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Miércoles, 6 de agosto de 2014

LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR GRIEGO PETROS MáRKARIS

“Yo no sé si Europa va a sobrevivir a esta crisis”

“Escribir sobre la crisis es escribir sobre las razones que llevaron al país al desastre”, dice el autor de Con el agua al cuello, que ayer se presentó en Buenos Aires Negra, BAN! y habló sobre la novela policial como novela social.

 Por Silvina Friera

El futuro llegó más apocalíptico y tenebroso que nunca para los griegos. Cien años después de la Primera Guerra Mundial, el odio vuelve a apoderarse de Europa. “Se repartieron mis vestiduras y se jugaron a los dados mi túnica...” El nihilista epígrafe bíblico de Pan, educación, libertad, de Petros Márkaris –cierre de la Trilogía de la crisis–, es la obertura perfecta para hacer vibrar las cuerdas de la novela negra. El entrañable comisario Kostas Jaritos y su familia comienzan el 2014 asediados no ya por los sucesivos recortes de sueldos y pensiones sino por la suspensión de pagos, el colapso definitivo, el último golpe de gracia. El país se ha declarado en quiebra y abandona el euro para volver al dracma. El Estado griego vive en un constante estreñimiento económico desde hace cuatro años. Atenas es una ciudad minada por las protestas y manifestaciones. Para colmo de males aparece el cadáver de Yerásimos Demertzís, un millonario contratista que pudo haber cometido estafas durante la construcción de infraestructuras destinadas a los Juegos Olímpicos y que en el pasado participó de los “hechos de la Politécnica”, la rebelión estudiantil de 1973 contra la dictadura militar. Pocos días antes del hallazgo del cadáver, el hijo del contratista, un estudiante ejemplar, es detenido por traficar con drogas. Algo huele mal y Jaritos investigará hasta las últimas consecuencias.

“Escribir sobre la crisis es escribir sobre las razones que llevaron al país al desastre”, dice Márkaris, que ayer se presentó en Buenos Aires Negra, BAN! y habló sobre la novela policial como novela social. “No importa cuán crítico uno sea, es importante que un autor no olvide que tiene que reflejar el sufrimiento. Siempre intenté crear un equilibrio en esta novela porque tengo absoluta conciencia y comprensión de que soy muy crítico de la generación de la Politécnica. La única manera de conseguir un equilibro es mostrar que la gente de esa generación también sufrió. No eran ganadores sino perdedores. Mi editor griego tiene una editorial, una librería y un bar. Muchas veces a la noche estoy ahí tomando algo y hablando con amigos. Cuando él está ahí, se sienta a conversar conmigo. El sabe que lo puse en la novela como el asesino. Nunca me dijo nada y yo nunca le dije nada, pero los dos lo sabemos. El sabe que lo puse en la novela como asesino, pero no se ofende. La vida de él es la vida del asesino de Pan, educación, libertad; es una víctima también. Como escritor para mí no hay blanco o negro sino grises”, explica el “padre” del comisario Jaritos –personaje que debutó en 1995 con Noticias de la noche– a Página/12.

–Como persona que simpatiza con la izquierda, naturalmente no hubiera puesto de asesino a alguien que estuvo en la Politécnica, ¿no?

–Sí, es cierto pero intenté ser justo. No son todos responsables del desastre del país. Incluso para los que perdieron es muy difícil aceptar lo que hizo su propia generación porque esa generación ha sido idealizada. Después de la dictadura, no es tan fácil decir: “Ustedes se equivocaron”... Lo sé porque mi editor estaba muy enojado y luego aceptó que tenía razón. Pero la primera reacción es plantear que no es verdad; les cuesta aceptar la realidad.

–¿Por qué parte de esa generación idealizada fue responsable de la crisis?

–Tuvieron una gran oportunidad, entraron a la política y podrían haber cambiado al país. Los votaron porque querían un cambio. Pero ellos prefirieron no cambiar el país y optaron por decir: “Ahora nos toca a nosotros”. Eso es lo peor que se puede decir en política. Lo que hicieron fue continuar con el camino del gobierno anterior. La única diferencia es que contrataron a la izquierda y no la derecha, pero era lo mismo.

