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Viernes, 17 de agosto de 2012

LITERATURA › CLARA OBLIGADO HABLA DE EL LIBRO DE LOS VIAJES EQUIVOCADOS

“Lo que no se dice no se puede perdonar”

La escritora argentina, exiliada en España desde 1976, acaba de publicar a través de Páginas de Espuma este libro de cuentos con historias tan bellas como desgarradoras, que interpelan por el sentido del universo y reavivan el asombro y la perplejidad.

 Por Silvina Friera

Una frase remueve un viejo dolor con la precisión de un bisturí. Del frágil hilo con que se hilvanan los recuerdos emerge una escena. No se olvida un olor, como no se olvida un tacto. No se olvida tampoco la última visión de las cosas. Esa memoria herida protagoniza durante años los sueños de una exiliada argentina. O sus pesadillas. Cuando Clara Obligado llegó a Madrid en 1976, España vivía aún en la Edad Media. “La gente pensaba que yo era prostituta. Cuando nació mi primera hija, tenía una relación de pareja móvil, que iba y venía. Vivíamos con amigos porque no teníamos un centavo. Un día crucé la calle y la verdulera me preguntó: ‘¿Y su hija?’. ‘En casa’, le dije. ‘Ah, pensé que la había dado...’. Ella me veía tan irregular que creía que si tenía un bebé lo iba a regalar. Así me veían.” Un fugaz centelleo en la mirada de la escritora reprueba ese prejuicio. “Pensó que había dado a mi hija...”, repite poniendo el énfasis en la llaga de un verbo que suena brutal. La vida gira bajo la órbita de azares y coincidencias, en círculos concéntricos, como giran los once cuentos de El libro de los viajes equivocados (Páginas de Espuma), amasados con la levadura de historias tan bellas como desgarradoras, que interpelan por el sentido del universo y reavivan, con una intensidad extraordinaria, el asombro y la perplejidad.

El dispositivo comienza con el borgeano “El azar”, donde Obligado esculpe, con una minuciosa paciencia, las piezas de su juego, como muñecas rusas que se irán desplegando en cada relato. En “Las dos hermanas” el equívoco es doble: Jan dejó Polonia en busca de Nueva York, pero desembarcó en Buenos Aires. El muchacho que pronto se ganará la vida como panadero terminará casado con Ruth y no con Anastazja, de quien realmente estaba enamorado. De ese matrimonio desgraciado quedará un retrato, sacado por un fotógrafo obsesionado con los puentes, que aparecerá en “Madison, los puentes de”. “Muchas de las perplejidades de Borges me siguen interesando, por ejemplo si el azar es azaroso o lo construimos. El otro tema es hasta qué punto uno se puede vengar o hay justicia. ‘Emma Zunz’ está deconstruido dentro de mi libro; en varios textos hay fragmentos de ese cuento. Lo tuve a Borges en la facultad y para mí ha sido un maestro de la escritura –dice Obligado a Página/12–. Cuando Emma Zunz tiene el dilema con Loewenthal, se pregunta si matarlo es un acto de justicia o un acto de venganza. Borges opina que es un acto de venganza. Esa idea me gusta; llega un punto en que es una especie de hybris griega: si uno se excede y atraviesa cierta línea, está pisando la crueldad.”

–¿Lyuba, la niña del primer relato, sería como Emma Zunz?

–No, en realidad es una niña esquimal de siete años que una amiga adoptó en España. Pero sí es parecida a Emma Zunz; y usted ve muy bien que la historia de Lyuba resuelve el tema: ella puede perdonar. Pero me pregunto hasta qué punto el perdón se puede dar; un tema que es muy argentino, pero también español, porque en España no se ha podido perdonar y hacer las paces. En ese sentido, el modelo argentino es impresionante por lo que se ha avanzado en el tema de los derechos humanos.

–Pero para perdonar, primero tiene que haber justicia...

–Primero hay que poder decir; lo que no se dice no se puede perdonar. (Nelson) Mandela trabaja en esta línea. El perdón no es porque sí; tiene que pasar por la palabra. Porque sí sería un acto gratuito y la violencia no es gratuita.

–Pero hay sectores que utilizan el perdón como sinónimo de amnistía.

