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Viernes, 6 de enero de 2006

VIDEO › EL FENOMENO DEL SKATE

Dos películas que salen sobre ruedas

Los nombres se prestan a confusión: Deck Dogz enfoca en una estrella australiana. Los amos de Dogtown, en tanto, abre el juego a cuestiones más allá del deporte.

 Por Horacio Bernades

¿Cuántas películas sobre skaters puede haber? A las bateas de los videoclubes llegan, por estos días, dos juntas, con sus títulos fomentando la confusión. Una de ellas, editada por AVH, se llama Deck Dogz, proviene de Australia e incluye en su elenco a la máxima estrella local de ese deporte. La otra la lanza LK-Tel, se llama Los amos de Dogtown y viene con más laureles. Con el título de Lords of Dogtown, se estrenó en Estados Unidos a mediados del 2005 y recibió críticas elogiosas. En el elenco aparecen figuras tan conocidas como Rebecca De Mornay y el hiperascendente Heath Ledger, que daría la impresión de estar en dos de cada tres películas de próximo estreno. Uno de sus productores es David Fincher, Mr. Seven en persona, y la dirige Catherine Hardwicke, cuya ópera prima, A los trece, no carecía de interés. Pero si hay una diferencia entre Deck Dogz y Los amos de Dogtown es que mientras la primera parece apuntada exclusivamente a un público de fans del skate, la de la señora Hardwicke puede ser vista aún por quienes jamás se hayan calzado un patín en su vida. Ni tengan la menor intención de hacerlo.

Hay un antecedente de Los amos de Dogtown y es el documental Dogtown and Z-Boys, otro título que colabora con la confusión general. Aquel documental, muy elogiado también, había sido dirigido por Stacy Peralta, héroe de la tabla con rueditas, y es el propio Peralta quien escribió junto a Hardwicke el guión de Los amos... Como aquel doc originario, lo que Los amos... narra es el surgimiento del skate como deporte profesional, allá por mediados de los ’70 en la dorada California y con Peralta y sus amigos como protagonistas. Con un fuerte aire de época y una banda de sonido en la que Hendrix, Purple, Neil Young y Bowie reinan soberanos, Los amos... arranca en el balneario de Venice Beach, en Los Angeles, en el preciso momento en que los surfers del lugar deciden cambiar las olas por las calles y las tablas por las tablitas. Cuando alguien llega con un nuevo modelo de rueditas, más flexibles y resistentes, es como si el universo del skate hubiera encontrado la palanca que de allí en más lo moverá, hasta profesionalizarlo para siempre.

El pasaje de los tiempos románticos a la profesionalización es lo que narra Hardwicke, con su rémora de intereses económicos, grandes sponsors, enemistades y disolución grupal. La adolescencia como don y dilapidación parecería constituir toda una obsesión para la realizadora, cuya anterior A los trece hacía eje en una furibunda crisis familiar, con una chica de esa edad como agente catalizador. Reaparecen en Los amos... los disturbios familiares, representados sobre todo por un brutal patriarca latino y una madre (la reaparecida Rebecca De Mornay) que, como Holly Hunter en el film anterior, parecería más a la deriva que su propio hijo. Resurge también, aunque recién en la última parte de la película, la pesada mano moral que convertía a Thirteen en un film peligrosamente admonitorio. Lo más interesante de aquella ópera prima, una puesta en escena teñida de agitación (con una cámara de incesante movimiento como instrumento privilegiado), no desemboca aquí, como allí, en la histeria lisa y llana, sino que parecería encontrar el móvil que la justifica. Y el móvil es, claro, la tabla de patín.

Si el eje narrativo de Los amos... no difiere del más craso film de deporte –con sus protagonistas pasando inevitablemente de la oscuridad a la gloria–, es el modo en que la cámara de Hardwicke se trepa a un eterno skate lo que permite tener una visión desde adentro del mundo de Stacy y los suyos. Si la combinación de fascinación y repulsión por la adolescencia hace pensar en Hardwicke como versión femenina de Larry Clark (con bastante menos sexo, droga & rock’n roll), la fumada voladura y volatilidad del personaje de Heath Ledger (empresario de los artículos para surfistas y fundador del skate profesional) lo hacen aparecer como pariente no tan lejano del Jim Morrison de Val Kilmer en The Doors. En verdad, parecen verdaderos rock stars los adolescentes miembros de su equipo, con su tendencia a demoler hoteles, fiestear hasta la mañana y acumular groupies a su alrededor.

Como tantas metáforas de los ’70 (Boogie Nights incluida), cuando la década se vaya acercando a su fin también irá desplomándose el sueño naïf de los protagonistas. Terminarán convertidos en músicos profesionales (perdón, skaters profesionales), vestidos con grandes marcas de pies a cabeza y peleándose entre sí. Mientras tanto, en la banda de sonido se oye Wish you Were Here, canto a lo que se perdió y ya no vuelve.

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Los amos de Dogtown, surfers que se convierten en skaters.
 
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