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Viernes, 7 de marzo de 2014

LITERATURA › DIFUNDEN FRAGMENTOS INEDITOS DE MADAME BOVARY

La educación sentimental

Censurados en su momento por la publicación que editaba por entregas la obra maestra de Gustave Flaubert, los tres extensos textos recuperados por Gallimard circulan ahora en castellano por la red, gracias a la revista cultural española Turia.

 Por Silvina Friera

Los eslabones recobrados de una obra maestra tienen el tenso y delicioso encanto de volver a interrogar sobre la situación de la literatura en la sociedad y en el mercado. Una pregunta que la literatura contemporánea no deja de formularse. Tres extensos fragmentos inéditos de Madame Bovary han sido recuperados en la nueva edición de las Obras completas de Gustave Flaubert que la editorial Gallimard ha publicado en noviembre del año pasado, en su colección La Pléiade, bajo la dirección de una gran especialista flaubertiana como es Claudine Gothot-Mersch. El material está circulando en la revista cultural española Turia, gracias a la ayuda de Mauro Armiño, Premio Nacional de Traducción 2010, responsable de la traducción de la emblemática novela de Flaubert para una nueva versión que lanzará la editorial Siruela. Cada texto recuperado, presentado con una anotación acerca del lugar que ocupó en el manuscrito original, se corresponde con tres momentos de la trama: el primer evento social al que asiste Emma Bovary, donde el autor despliega descripciones minuciosas de los nobles, militares y de la alta burguesía, que centraba su sentido de la vida en el valor monetario de las cosas. El segundo se concentra en la pasión por la lectura de esta especie de “Quijote femenino” a la francesa. El último retrata la interacción de Emma con sus vecinos tras el desastre de su primera aventura amorosa. Los títulos de cada fragmento, por cuenta y cargo de Gallimard, son: “Conversación durante el baile”, “Una discusión sobre libros” y “El juguete de los niños Homais”.

“Una discusión sobre libros” confirma algo que ya se sabía: Flaubert fue un gran lector del Quijote. Emma reproduce, a su manera, el origen de la locura del hidalgo cervantino. Pasar las noches en vela, leyendo novelas románticas, no resulta conveniente para la vida misma. Armiño plantea que en este fragmento “el presuntuoso representante del progreso, Homais, hombre de ciencia y boticario, arremete contra los males que provoca la lectura, no sólo morales, sino físicos y fisiológicos; le secunda la madre de Charles Bovary, que en un párrafo condensa la idea tradicional de la mujer, tacha a Emma de intelectual y exige a su hijo que la vigile, dándole por único horizonte vital el de gobernar su casa, cumplir con sus deberes y sufrir, misiones según ella de la condición femenina”. Madame Bovary apareció como folletín en La Revue de Paris entre octubre y diciembre de 1856. La novela fue objeto de intensos debates. Para evitar ser censurada y clausurada, la revista decidió eliminar algunos pasajes. Flaubert (1821-1880) aceptó a regañadientes, pero incorporó una nota donde expresaba que los textos publicados habían sido amputados. Ni la autocensura alcanza cuando una obra pone en cuestión el orden establecido. El Estado francés llevó la novela a juicio el viernes 30 de enero de 1857, acusada de “ofensas a la moral pública y a la religión”. Las actas completas de los juicios a Flaubert y a Baudelaire –por Las flores del mal– se pueden leer en El origen del narrador, publicada con prólogo de Damián Tabarovsky por Mardulce.

“Se puede permanecer en el buen camino sin seguir para nada el de la Iglesia –dice Homais en uno de los fragmentos recuperados–. Mejor admitir todo. Seamos tolerantes y filósofos, examinemos las cosas; –y no es para atacar la religión. Yo la respeto, sé que se necesita una; pero, en fin, el dogma no implica en absoluto moral, como tampoco la virtud depende de la creencia. Y así los españoles, los italianos, esos andaluces de que hablan los autores, esas mujeres voluptuosas que asisten a corridas de toros y llevan puñales en la liga, pues bien, esas mujeres tienen religión, y ello no impide que...” Ahora irrumpe la voz de la madre de Charles: “¡Usted es un hombre de ciencia!... Usted tiene sus ideas... yo tengo las mías. Sin embargo, deberá admitir que una mujer no puede razonar como un hombre. ¡Ellas no saben latín! Les resulta imposible sopesar los pros y los contras; y yo sostengo que, a fuerza de atormentarse siempre, porque quieren aprender más, terminan cayendo enfermas. Imagínese cómo pasan las noches”. El boticario amplía el tópico en cuestión. “Pienso como usted, señora, que la blandura de la cama, cuando se le une el hábito de la lectura, puede volverse extremadamente funesta. La inercia muscular que es demasiado completa, no contrarresta la acción cefálica, que es demasiado violenta; sin tener en cuenta que la noche actúa poderosamente por sí misma sobre el sistema nervioso, pues entonces la imaginación es más sobreexcitable, y la sensibilidad más impresionable. El nervio óptico, continuamente obligado a llevar al cerebro las sensaciones, lo agita. Lo conmociona (...) Y, de ahí, palpitaciones, desganas, pérdida del apetito, las digestiones se hacen mal, la inervación se altera, es la vigilia la que se convierte en sueño, el sueño en vigilia, el dormir, si se presenta, resulta perpetuamente agitado por epistomaquias, dicho en otros términos pesadillas, y pronto ocurren los diferentes fenómenos de magnetismo y de sonambulismo, con los más tristes resultados, con las más deplorables consecuencias.”

Esta instancia de diálogo entre Homais y la anciana madre de Charles Bovary –su hijo interviene colateralmente– es crucial, porque llevará a la conclusión de que es fundamental que Emma deje de leer novelas. “Cavernas –continuaba el señor Homais–, espectros, ruinas, cementerios, monederos falsos, claros de luna, ¿qué sé yo?, toda suerte de cuadros lúgubres que predisponen singularmente a la melancolía. Añade luego que esos productos febriles de imaginaciones delirantes están mancillados por neologismos, expresiones bárbaras, palabras barrocas, hasta el punto de que se ve uno obligado a devanarse los sesos para comprenderlas. Porque les confieso que yo, a menudo... ¡no comprendo a sus autores de moda! –y no me refiero a los pequeños, no, sino a los más célebres, a los que tienen reputación, ¡a los que están en la cumbre!–, y lo repito una vez más, quizá sea por falta de inteligencia, lo declaro con toda humildad, en fin, no los comprendo, y no me sorprendería en absoluto que esas invenciones en que el buen gusto, como la lengua y las costumbres, son tan audazmente ultrajadas, terminen por revolucionar incluso el propio organismo.” Se podrá polemizar con el crítico literario Harold Bloom en numerosos frentes. Pero da en la tecla cuando postula que “Emma es una verdadera alternativa de Hamlet o de Don Quijote: es un genio de la sensualidad”.

* Los fragmentos inéditos se pueden leer en la página de la revista Turia en Facebook o en http://www.ieturolenses.org

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Flaubert (1821-1880) aceptó los cortes a regañadientes.
 
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