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Miércoles, 26 de febrero de 2014

DISCOS › MORNING PHASE, EL NUEVO DISCO DE BECK

Sonidos para levantar vuelo

El primer disco del estadounidense en seis años es una colección de canciones donde prima lo acústico y campea un clima deliciosamente hipnótico. Digno regreso de un músico que nunca quiso quedarse en lo que la industria esperaba de él.

 Por Eduardo Fabregat

Hay gente que avanza y gente que se estaciona. Hay músicos que reciben la aclamación de público y crítica con una obra determinada y luego encuentran difícil zafar del canto de sirenas que eso supone, haciendo uso de ciertas herramientas que adocenan el proceso creativo. Figuras que en algún momento representan una saludable renovación, un aire fresco en la escena musical, pero de un modo u otro pierden el instinto o la ambición. Afortunadamente, Bek David Campbell no pertenece a ese grupo. En 1994, el músico más conocido como Beck puso al mundo a cantar la inolvidable frase “Soooooy un perdiiidor, i’m a loser, baby, so why don’t you kill me”. Y si “Loser” y Mellow gold llamaron la atención, bastó que dos años después editara Odelay, biblia del cut and paste realizada junto a los Dust Brothers (los mismos del fundacional Paul’s Boutique de Beastie Boys) para ser señalado como La Nueva Gran Cosa del mundo musical, esperando que repitiera el chiste una y otra vez.

Pero Beck no es Moby, que desde 1999 hace un re–Play detrás de otro. La carrera posterior a los hits “Where it’s at” y “Devil’s haircut” lo vio encadenando discos como Mutations, Midnite vultures, Sea change, Güero, The information y Modern guilt, disímiles entre sí pero con el denominador común de buscar siempre una identidad auténtica, saltos de riesgo que confirmaron al rubio de California como uno de los diferentes, tan creíble a la hora de llenar la pista de baile con un ritmo infeccioso como para colgarse una guitarra junto al fogón. Será por eso que, desde 2008 (cuando terminó su contrato discográfico con Interscope), Beck eligió el silencio, la edición de singles aislados, abandonar proyectos que no lo terminaban de convencer o embarcarse en la idea de Song Reader, un álbum del que sólo se publicaron las partituras. Tal como confirmó a Roque Casciero en la entrevista publicada por Página/12 en noviembre del año pasado (cuando concretó su tercera visita al país), también mediaron problemas de salud. Pero si Beck no publicaba nuevas canciones era fundamentalmente porque no iba a resignarse al piloto automático.

Eso era lo que producía tanta expectativa por Morning Phase, el disco publicado esta semana por Capitol Records. Y eso es también lo que cubre y corona la expectativa: el nuevo álbum de Beck es encantador de principio a fin. Un disco al que las gacetillas presentan como “el acompañamiento ideal de Sea change” debido a su carácter introspectivo y acústico, pero al que debe entenderse más como opción superadora que complementaria. El disco que quizá nadie esperaría de Beck y, por ello, un disco perfecto de Beck.

“Cuando empecé a tocar, en clubes pequeños, podía sentir la reacción a cierta clase de canciones”, dijo recientemente el músico a la edición estadounidense de la revista Billboard. “Cualquier cosa que fuera demasiado personal, que tuviera que ver con tus sentimientos, era inmediatamente rechazada. La gente incluso podía empezar a tirar cosas. Y cualquier cosa que fuera provocativa, o humorística o radical, era abrazada y festejada. De algún modo, eso me condujo a cierto modo de supervivencia.” En esa misma entrevista, Beck señala a Mutations (1998) y la figura del productor Nigel Godrich (el mismo de OK Computer de Radiohead) como el punto de quiebre, el disco donde ganó una nueva confianza, se animó a volver a tonos personales y abandonó toda intención de habitar un lugar seguro. “Si hubiera tenido esa clase de confianza, hubiera hecho música más interesante antes”, señala, como si sus canciones anteriores al ’98 no fueran lo que son.

Pero cada artista tiene derecho a ver su obra como quiera. Lo que cuenta es el presente y la evidente confianza de Beck en Morning Phase, once canciones y dos pasajes instrumentales: “Cycle”, que abre el disco, y “Phase”, que prepara el epílogo. Hay una rara delicadeza en canciones como “Heart is a drum”, la deliciosamente hipnótica “Unforgiven” o “Blue moon”, que enlazan a este Beck con el clima espacial de ciertos títulos de Pink Floyd: algo que no tiene tanto que ver con la instrumentación o el arreglo, sino con eso inasible, indefinible, que hace al alma de una composición, que a veces tiene más que ver con lo que no se toca que con lo que sí queda en la mezcla. Tiene mucho que ver el aporte de músicos que conocen hace rato al protagonista (el bajista Justin Meldal-Johnsen, el baterista Joey Waronker, el tecladista Roger Manning Jr. y el guitarrista Smokey Hormel), y que entienden el pulso de cada tema, lo hacen propio, dándole una carnadura que va más allá del solista acompañado por sesionistas o músicos de ocasión.

Así, con una naturalidad envidiable, Beck deja caer momentos tan atractivos como “Blackbird chain”, que parece una sencilla canción para tararear en las mañanas si no fuera por ese tempo tan elástico, tan engañoso; o “Say goodbye”, con la voz punteada por un banjo que acentúa el aire bucólico que campea por todo el disco; sin olvidar, claro, “Waking light”, demoledor tema (¿cuántas veces un músico eligió como single de difusión el último track?) que pone el moño con toda grandeza en este demorado regreso de Beck al formato clásico de disco. Tanto, que terminar de escucharlo lleva directamente a volver al comienzo y repetir la escucha. Repetición: esa palabra que Beck sigue desterrando de su vocabulario.

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