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Lunes, 22 de octubre de 2012

LITERATURA › ENTREVISTA A MARIANO GARCíA, AUTOR DE SERES DESCONOCIDOS

“El antihéroe siempre tiene un costado simpático, querible”

El novelista narra la historia de un profesor de arte argentino perdido en Madrid, que termina en un convento, escribiendo sin ojos la confesión de sus “pecados”. “Es un misántropo contradictorio que no tolera ser rechazado por una sociedad que desprecia”, afirma.

 Por Silvina Friera

Un murmullo destila un súbito resplandor. “Su mal viene de más lejos, doctor”, capta el oído de un desdichado profesor de arte, argentino extraviado en España, que se refugia en una abadía cerca de Avila, lugar donde al fin encuentra su aciago destino europeo. La inminente declaración de este forastero que se define como “un parásito ejemplar” empieza en el instante en que se entera de que ya no cuenta con la principal arma de la que hasta entonces disponía –o creía tener– para influir sobre las voluntades ajenas. La voz densa y hermosa de un monje le comunica que le han extirpado los ojos y que sus párpados han sido sellados. “Nuestra decisión ha sido dura pero necesaria: no lo hicimos sólo por nuestra seguridad, o por la seguridad del prójimo, sino también por la tuya: tus ojos pútridos hubieran comenzado a corromper el resto de tu cuerpo y sobre todo tu alma.” Cada palabra puesta sobre el papel que le suministran para que confiese por escrito sus “pecados” es una piedra más lanzada contra esa barrera que lo segrega del mundo; escisión cuyo preludio quizá se inicia cuando llega a Madrid para acompañar a su pareja, una galerista mormona. La adversidad se potencia luego de un confuso incidente en el colegio religioso donde daba clases. El precipicio se afila tras la separación y la amenaza sin tregua de un portero extorsivo. Para colmo de males, en la recta final hacia la reclusión, un libro de la astróloga Ada Mantis –seudónimo del peligroso nigromante Bruno Dee– termina por desencadenar la irreversible metamorfosis de una conciencia aturdida por la culpa, y el mudo testimonio de un hombre que, ante la escasez de papel, sigue escribiendo sobre lo ya escrito. La novela Seres desconocidos (Adriana Hidalgo), de Mariano García, se impone como un sortilegio de las ruinas. Todo lo que se desmorona es un campo de batalla contra una normalidad huidiza, poco fiable.

Esa voz tan refinada como alterada es pariente cercana del protagonista de su primera novela, Letra muerta. García confirma que hay una unidad de tono. Pero en Seres desconocidos “se superpone la paranoia a la mala conciencia”, subraya el escritor, docente en la Universidad Católica, investigador del Conicet y traductor. Este narrador que se proclama “un parásito ejemplar” tiene mala conciencia porque “sabe que para llegar a ese grado de parasitismo –al menos en el plano humano; los parásitos del mundo animal son muchas veces triunfos apabullantes de la naturaleza más retorcida– tuvo que conocer primero el punto más bajo del fracaso”. “Un verdadero parásito, como él cree ser, no tendría los escrúpulos ni las vueltas que tiene. Todo lo que consigue como parásito lo echa por la borda traicionado por sus nervios”, plantea el autor en la entrevista con Página/12. “Creo que hay una afinidad entre los dos narradores que está dada por el resentimiento. Son misántropos contradictorios que no toleran ser rechazados por una sociedad que desprecian.”

–¿Seres desconocidos es una novela gótica, una reescritura de ciertos tópicos de “El hombre de arena” y Los elixires del diablo, relato y novela de E. T. A. Hoffmann?

–Claro que me interesa el gótico y era mi intención vincular mi texto, aunque fuera muy sutilmente. En su estructura, mi novela carece de temas verdaderamente góticos, como la heroína acosada sexualmente o que ve usurpada su herencia, o los pasadizos secretos y demás artilugios, pero algunas atmósferas aspiran por lo menos a eso. En ese sentido, hay una sensibilidad gótica, o al menos una pretensión de alcanzarla. En cuanto a Hoffmann, es uno de mis ídolos y de mis autores más queridos, es un grande que ha sido –y sigue siendo– ninguneado y que tuvo mucha mala suerte en la vida. Como Borges y Bioy le bajaron el pulgar, acá es como si no existiera. La gran referencia de mi novelita es “El hombre de arena”. Una vez más, para no caer constantemente en referencias literarias, al menos aparece la ópera de Offenbach, uno de cuyos actos se basa en ese gran cuento de Hoffmann. A eso hay que sumar la influyente interpretación de lo siniestro que Freud elaboró a partir de ese relato. En Seres desconocidos quise trabajar –mejor dicho, salió así– con todo lo que gira en torno de lo Heimlich, lo familiar y a la vez lo secreto, y su vinculación con la Heimat, la patria, así como el tema del retorno de lo reprimido que se supone que es para Freud lo siniestro.

