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Jueves, 31 de enero de 2008

MUSICA › ATAHUALPA YUPANQUI CUMPLIRIA HOY 100 AÑOS

El legado de un criollo universal

Profundo y sentencioso, el autor de El payador perseguido marcó de un modo definitivo la cultura popular de la Argentina. Se afilió al PC y luego se desafilió, estuvo prohibido durante el peronismo y asumió posturas equívocas ante el golpe del ’76. Más allá de sus vaivenes políticos, la obra de Yupanqui sigue viva y potente, interpelando a quien quiera oírla.

 Por Karina Micheletto

Venir de lejos, de la honda tierra. Has de narrar, contarás. Así eligió llamarse, siendo muy joven, Héctor Roberto Chavero: “Atahualpa Yupanqui”. Lo decidió entusiasmado con las dinastías incas y sus nombres de sonido profundo, sólido. Atahualpa se llamaba el último inca reinante; Yupanqui fue nombrado uno de los incas que introdujo entre sus vasallos celebraciones que incluían concursos de quena, entre otras actividades “gratas al pueblo”. Transformadas en nombre y apellido, estas dos voces remiten al hombre que marcó la canción argentina –para muchos, el gran cantor argentino–. Hoy ese hombre cumpliría cien años, después de vivir una vida que entendió siempre como camino, tránsito, trashumancia.

“Nada resulta superior al destino del canto”, afirma Yupanqui en su poema. “Ninguna fuerza abatirá tus sueños, porque ellos se nutren con su propia luz. Se alimentan de su propia pasión. Renacen, cada día, para ser. Sí, la tierra señala a sus elegidos.” Así se asumió a sí mismo el artista, con convicción puesta en práctica. El poema, que adquiere mayor significación en la voz grave y pausada del mismo Atahualpa (una versión grabada fue editada en una colección de Página/12, en el CD Pasaban los cantores), resulta significativo a la luz del derrotero del cantor y guitarrero, la forma en que manejó su vida y su carrera artística. “Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de tu tierra, si comprendes su sombra, te espera una tremenda responsabilidad –sigue diciendo el creador en Destino del canto–. Puede perseguirte la adversidad, aquejarte el mal físico, empobrecerte el medio, desconocerte el mundo, pueden burlarse y negarte los otros, pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha, porque no es sólo tuya. Es de la tierra que te ha señalado.”

Aunque sólo se conoce una pequeña parte de todo lo que escribió (unas 1200 composiciones, más las que siguen apareciendo entre los regalos que el poeta dejaba al que le caía simpático en el momento), hoy su obra sigue viva y potente, interpelando a quien quiera oírla. Como alguien que se sabe un elegido, y se sabe, por ello, destinado a la entrega, Yupanqui pasó años recorriendo la geografía argentina, por fuera de los circuitos de producción y circulación de la música, convencido de ser “tierra que anda”. Los que lo conocieron relatan que no era un hombre nada fácil: “un indio bravo”, capaz de lacerar con sus opiniones. Así fue el tono que imprimió a toda su obra: profundo y sentencioso, abarcador de lo más hondo con descripciones simples y llanas, casi nunca metafóricas, siempre asombrosamente verdaderas si se piensa en el universo propuesto. Tanto, que resulta significativo que todos los intentos de biografías –y estas mismas líneas, de simple pretensión recordatoria– se empapen irremediablemente de ese mismo tono grave. Por algo no se puede escapar de la sentencia cuando se habla de Yupanqui.

Atahualpa nació el 31 de enero de 1908 en Peña, Pergamino. Hijo de una vasca y un criollo empleado ferroviario, pasó su infancia en diferentes paisajes por los traslados laborales de su padre. Primero en Roca, un caserío entre Junín y Los Toldos, adonde estuvo en contacto con las historias guitarreadas de la peonada que se reunía a matear después de la jornada de trabajo. Conoció a Bautista Almirón, el maestro de guitarra que siempre recordaría, con el que conoció transcripciones de la música universal, que en su guitarra se anudaron con la música gauchesca. Más tarde maduraría una técnica propia, entre clásica y rústica.

A los 9 años, un traslado a Tafí del Valle, en Tucumán, le abrió un universo nuevo, el que más tarde definiría como “el reino de las zambas más lindas de la tierra”. El suicidio de su padre, cuando Yupanqui tenía 13 años (del que el cantor nunca hablaría), obligó a la familia a regresar a Junín, y al joven Chavero a comenzar a trabajar, mientras hacía la escuela secundaria, en los más variados oficios: arriero, mandadero, hachero, oficial de escribanía, corrector de pruebas en el periódico de Junín. En el colegio terminó de descubrir su vocación, leyó con avidez a Cervantes, a Amado Nervo, a los sonetistas del Siglo de Oro español, a Nietzsche y a Schopenhauer. Allí, para la revista escolar, escribió sus “primeros, horribles sonetos, de una ingenuidad asombrosa”, con el seudónimo de “Atahualpa Chavero”. Poco después firmó una monografía sobre los doce incas con su nombre, “Atahualpa Yupanqui”.

