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Viernes, 29 de enero de 2010

LITERATURA › OPINION

El amor y la asfixia

 Por Juan Forn

La consagración de Salinger empezó con la espléndida crítica que escribió Eudora Welty para The New York Times sobre los Nueve cuentos. Titulada “Criaturas de Dios”, decía en determinado momento que los jóvenes protagonistas de los cuentos de Salinger estaban “condenados” al amor, a ser amados. Diez años después, y también en The New York Times, John Updike escribió la que sospecho es la más lapidaria de las críticas que recibió Salinger en su carrera. Comentando Franny & Zooey, Updike decía: “Salinger ama a la familia Glass más que Dios. Los ama con tanto celo que ha quedado encerrado sin llave ahí dentro”.

Creo que ambas frases son igualmente ciertas y que marcan, la una y la otra, el inicio y el ocaso de la relación que uno establece con Salinger. La epifanía al descubrirlo; los diez años de leer y releer sus cuatro libros, y de conseguir los cuentos que no quiso reunir en libro, y encontrar ahí más fogonazos de genio (cuando se reediten “The Inverted Forest” y “The Varioni Brothers”, acuérdense de mí), el comienzo entretanto de la decepción (en dos direcciones paralelas y simultáneas: ¿por qué no publicó más? y ¿por qué publicó ese mamarracho llamado “Hapworth 16, 1924”, el último cuento que mandó al New Yorker, antes de llamarse a silencio?). Mientras tanto uno se va acercando a los cuarenta y, como sucede con tantos otros ritos de pasaje, un día, sin darse cuenta siquiera, manda a Salinger al desván de los recuerdos, de los buenos recuerdos de juventud.

Obviemos piadosamente los libros que escribieron sobre él la golfita Joyce Maynard y la propia hija de Salinger, Margaret. Obviemos también la pomposa y tramposa biografía que le dedicó el británico Ian Hamilton. Y especialmente, tratemos de olvidar, al menos hoy, el día de su muerte, sus desafortunadas, neurasténicas apariciones finales en la escena pública, exigiendo a través de millonarias querellas judiciales que se lo dejara en paz. El tipo descansa en paz, finalmente. En poco tiempo sabremos si siguió escribiendo todos estos años, o no. Y si, antes de morir, mandó quemar todos esos papeles inéditos o se publican póstumamente. Quizá vuelva a maravillarnos, quizá vuelva a decepcionarnos. Pero ni lo uno ni lo otro borrarán el relámpago de gloria que produjeron y seguirán produciendo “Para Esmé” o Levantad, carpinteros en la persona que los lee por primera vez.

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