesta de la Fruta y la Hortaliza en Luján de Cuyo, la Fiesta del Vino en Guaymallén, el Festival Folklórico de Alta Montaña en Las Heras, la Fiesta Nacional del Chivo en Malargüe, la Fiesta del Orégano en Pareditas, por nombrar algunos.

En Santiago del Estero, por supuesto, la fiesta es alrededor de la chacarera; en Corrientes, alrededor del Chamamé. En La Rioja, con su Festival de La Chaya; en Salta y en Jujuy, en febrero explota el carnaval. La geografía y el tono de estas festividades cambian por completo: aquí lo que importa es desenterrar y enterrar con éxito el Carnaval, aprovechando los días de licencia a los que habilita el ritual.

Aquí, Cosquín

El pueblo de Cosquín se prepara por estos días para el comienzo del festival mayor del folklore, el próximo sábado. La gran novedad del año es la presentación de un set acústico que estará a cargo de Ricardo Mollo, una jugada extra-folklórica de la programación, que tendrá que ver con la conmemoración del año yupanquiano, a cien años del nacimiento del autor de “El arriero”. Habrá otros homenajes, como el que le rendirán Peteco, Demi, Graciela y Roxana Carabajal al recordado Carlos Carabajal, “el padre de la chacarera”. Por el escenario mayor pasarán también figuras como León Gieco, Víctor Heredia, el Dúo Coplanacu, la venezolana Cecilia Todd, y habrá un cruce novedoso para el cierre con la actuación conjunta de Mercedes Sosa y Soledad.

Por estos días también se dan a conocer las peñas que funcionan en los alrededores de la plaza oficial, y que para muchos constituyen el verdadero corazón del festival. Este año están confirmadas La Casa de Los Carabajal, Los Musiqueros Entrerrianos, al ritmo de chamarras y chamarritas, la peña de Facundo Toro, donde actuará su padre, Daniel Toro, la Peña Oficial, la Peña Punta Tacuara, la Peña Federal, regenteada por Omar Pastorutti, el padre de Soledad, y el clásico joven de las noches peñeras, la peña del Dúo Coplanacu. Ya sin Mahárbiz a la cabeza desde hace años, Cosquín sigue marcando la temporada festivalera, amplificando su potencial a través de la televisación en cadena. Es uno más entre cientos, pero es el festival mayor. Al menos, así se vende.

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El Chaqueño Palavecino, el monarca absoluto de los festivales.
Imagen: Telam
 
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