A los 18 años hizo su primera y desalentadora incursión en la gran ciudad. “Buenos Aires, ciudad gringa, / me tuvo muy apretao. / Tuitos se me hacían a un lao / como cu... erpo a la jeringa”, anotaría sobre esta experiencia en El payador perseguido, esa autobiografía en forma de sextinas, a lo Martín Fierro, con la que fijó su mito a mediados de los ’60. A los 19 años, de regreso en la capital, grabó su primer disco, Camino del indio, incluido en un álbum con la promoción de yerba Safac. A fines de los años ’20 encontró sus primeras oportunidades como músico en confiterías, escuelas y bibliotecas. Por entonces se unió a su prima Alicia, que había llegado a Buenos Aires para trabajar de mucama, embarazada y echada de su casa por su padre. Ella con 30 y él con 23, se casaron en 1931, y tuvieron tres hijos: Alma Alicia, Atahualpa Roberto, Lila Amancay. Con el acoso de la pobreza, en 1937 la esposa manifestó síntomas de tuberculosis y la familia se trasladó al Centro de Tuberculosis de Cosquín, en las sierras de Córdoba. Poco después Yupanqui abandonó esposa e hijos y se largó al camino.

En 1936 empezó a registrar para el sello RCA Víctor numerosos cantos y danzas, entre otros “La raqueña”, “La churqueña” y “Camino de los valles”. Más tarde firmó contrato con el sello Odeón, en el que permaneció durante más de cuarenta años, registrando 275 temas. En 1945 se afilió al Partido Comunista en forma pública, en un acto en el Luna Park, junto a un grupo de intelectuales. Su permanencia durante siete años en este partido, en el que nunca ocupó un cargo, le valió la prohibición de actuar, y hasta de que se pronunciara su nombre. Así, su discografía se interrumpió bruscamente entre 1947 y 1953. En 1952 el artista renunció al PC, también en forma pública, a través de una carta en el diario La Prensa. Años después explicaría su decisión en un reportaje concedido al diario cordobés La voz del interior: “Fue en 1952, entonces largué todo. Y es cuando mejor empecé a escribir canciones de eso que ahora llaman de protesta. Desde entonces no tuve que escribir como autorizado o con el visto bueno del partido, ni del núcleo, ni del Estado, ni de Perón, ni de Onganía” (citado en Tierra que anda, de Fernando Boasso). Entre esas “canciones de protesta” sorprende una que grabó para Francia, y que repite en su estribillo: “Basta ya, basta ya que el yanqui mande”. “El yanqui vive en palacios, yo vivo en un barracón, ¿cómo es posible que viva, el yanqui mejor que yo? (...) ¿Quién ha ganado la guerra, en los montes del Vietnam? El guerrillero en su tierra, y el yanqui en el cinemá”, canta Yupanqui.

En 1949, en París, de regreso de una gira por los países comunistas que le había programado el PC, conoció a Edith Piaf en casa del poeta Paul Eluard. Generosa y encantada con su música, Piaf lo presentó en el teatro Ateneo. “Tuvo gestos maravillosos. Estaba en la cima de su fama y quería compartir conmigo un espectáculo. Conmigo, que era un negrito que se escondía detrás de su guitarra”, recordaría Yupanqui. También recordaría que al momento de arreglar cuentas, ella le cedió su cachet: “Tú lo necesitas, yo no”, le dijo. Pronto grabó su primer long play francés, Minero soy, que obtuvo el premio al mejor disco extranjero en la Academia Charles Gros. De allí llegó a Japón, comenzó a pasar una parte del año en París y otra en la Argentina, buscando escapar pronto a su lugar en el mundo, su rancho de Agua Escondida, en el Cerro Colorado, al norte de la provincia de Córdoba. Allí lo esperaba su última mujer, la pianista Antonieta Paula Pépin Fitzpatrick, Nenette, quien bajo el seudónimo de Pablo del Cerro creó la música de 42 obras de Atahualpa.

Yupanqui murió en Nimes, al sur de Francia, el 23 de mayo de 1992, y aunque pidió que sus restos no se repatriaran, fue velado en el Congreso Nacional, en un cajón cubierto por una bandera argentina. Descansa en Cerro Colorado, al pie del roble al que le cantó.

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Yupanqui pasó por la vida convencido de ser “tierra que anda”.
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