–Así como toda violencia es de una sociedad, el querer hacer las paces, bien o mal y sobre distintas bases, también es de una sociedad. Mandela perdonaba; se preguntaba qué hacía él con esa sociedad donde las cosas que pasaron fueron tan brutales. Mandela hizo unos juicios muy importantes, donde el torturador estaba obligado a ver a la familia del torturado, explicarle lo que había hecho y arrepentirse públicamente. Y sobre eso armaba el perdón. Muy interesante, ¿no? En ese caso, el perdón tiene que ver con la justicia.

–El planteo de Mandela acá resulta imposible. Videla, recientemente, no sólo negó la existencia de un plan sistemático de robos de bebés, sino que dijo que las madres de los niños nacidos en cautiverio eran “militantes activas de la maquinaria del terror” y que muchas “usaron a sus hijos como escudos humanos”.

–Sí, es brutal. Yo diría que para Videla no hay perdón, sino castigo, porque no ha pasado por el arrepentimiento. Sin arrepentimiento, no puede haber perdón. Quizá yo no sé perdonar, pero mis personajes sí...

–La duda sobre si usted sabe perdonar, ¿le viene de haber sido una víctima de la dictadura como exiliada política?

–Sí... el tema es bien complejo. Los militares empezaron por hablar del “exilio dorado”; estaba la fantasía de que el exiliado se había ido a Europa más o menos de vacaciones. Incluso muchos desaparecidos se habían ido, para los militares... Pero la realidad del exilio no tuvo nada que ver con todo eso. En la sociedad ha calado el mensaje del exilio dorado: “Bueno, pudiste irte, estás viviendo en Europa”. Se percibe también en la felicidad que produce ahora la crisis española en muchos argentinos: “Ahora ustedes son los castigados, ¡jódanse!”. Me parece que es una manera de ver el mundo francamente muy estrecha.

–¿En algún momento sintió que podía perdonar?

–No he perdonado a los militares, francamente. Con la sociedad, que fue silenciosa y cómplice, puedo conversar. El otro día hablaba con una amiga que he recuperado en estos días en Buenos Aires y me decía: “Siempre va a pesar sobre mí no haber visto lo que pasaba”. Escuchar eso me cura. El miedo es legítimo; uno puede tener miedo, pero tiene que reconocerlo.

–Estos temas, sin ser explícitos ni evidentes, sobrevuelan en El libro de los viajes equivocados, ¿no?

–Sí, es cierto, aunque son temas que no se pueden escribir en ficción. Serían parte de un ensayo, de unas memorias. Pero podríamos preguntarnos qué pasa con mi generación cuando quiere hablar, escribir, y su destino la ha dejado afuera. O adentro de otra realidad, porque no sé si estoy afuera o adentro. El tema del exilio es importante. Me ha costado muchísimo publicar en la Argentina porque mi castellano no, porque no sé qué... ¿No es esto una forma de violencia con el exilio? Vuelven a cerrarme una puerta que fue cerrada con violencia. ¿Qué quiere decir ser un escritor argentino en un país que ha provocado tal cantidad de exilio? Es un buen momento para dar este debate. La verdad que el olvido sería la solución de la junta militar. Creo que mi libro habla de esto, a su manera.

Obligado posa su mirada en la taza de café, como si las sombras del pasado levitaran entrelazadas con el humo. “El tiempo nunca se ha quedado quieto y los que nos hemos ido hemos vivido una forma de muerte. Aceptar esto es duro”, describe la escritora esa mutilación que apunta al núcleo íntimo de su ser.

–Pero en el recuerdo, el tiempo se queda siempre quieto, ése es el problema.

–Sí, pero el recuerdo no está en la realidad. Hay una época muerta y no se puede volver a ella. Esto hay que aceptarlo y seguir adelante. El libro termina con muerte y resurrección, que es lo que querría: una madre que tiene un niño y ella muere. Pero el niño nace. La vida es así.

–¿Por eso la idea de la espiral que circunda el libro?

–Claro, es una espiral logarítmica, que es la espiral de las caracolas. Esta es otra pregunta que tengo sobre la belleza. Este mundo es un espanto, está lleno de cosas feas, pero siempre hay algo que vale la pena. La madurez es aceptar que hay una cuota de dolor y otra cuota de placer. Y que una no debe estar por encima de la otra, en la medida que podamos.