–En una parte del prólogo de “Los elixires del diablo”, Hoffmann escribe: “me pareció que lo que generalmente llamamos sueño e imaginación podría ser el conocimiento simbólico del hilo misterioso que pasa por nuestra vida, vinculándola en todas sus condiciones, pero que se ha de dar por perdido quien cree haber cobrado con aquel conocimiento la fuerza para romper violentamente el hilo y para hacer frente a los poderes tenebrosos que tienen dominio sobre nosotros”. Después de leer su novela queda rebotando una pregunta: ¿Qué es lo “sublime siniestro”?

–Es muy interesante el pasaje que usted cita. Sin duda alude a lo que todos los románticos rechazaron: el proyecto iluminista en general y la filosofía del Sollen kantiano en particular, pese a lo importante que fue Kant para los románticos. Después del irlandés Edmund Burke, Kant es uno de los grandes teorizadores de lo sublime; y uno de los elementos que entran en la sensación de lo sublime es una especie de opresión que se comunica con el terror. Pero lo sublime kantiano está asociado con inmensidades inabarcables, vertiginosas, a su manera románticas, y por ende la sublimidad, si es que hoy existe, habría que asociarla no con algo como el terror sino con lo siniestro, que es, creo, la expresión moderna de lo terrorífico. Hoy nadie se asusta con las novelas de Ann Radcliffe –salvo por su extensión–, tan vinculadas con uno de los padres del romanticismo, Rousseau, y con la estética de lo sublime. En cambio, pueden inquietarnos algunas cosas de Hoffmann, de Poe, de Walter de la Mare, de Robert Aickman, y por supuesto muchas cosas siniestras del mundo del arte: las muñecas espeluznantes de Hans Bellmer, esos espacios deshabitados de Giorgio de Chirico, mucho de la iconografía surrealista... Desde M. R. James y las películas de Jacques Tourneur que beben de esa fuente, lo extraño se tiene que presentar en pequeñas y sutiles dosis, y sobre todo en mucha insinuación y poca exposición, casi lo contrario de lo sublime kantiano. De cualquier forma, no tengo tanta disciplina como para construir una buena historia de terror.

–Quizás uno de los vasos comunicantes de sus novelas sea la precariedad, la fragilidad, y una sensibilidad extrema de los narradores que termina por romper lo que se considera la “normalidad”. ¿Qué lo lleva a explorar la precariedad? ¿De dónde viene este interés o quiénes serían los “autores intelectuales” de esta obsesión?

–No sé... Supongo que es demasiado difícil escribir la historia de un ganador sin que suene a chapucería, como esas películas norteamericanas de superación personal que cimentan el mito y la obsesión que tienen con el éxito; obsesión que han contagiado al resto del planeta. El antihéroe siempre tiene un costado simpático, querible, como Don Quijote, a quien no le cuesta nada ponernos de su lado. Sin embargo, me han hecho ver que, pese a estar fuera del sistema, mis protagonistas tampoco conquistan la simpatía de nadie. Creo que uno de los autores intelectuales de estos personajes tan antipáticos es el narrador de las Memorias del subsuelo de Dostoievski, entre muchos otros personajes suyos. No es uno de mis Dostoievski favoritos pero algo en ese texto te deja una marca indeleble. Otro que le debe mucho a Dostoievski, pese a haberlo vapuleado bastante y haber dicho cosas injustas sobre él, es Nabokov. Y Nabokov me influyó mucho de adolescente. Ahora hace años que no lo leo y no sé si tengo ganas de releerlo. En su momento me empaché con él, pero muchas de sus novelas repiten el mismo esquema: un narrador elegante y sarcástico que resulta estar completamente chiflado. Además, cuando uno es joven, Nabokov parece ser el camino a seguir, el autor ideal. A partir de cierta edad, poco antes de entrar en la secundaria y de enfrascarme con Nabokov, me sentí segregado. Yo fui uno de los chivos expiatorios de esa edad cruel, y desde entonces viví las cosas desde el margen y la intemperie. Eso te entrena para ver que aun el más excelso gurú antisistema o contracultural puede mostrar la hilacha en cualquier momento. Incluso trabajar en un lugar como la UCA te impide apoltronarte en tus ideas: el constante desprecio de los de la UBA te obliga a examinarte constantemente.

