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Miércoles, 26 de febrero de 2014

LITERATURA › SE LANZO EN ARGENTINA CUERPOS EXTRAÑOS, DE CYNTHIA OZICK

El eterno encanto de París

La escritora estadounidense es una candidata consuetudinaria al Nobel de Literatura y la novela que acaba de editarse localmente sirve para comprobar por qué: una atrapante historia de expatriados en Francia, con una protagonista plena de matices.

 Por Silvina Friera

La tía Bea, profesora neoyorquina de literatura que sabe cómo domar a sus díscolos alumnos, no es tan obediente como parece al principio del viaje a París, cuando el vozarrón de su despótico hermano Marvin la empuja a buscar a su sobrino Julian, joven con inquietudes artísticas que está en la capital francesa desde hace tres años, en rebeldía con el mandato paterno de prosperar y hacer negocios. Su misión es convencerlo de abandonar la “suciedad” de Europa y regresar a los Estados Unidos. Bea tiene inscripciones más complicadas y enrevesadas como personaje. No es una hoja arrastrada por la tormenta familiar, que incluye a su sobrina Iris, otra fugitiva que se reencuentra con su hermano en París para escapar del yugo asfixiante de su padre; la versión americana de Hansel y Gretel, sólo que en ningún momento los hermanos dejan un sendero de migas de pan. Y no son hijos de un pobre leñador, sino de un nuevo rico. Al principio, ella no tiene ningún interés en sus sobrinos. Nunca se habían preocupado por saber de ella. Y viceversa. Pero a pesar de este mano a mano cincelado por la indiferencia, los une el cordón umbilical del miedo al brutal Marvin. A través de una seguidilla de cartas en las que escamotea información, descubrirá el placer de burlar y engañar a Marvin. “Qué difícil es cambiar la propia vida, qué tremendamente fácil es cambiar la de los demás”, plantea Bea asumiendo su rol de manipuladora hacia el final de Cuerpos extraños (Lumen), de Cynthia Ozick, homenaje de la norteamericana, candidata consuetudinaria al Nobel de Literatura, a su admirado Henry James.

“Aunque, habida cuenta del maravilloso lugar en el que está, han podido ocurrirle dos cosas dispares: tal vez se ha embrutecido, pero acaso se haya refinado.” Ozick (Nueva York, 1928) elige este epígrafe de Los embajadores de James para establecer una conexión con el protagonista de esa novela de 1903, Lewis Lambert Strether, quien viaja a París desde la puritana Massachusetts de principios del siglo pasado para buscar al joven Chad, que vive con una mujer mayor que él. En Cuerpos extraños invierte la sexualidad del protagonista y lleva la acción a 1952, cuando la capital francesa rebosa de extranjeros, muchos norteamericanos embelesados con el existencialismo. La narradora, una tercera persona muy próxima a Bea, esboza una tipificación de los forasteros. “El primer bando pretendía evocar el pasado: era una especie de teatro ebrio de sí mismo, compuesto en su mayoría por jóvenes norteamericanos en la veintena y treintena, que se hacían llamar ‘expatriados’, aunque fueran poco más que turistas literarios que prolongaban la estancia en la ciudad fascinados por las leyendas de Hemingway y Gertrude Stein. Se reunían en los cafés a comentar chismes, calumniar y recrearse en las viejas historias de la generación perdida, desdeñando el legado recibido”. El otro “bando” rechazaba el pasado y estaba libre de toda nostalgia, tradición o renacimiento idílico. “Eran europeos a los que Europa había acorralado; llevaban Europa tatuada en la piel (...) Eran los desplazados, los transitorios y transeúntes. París era una parada obligatoria, estaban allí sólo para marcharse en cuanto supieran quién estaba dispuesto a acogerlos. París era una ciudad de espera. Era una ciudad de la que huir.”

Bea, una divorciada de 48 años, no pertenece a ninguno de los dos grupos, aunque la experiencia será como una epifanía liberadora. De regreso rumbeará hacia California para visitar a su cuñada Margaret, internada en una institución psiquiátrica. Saldará cuentas con su ex marido Leo Coopersmith, resentido músico cuya aspiración es crear una gran sinfonía, aunque se gana la vida vendiendo su alma al diablo de bandas sonoras para Hollywood. En cambio Lili, la mujer de Julian, una refugiada rumana sobreviviente de los campos de concentración que perdió a su esposo y a su hijo, está de paso en París, trabajando en un centro de atención a los desplazados, fundado por el barón Guillaume de Saghan, primo lejano de Marcel Proust. Ozick deschava las profundas marcas de un antisemitismo que parece imposible de erradicar de la mentalidad europea. “Los restos indecorosos de aquellas tribus perseguidas no habían desaparecido del todo, los veía pulular aun en París a diario. Hablaban una jerga políglota, tenían un hambre melancólica grabada en sus rostros extranjeros y cedían a extravagantes arranques que los llevaban a preguntar como locos, como si no toleraran una negativa. ¿Qué temían que se les negara? La normalidad, suponía, todo lo que les habían arrebatado. Sin embargo, allí no eran personas normales, ni podrían ser jamás como aquellos sefardíes de antaño que se habían afincado en Francia desde el siglo XV, franceses ya hasta los tuétanos y tan aceptables como el que más. El barón había invertido su dinero en el centro de ayuda a los desplazados a condición de que posteriormente se cerrase; en cinco años no debía quedar un solo judío extranjero en París”, se lee en una parte de la novela sobre este barón que rara vez visitaba el centro.

El tópico del joven que huye del hogar para hacer fortuna, por el afán de la aventura o para encontrarse a sí mismo no implica nada nuevo. La vuelta de tuerca que le imprime Ozick consiste en reescribir la novela de James asestando un golpe al imaginario cultural. Si en el contexto de Los embajadores, Europa era el continente de la civilización con mayúsculas, la cuna de la literatura, lugar de grandes museos y de la Historia por contraposición a EE.UU., un país joven, apenas una promesa, en Cuerpos extraños, la Europa de la posguerra, de los campos de concentración, las cámaras de gas y el horror inconcebible, es la sombra bárbara de lo que fue. No obstante, América tampoco es el summum civilizatorio: la narradora no deja de señalar la llaga del macartismo. Bea no consigue que el director de la escuela donde da clases contrate a Lili –ahora en Nueva York junto con Julian– porque “viene de un país comunista, ¿quién va a arriesgar el pescuezo en los tiempos que corren?”.

Autora de relatos y novelas como Levitación, El mesías de Estocolmo, Virilidad y Los papeles de Puttermesser, que publicará este año la editorial Mardulce, Ozick editó cinco volúmenes de ensayos –Art & Ardor, Metaphor & Memory, Fame & Folly, Quarrel & Quandary y The Din in the Head–, dedicados a analizar a Mark Twain, Isaac Babel, George Steiner, Kafka, Salman Rushdie y Henry James, sobre el que escribió una tesis doctoral, y reflexiones sobre la cuestión judía. En uno de esos ensayos advierte que no es la ruptura con lo “antiguo” lo que la desvela. “Los secretos que me interesan –que me arrastran– son generalmente secretos sobre la herencia: de cómo las semillas de pera se convierten en un peral y no en un oso polar (...). Las ideas son emociones que penetran en el futuro de la coherencia; en particular, la idea de génesis. Por eso no puedes tener a Philip Roth sin Franz Kafka y, a su vez, no puedes tener a Kafka sin el soñador José.”

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En su libro, Ozick rinde un declarado homenaje al Henry James de Los embajadores.
 
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