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Viernes, 6 de enero de 2006

LITERATURA › ENTREVISTA AL PERIODISTA JORGE HALPERIN

“Una de mis obsesiones es saber a quiénes me dirijo”

El periodista gráfico y radial acaba de editar Lo mejor de la siesta inolvidable, con una selección de sus columnas.

 Por Silvina Friera

Lo confiesa de entrada nomás, como para que no queden dudas de que lo suyo se aproxima más al arte de “dame un tema y te armaré un mundo en la cabeza” que a comunicar noticias en bruto. El periodista Jorge Halperín llega al bar Varela Varelita después de haber estado cuatro horas al frente del programa radial Aunque parezca mentira. “Me agobia la actualidad rabiosa, me pone nervioso, me imagino que todo va a quedar en una anécdota y mañana la máquina de olvidar lo va a licuar”, dice. Los diarios y revistas fueron y son su gran escuela; la radio es ese espacio de intimidad, el cuarto propio de Virginia Woolf, en el que Halperín recupera la tradición del comentarista cultural con su columna diaria de La siesta inolvidable, premiada el año pasado por la Asociación Argentina de Autores (Argentores). Allí se codean la estatua del Cid Campeador, en la esquina de Gaona y San Martín, con la “Recoleta fea”, como él llama a su barrio, en el límite entre Chacarita y Colegiales, o un Piazzolla herido por los jóvenes rockeros que no le dieron pelota y por los tangueros de la vieja guardia, “las momias vivientes”, con Encarnación Ezcurra, la esposa de Rosas, que fue una “Evita cien años adelantada”.

Halperín acaba de publicar Lo mejor de la siesta inolvidable (Aguilar). Como señala el dramaturgo Roberto “Tito” Cossa en uno de los prólogos, en estas “siestas” el periodista “recupera para la radio la literatura, devuelve a la radio al escritor”. Los textos son viñetas costumbristas, misceláneas inconexas que de pronto se ensamblan en una unidad mayor, cuentos cortos con ganchos excepcionales, como la historia del físico Francis Crick, que una tarde, viajando en un ómnibus, vio subir a una rubia hermosa con los pechos más orgullosos que había visto en su vida, y cuando volvió en sí, dijo: “¡Ya está! La naturaleza es simétrica. Así tiene que funcionar la estructura del ADN”.

–En ese prólogo, Cossa también afirma que la radio es el medio que más se parece al libro. ¿Coincide con esta comparación?

–No sé. Podría tener en común, muy genéricamente con el libro, que la radio es antes que nada narración. Cuando vos querés razonar periodísticamente sobre un tema, el vehículo más eficaz en la radio es contarlo como una historia. Ernesto Schoo, al que quiero y admiro mucho, toda la vida se ha pasado recomendando que cuenten todo como historias.

–¿Con qué criterios selecciona los temas de sus columnas?

–Siempre estás trabajando con un oyente imaginario. Una de mis obsesiones es saber a quién me dirijo, porque eso me organiza el discurso. Partiendo de la idea de que hay muchísimos temas que un medio popular no incluiría, relacionados con la economía o con las políticas sociales porque parecerían aburridos, yo voy a buscar los modos de tratarlos de una manera un poco más original. Con mis 38 años de periodista, tengo un amplio registro de temas. Me imagino una sección que debería ser muy variada; que un día pueda hablar de ciencia, otro contar el romance de Sarmiento y de Benita Martínez (él la describía como “un volcán insaciable” y “un veneno corrosivo”), o hacer un editorial sobre políticas sociales.

–Así como hay humoristas que no hacen chistes sobre los desaparecidos, los muertos de la AMIA o de Cromañón, ¿hay temas que de antemano sabe que no van a entrar en sus columnas?

–Las siestas no son trágicas. Si hay un tema muy duro, lo tratamos en el programa, periodísticamente. Pero la columna está pensada como un tiempo más relajado, un respiro. La siesta... busca ser una reflexión tranquila.

–En el libro cuenta que, a partir de unos suplementos que tuvo que escribir para La Razón, usted trataba de probar los límites de la comunicación. ¿Cuáles son esos límites con el oyente?

–En principio esos suplementos los hacía porque necesitaba la guita. Me daba cuenta de que simplemente tenía que construir un discurso coherente, que en el fondo era publicidad. Pero en ese juego buscaba ver qué grado de vaciamiento se produce en el lenguaje sin preocuparme por los contenidos. Eso no lo hago en La siesta... No puedo estar ocupando un medio masivo, ignorando olímpicamente el entendimiento del oyente. La audacia que me permito en mis columnas consiste en creer que puedo encontrar la forma de hablar de temas complejos de un modo que sea accesible para el oyente.

–Cuando ingresó a la Academia Nacional de Periodismo, señaló que un personaje siempre presente en la vida del periodista es el lector, pero que hasta el último día “ignoramos quién es y qué piensa”.

–No creo que haya un misterio tan insondable entre los que escribimos en los medios y los destinatarios; en el fondo pertenecemos a los mismos sectores sociales y compartimos un universo simbólico parecido. Los medios están escritos por la clase media y son consumidos por la clase media.

–¿El periodista escribe para sí mismo?

–Sí, aunque exista ese tío que cuando le estás explicando un tema complejo, tratando de hacérselo sencillo, te dice: “Un momentito, ¿esto es bueno o malo para el judío?” (risas). Mucha gente, cuando matizás, porque las cosas no son blanco o negro, quiere que seas más asertivo, más tajante. No quiere escuchar tanta relativización, busca afirmaciones más terminantes, y uno se resiste a ellas porque las cosas no son así. Pero somos un poco la misma persona los que estamos de uno y de otro lado de los medios, aunque uno tenga un entrenamiento para escribir o hablar, y el otro lo tenga como lector u oyente. Pero nuestra agenda es parecida.

–A veces habla de escritor de urgencia; otras de un narrador. ¿Cómo definiría hoy el oficio periodístico?

–Cuando hay una multiplicidad y sobreabundancia de circuitos de fuentes informativas, se vuelve crucial que la tarea del periodista sea la de orientar al público. Como ha sido siempre, la función del periodista hoy es informar de la manera más rigurosa, pero también debe orientar acerca del sentido de la información para ayudar a fortalecer el espíritu crítico, la independencia de criterio y la libertad del ciudadano.

–Un rol casi pedagógico que remite al sentido que les daban los griegos a la paideia.

–Desde mis cursos de filosofía, como alumno, me fascinaban Sócrates y la mayéutica. Era fantástico cuando Sócrates sometía a sus interlocutores a las contradicciones de sus propios discursos. El periodista tiene que hacer una negociación entre dos demandas: la de atender al interés público y lo que le interesa al público.

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“Me agobia la actualidad rabiosa”, dice Halperín.
 
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