–En Seres desconocidos también aparece cierta frustración del protagonista ante el funcionamiento del mercado editorial cuando plantea que “otros tenían franqueadas las barreras de las editoriales para publicar cualquier imbecilidad sólo por tener el carnet de periodista”. ¿Sigue sintiendo “más desconcierto que rabia ante ciertas operaciones de la industria cultural”, como dijo cuando publicó su primera novela?

–Ahora me resigné. Para los que nos gusta leer, hoy es abrumadora la oferta que hay, y la verdad es que siento un poco de culpa por sumar un grano de arena a esas pirámides de libros que amenazan con caer encima del desprevenido lector en las librerías. Pero esa oferta indica que sigue habiendo mercado, pese a que todo apunta a que pronto la gente, en el caso de leer, lo va a hacer en alguna clase de pantalla. Los bosques estarán agradecidos (risas). A mí me costó bastante llegar a la instancia de la publicación. Anduve trabajando en una novela que nunca se publicó; seguramente perdí mucho tiempo, pero le tenía fe. Tuve el mal tino de mandarla a un importante concurso y ese fracaso me sumió por más tiempo en rodeos y dudas. Luego comencé a trabajar como colaborador en distintas editoriales. Eso no necesariamente te allana el camino, pero te permite aprender bastante; digamos que salís de la ingenuidad del aficionado y adquirís un ojo más certero, que no es la misma clase de mirada que te da el paso por la academia. Pero cualquier dificultad que planteen los editores ayuda a mantener cierto nivel que es el que no existe en las editoriales de autor, donde se publican pequeños monstruos para satisfacer una vanidad pasajera, sin consecuencias. Ni hablar de todo lo que se publica en Internet, pero eso ya es otro tema. Lo que a veces me da bronca es que algunas personas tienen más facilidad para publicar, se produce el gran acontecimiento, las editoriales hacen una publicidad estruendosa y luego esa persona, esa “promesa”, desaparece sin dejar rastros o pasa a otra cosa. O tal vez ni siquiera existió.

A diferencia de sus personajes, García asegura que no tiene de qué quejarse. “Desde chico me ilusionaba ser escritor y conseguí publicar. No voy a decir, como tantos autores, que soy escritor por casualidad, que escribir es un horror, que la literatura me tiene sin cuidado y todos esos lugares comunes del escritor cool. A mí me importa la literatura, y más que ninguna otra cosa me gusta leer –afirma–. Me da coraje, como dicen los mexicanos, que alguien desprecie la literatura cuando vive de ella. Pero es una postura, ya sabemos, y mucho de lo que se vende son posturas. No digo que sea algo que pasa ahora, siempre fue así. Es como cuando de chicos aprendemos una mala palabra: parece que llegó a nosotros en ese momento, nueva, recién inventada, y es vieja como cualquier otra. Lo mismo con la literatura. No sólo la prostitución es el trabajo más antiguo.”

–Al final de la novela, el protagonista esgrime que lo que no pudo con los ojos “tal vez lo pueda, entonces, con la palabra”. ¿La escritura es una especie de “consuelo o paliativo” ante la desesperación?

–Seguro que sí. Es el remedio que tienen mis narradores frente a la precariedad, y el remedio que tenemos muchos. Las palabras, la lengua, las ideas, pueden servir de consuelo cuando no hay otra cosa, como esa náufraga de Silvina Ocampo que se cuenta cuentos para hacer más soportable la deriva, o como los chicos, que se hablan a sí mismos sin parar. Si la palabra imita mucho de la imagen, hay un momento en que la supera. Aunque amo a Manuel Puig, creo que sería una tortura escribir con tanta economía. Yo me rindo a la suntuosidad del lenguaje, a costa de resultar anacrónico; es la riqueza que les dejo en compensación a esos personajes sometidos a tantos desequilibrios. Como el folletín, el lenguaje puede ser una “estructura de consolación”, algo que demuestran muy bien las religiones, que están hechas de palabras, no de cosas ni de nada que se encuentre en la realidad.

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