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Viernes, 22 de febrero de 2013

LITERATURA › JEZABEL, GRAN NOVELA DE IRÈNE NEMIROVSKY (1903-1942)

Vanidades de una “femme fatale”

Publicada originalmente en 1936, Jezabel (Salamandra) no sólo es una novela que explora la obsesión frenética por la belleza y la eterna juventud. Hay también un horizonte de tragedia y una prosa perfecta, exquisita, irresistible.

 Por Silvina Friera

Una mujer escribe una novela feroz sobre las ambigüedades y miserias de una femme fatale, madura y hermosa, que vive de fiesta en fiesta. En su corazón alimenta un odio irrevocable hacia su madre. Cada línea desgarra una seguidilla de velos, capas de maquillaje, de hipocresías, de imposturas y frivolidades burguesas, de misterios premeditadamente escondidos. El peor pecado es el escándalo, estar en boca de todos. No hay vida, no hay literatura, sin secretos. La protagonista, Gladys Eysenach, está frente al juez, acusada del asesinato de su presunto amante, un joven estudiante de apenas veinte años. El numeroso público que sigue las declaraciones no puede evitar murmurar, cuchichear, conjeturar. Los testigos sacan los trapitos al sol, exponen como nunca imaginó Gladys su intimidad. El “caso” es la comidilla preferida de la sociedad parisiense. El plato principal. Todos los ojos están posados sobre la asesina. “No se puede negar que tiene clase. Es fina... Miren qué manos tan bonitas... Unas manos que han matado”, comentan. La acusada estalla. “¡Tengan compasión de mí! Déjenme... ¡Yo lo maté! ¡Qué me encarcelen, que me ejecuten, me lo merezco! Me lo merezco mil veces, merezco la muerte y la desgracia, pero ¿por qué esta exhibición de indignidades? Sí, lo maté, no pido clemencia, pero que esto acabe, que esto acabe...”. El presidente del jurado lee el veredicto: cinco años de prisión por un crimen “pasional”, un castigo moderado. La acusada cumplió su papel; de momento evitó que su secreto saliera a la luz. Una vez condenada, a nadie le importa más su pasado y su futuro. Pero ahí está esa mujer que escribe, la incisiva Irène Némirovsky, para meter el dedo en la llaga con Jezabel (Salamandra), para deshojar cada sórdido detalle inconfesable de un vínculo complejo: la relación madre e hija.

Jezabel, publicada originalmente en 1936, no es solamente una novela en la que Némirovsky (1903-1942) explora la obsesión frenética por la belleza y la eterna juventud. Hay mucho más que la mera saña hacia Gladys, que sólo piensa en sí misma y en la impresión que puede causar en los demás. Que es el centro del universo; una diva extrema que sabe reconocer “la mirada astuta y ávida del hombre atrapado por una mujer, pero que cree ser él quien escoge, quien atrapa”. Sin subsumir este tópico de preservar la juventud como sea –hasta alterar la fecha de su nacimiento y sacarse unos cuantos años de encima–, de entregarse al placer de coleccionar amantes como joyas, de ser objeto de seducción perpetua, la narración escarba en los agujeros negros del pasado de la protagonista y en la imposibilidad de ser madre y de amar. La tragedia se va incubando lentamente. El conflicto explota cuando la hija de Gladys, Marie-Thérèse, crece. Ya no es una niña: tiene 19 años. El horizonte de la maternidad de la hija es vivido como una venganza. Lo indecible, la palabra “abuela”, es la lápida, el principio del fin. Nada ni nadie le impedirá seguir conquistando miradas, bailar y beber hasta el amanecer. En el fondo, ella misma lo dirá, no es más que una “mujer débil”. No le importará pasar por encima del cadáver de su hija.

Aunque suene a verdad de Perogrullo, la ficción a veces preludia el futuro; una mujer escribe, quién sabe si intuyendo que le quedará poco tiempo, una obra que es un ajuste de cuentas con la madre. Suite Francesa, ese retrato implacable de una sociedad abúlica, vencida, ocupada, es la magnífica novela póstuma que dejó a sus hijas en una maleta. El manuscrito sobrevivió a su autora, deportada y asesinada en Auschwitz en 1942, junto con su marido, Michel Epstein. Desde que se publicó, en 2004, desencadenó un fenómeno editorial sin precedentes: se tradujo a 39 idiomas y cosechó numerosos premios, como el Renaudot, otorgado por primera vez a una autora muerta. Myriam Anissimov recuerda en el prólogo de esta novela que la madre de Irène se hacía llamar Fanny –de nombre hebreo Faïga–, y que la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Casi como la protagonista de Jezabel, Fanny vivió el nacimiento de su hija como una primera señal del declive de su feminidad, y la abandonó a los cuidados de su nodriza. “Fanny Némirovsky (Oddessa, 1887-París, 1989) experimentaba una especie de aversión hacia su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y el resto del tiempo fuera de casa, en busca de aventuras extraconyugales. Muy envanecida de su belleza, veía con horror cómo sus rasgos se marchitaban y la convertían en una mujer que pronto tendría que recurrir a gigolós. No obstante, para demostrarse que todavía era joven se negó a ver en Irène, ya adolescente, otra cosa que una niña, y durante mucho tiempo la obligó a vestirse y peinarse como una pequeña colegiala.” La cruel abuela Fanny, que murió a los 102 años, les gritó a las hijas de Iréne, a sus nietas, a Denise y a Elisabeth, luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando ellas acudieron en busca de ayuda, “que si sus padres habían muerto debían dirigirse a un orfanato”.

Muchas preguntas aguijonearán, de entrada, a los lectores de Jezabel. Némirovsky cultivaba una prosa perfecta, exquisita, irresistible. ¿Por qué Gladys Eysenach, en las primeras páginas de la novela, ante el banquillo de los acusados, no mueve un pelo para defenderse? ¿Por qué prefiere que pronto despachen el asunto, que la condenen, que no se sepa nada más sobre el joven que ella mató? ¿Qué oculta esa bella mujer? Poco a poco se irán despejando los nubarrones de este intríngulis mayúsculo y caerán las mascaradas. Hay mucho más que el afán de ser siempre joven; un laberinto repleto de vericuetos, de honduras y de pliegues, de hilos que habrá que ir descifrando para ahondar en lo que parece una pesadilla y no lo es, salvo que se acompañe la mezquina mirada de Gladys. Pronto crecerá en el lector un remolino de sentimientos insoportables. Hacia el final, han pasado veinte años, y un muchacho negado y olvidado –la segunda víctima más acuciante de esta historia– emergerá de las sombras en las que fue confinado para reclamar por sus derechos. Bernard Martin, huérfano de toda orfandad, espera. La única respuesta que recibirá será el disparo del final.

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Irène Némirovsky supo meter el dedo en la llaga de su época.
 
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