–En varios relatos se narra algo terrible de un modo bello. ¿Cómo fue escribir “El silencio”, sobre uno de los trenes que llevaban a la muerte?

–Hay belleza en el horror, ¿no? Quien no ha sufrido está condenado a ser superficial. Y en lo superficial no hay belleza, hay kitsch. La belleza es algo muy profundo y está hecha de ciénagas y de cielos. Pensaba en esto mientras escribía. En concreto, el cuento que usted menciona se basa en una larguísima entrevista que le hice a una mujer asturiana, María Luisa Ramos. Esta mujer de 84 años, que me recibió en su casa, en su pueblo de Asturias, me contó el viaje que ella hizo hacia el campo de exterminio de Mauthausen. Tenía cinco años cuando le quitaron a su padre y a sus hermanos. Y mientras me lo contaba, lloró durante toda la entrevista. Había belleza en eso, sin duda, pero también un dolor bestial. No se me ocurre un viaje más equivocado que un viaje a un campo de exterminio.

–No hay matrimonio más desgraciado que el de Jan, el panadero, con la hermana equivocada, ¿no?

–“Las dos hermanas” es un cuento que me gusta mucho, en el que junto muchas historias que me han contado. No soy de una familia de inmigrantes, mi familia llegó aquí en 1700. Es un cuento hecho con distintas biografías, que va armando la historia de la familia de los Siedlecki, una historia de dolor infinito, pero también de bondad.

–Pero no hay amor en esa pareja...

–No puede haber amor. Quizá querríamos un final tipo Hollywood, pero la vida no es así. Hay otro cuento que se confronta con éste, “Madison, los puentes de”, que también viene a decir lo mismo: nos gustan mucho las películas, pero la vida es menos...

–¿Romántica?

–Creo que el romanticismo es una trampa, sobre todo para las mujeres. El romanticismo es una ideología que encubre, no es un buen negocio. En “Madison, los puentes de” apuesto por la bondad. Me interesa mucho más en un hombre la bondad que otras virtudes; con la bondad se puede ir muy lejos. La bondad inteligente, evidentemente. Sin duda, un amante tipo Clint Eastwood es, como dirían los españoles, un polvazo. Y está muy bueno que quede en eso (risas).

–Como Jan, muchos de los inmigrantes que llegaron a un lugar equivocado, Buenos Aires en vez de Nueva York, para asimilarse o integrarse tuvieron que cortar con el pasado. O, al menos, creyeron que podrían hacerlo.

–No se puede cortar con el pasado. Este querer cortar con el pasado ha sido parte del mito argentino, ¿verdad? El conflicto con el pasado es como la violencia: no se puede tapar. Aunque llevo viviendo más de treinta y pico de años en España, me preguntan mucho de dónde soy porque hablo en argentino, pero escribo en castellano peninsular.

–¿Qué responde cuando le preguntan de dónde es?

–Que soy extranjera; a mí me gusta ese status. Aunque es un lugar muy incómodo, pero muy realista también. Gran parte de la humanidad hoy en día tiene que ser extranjera por razones de violencia, entonces tendríamos que pensar el mundo por fuera de los marcos estrictamente nacionales, porque creo que el capital tiene clarísimo que los marcos no son nacionales, ¿no? Me interesa forzar los marcos nacionales, cuestionarlos.

–¿Cómo explicaría esa incomodidad de ser extranjera?

–No es cómoda la extranjería porque no tengo una mirada complaciente. No hay que olvidar que mi apellido es Obligado. Pertenezco a una familia de corte literario, soy escritora como otros son carpinteros; para mí la literatura es un terreno natural. Mi bisabuelo era Rafael Obligado. He tenido que separarme de esta tradición que era de derecha y muy masculina. Yo soy de izquierda y soy mujer. En España no actúo como la extranjera complaciente, sino como la díscola que dice lo que piensa y no está agradecida a un país. No estoy agradecida a España porque he trabajado muchísimo. Como creo que ningún inmigrante tendría que estar agradecido a un país. Este año me nombraron entre las 100 mujeres top y los 100 latinos, con (Jorge) Valdano y otros, títulos extrañísimos, ¿no? Me pregunto si estaré totalmente domada, dónde quedó la extranjera díscola (risas).

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“La madurez es aceptar que hay una cuota de dolor y otra cuota de placer”, plantea Clara Obligado.
Imagen: Pablo Piovano
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