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Sábado, 17 de diciembre de 2005

LITERATURA › UN REGALO DE PAGINA/12

Cuentos para pasar mejor la Navidad

Una selección de clásicos, de Dickens a Hoffmann, gratis con la edición de mañana.

 Por Liliana Viola

Todo escritor que pretenda cambiar el mundo deberá escribir su cuento de Navidad. La gente no debe estar sola, las familias tienen que reunirse, los errores perdonarse: para tan tremenda empresa, algo habrá que leer. Sin dudas, es en el transcurso de estos mágicos días cuando un autor se encuentra con la mitad de su camino allanado. Aun en este descreído siglo XXI y a pesar del gesto de fastidio que provoca la proximidad de las fiestas, nadie puede declararse completamente libre del espíritu navideño. Espíritu poderoso que mezcla consumo con familia, borrachera, buenos augurios, generosidad y balance. Las historias de Navidad encuentran oídos atentos entre los espectadores adultos, más permeables ahora a consejos y reprimendas, aptos para devorar escenas sin medir la dosis de melodrama con tal de que algo conmueva sus duros corazones. Los lectores niños esperan ansiosos historias que aviven el misterio de la nieve que cae en verano, el anciano que llega por la chimenea aun cuando no haya chimenea. Claro que los escritores que pretendan cambiar el mundo con un cuento de Navidad, tendrán que demostrar el doble de talento para no caer en frases hechas y moralismos; las buenas intenciones suelen producir mala literatura, decía Flaubert. Afortunadamente, unos cuantos anaqueles de la biblioteca universal confirman que ha sido posible inventar magníficas tramas aun cuando éstas se hallaran atravesadas por trineos.
Con esta premisa, Página/12 seleccionó cada uno de los relatos que integran Cuentos de Navidad, el libro que el diario entrega mañana, domingo, de regalo para sus lectores: una combinación perfecta entre buenas intenciones y literatura. Los autores elegidos, hace ya tiempo instalados como clásicos, contribuyeron con estas historias a instaurar las tácitas reglas de un género que, como todas las tradiciones, persiste más allá de todo. Charles Dickens, E.T.A. Hoffmann, Guy de Maupassant, O. Henry y Rubén Darío sitúan a sus personajes en estos días especiales aunque no siempre tan felices, mientras a su vez dan cuenta de cómo se vivía la Navidad en cada uno de los países en los que nacieron. Los lectores advertirán, al pasar por cada relato, el matiz que diferencia la manera de festejar de Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos y Nicaragua durante el siglo XIX.

La Navidad de los pobres
No es casual que los cuentos navideños más importantes y a la vez más leídos hayan sido escritos a lo largo del 1800. La Navidad, tal como la conocemos hoy, es una invención del siglo XIX. No figuraba entre las antiguas festividades de la Iglesia, no fue instituida por Jesucristo ni por los apóstoles. Hace 2000 años, festejar los natalicios era una costumbre de paganos. Si bien unos siglos después ya estaba integrada a la tradición católica, es en el marco de la revolución industrial cuando aparecen los rituales y adornos de los tiempos felices. El árbol de Navidad, originario de zonas germanas, se extendió por otras áreas de Europa y América en estos años en los que también se reavivó la costumbre de cantar villancicos. La primera tarjeta navideña se imprimió en Londres en 1846, con la única intención de promocionar las obras de arte que representaban al Nacimiento de Jesús. Los artefactos de pirotecnia también datan de estos días, así como la figura de Santa Claus, creada por un ilustrador de anuncios comerciales, Thomas Nast, quien a su vez organizó la primera venta masiva de tarjetas con el famoso saludo de Merry Christmas. Es en este momento de esplendor técnico y a la vez de crisis moral cuando cada símbolo de dicha adquiere también la capacidad de recordar a la comodidad burguesa que afuera de la casa hay cada vez más pobres muriéndose de frío.
Charles Dickens, que como ninguno supo instalar esta conciencia entre sus lectores, lo hace de manera magistral en el cuento que integra esta colección, Cuentos de Navidad. Dickens es también uno de los responsables de las navidades blancas, descripciones inolvidables donde la nieve parece disolver todas las injusticias. En este relato, el autor enfrenta a su avaro personaje con los fantasmas de la Navidad. También en el relato de Maupassant y en el cuento de Nochebuena de Rubén Darío, cruel y clarividente, la sensibilidad de estas fechas aparece como la única oportunidad de cambiar el rumbo equivocado de toda una vida. El escritor norteamericano O. Henry decía que una narración navideña deber ser navideña de principio a fin. En este cuento, El regalo de los reyes magos, escribe una perfecta historia de amor sin dejar de lado ninguno de los hitos de las fiestas. Sus personajes viven casi en la miseria, pero son capaces de los actos de generosidad más inútiles y sorprendentes.

Navidad: cosa de niños
También se le debe al siglo XIX que la Navidad se haya vuelto una cosa de niños. Los Reyes Magos que originalmente traían ropa y alimentos, los cambiaron por juguetes allá por 1850. La preocupación por avivar la fantasía de la infancia se hizo evidente no sólo en estas complicidades domésticas, sino en las creaciones que fundaron toda una literatura. El Cascanueces de Hoffmann, el maestro de la literatura fantástica, famoso inspirador de piezas de ballet, aporta a la imagen de las fiestas un elemento mágico y macabro. Juguetes que cobran vida dirigidos por un maestro relojero, perfecto y embrujado, resultan finalmente domados por una niña valiente y pura. Este relato, que también completa la antología, resume en sí mismo el poder y la sin razón que guardan estas fechas. Los cuentos de Navidad tiene un don especial: convierten a los grandes en lo que fueron, capaces de leer y releer historias que ya se saben de memoria.

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