–En un momento de la novela se dice que la palabra del Estado griego vale tanto como la palabra de una pitonisa. Qué capacidad de predecir el futuro...

–Los alemanes dicen que ya lo predije en Suicidio perfecto respecto de los Juegos Olímpicos. Dicen que lo vi de antemano y para mí era claro en ese momento que los Juegos Olímpicos serían un desastre y que no hacían falta. Pero todos estaban felices y no decían nada y ahora están pagando las consecuencias y se preguntan qué fue lo que pasó realmente. El problema de Grecia es que nadie puede ver más allá de cinco años. A un alemán le pedís que gaste un poco más y él plantea que no sabe lo que va a pasar de acá a cinco años, que no quiere gastar más de la cuenta. Un griego gasta todo lo que tiene. Hay una gran diferencia.

–¿Aún hoy es así? ¿No se aprendió de la crisis?

–No, no creo que hayan aprendido mucho. La vida de una persona puede cambiar en veinticuatro horas. Pero las creencias necesitan una generación para transformarse. Hace cuatro años que se está reduciendo todo en Grecia. Yo llegué en 1964, hace cincuenta años que estoy viviendo en Atenas. Cuando iba a los distritos laborales, veía casas de un piso y el sueño era construir el segundo piso para la hija, para el hijo. Y el padre de familia no tenía crédito de ningún tipo y cortaba todos sus gastos para poder construir ese piso. Ahora viene el Estado y le pide que pague más y más impuestos. Los que tienen barcos no están pagando impuestos. Esa es la verdad.

–¿Por qué regresa el odio, como se plantea en la novela?

–Una vez les dije a los alemanes que el dinero destruye a las familias y las amistades. Mientras todos tengamos nuestro propio dinero, en Europa a nadie le importa nada. Pero ahora que tenemos una moneda común, hay una parte que se queja y dice: ¿por qué les tenemos que dar nuestra moneda a ustedes que son unos vagos? ¿Cómo es que los ricos no quieren ayudar los pobres? Así se produce el odio. Los alemanes creen que somos los griegos, pero es lo mismo para los italianos, los portugueses y los españoles. El odio es un gran problema. Mi preocupación es que estamos viviendo en Europa y empezamos a odiarnos unos a otros. No sé si Europa va a sobrevivir a esta crisis. Muchos dicen “vamos a ver cómo están los mercados”. ¿Qué quieren decir con esto? ¿Vamos a salir de compras? Si creen que la solución es conseguir dinero, no entienden lo que está pasando en Europa.

–¿Qué opciones políticas hay en Grecia? ¿Ve una resistencia por parte de la izquierda?

–El problema es que los griegos están completamente decepcionados, no tienen esperanzas, perdieron la ilusión de que algo vaya a mejorar. Cuando los griegos leen en los diarios que “Grecia vuelve a entrar a los mercados”, se empiezan a reír a carcajadas. No hay partido político que inspire confianza en los ciudadanos y eso es muy malo. Ahora por primera vez la oposición es la izquierda. El centroizquierda y el centroderecha están prácticamente colapsados y los griegos no tienen fe en nada. En las elecciones europeas la coalición gobernante Nueva Democracia perdió el 14 por ciento de los votos. El partido To Potami (El Río) se creó ocho semanas antes, no tenía programa, no había políticos conocidos y obtuvieron el 6 por ciento de los votos, porque eran algo diferente y entonces la gente los votó. No digo que sea bueno, al contrario, me parece malo, pero es así. Dicen: “Votamos cualquier cosa mientras no sean los partidos establecidos”. Hubo también elecciones comunales y ganaron los alcaldes independientes, los votaron porque no eran representantes de los grandes partidos. Los griegos están podridos de la política.

–¿Este hartazgo resulta más negativo aún?

–Sí, es definitivamente peor. La crisis se resuelve desde la política, pero cuatro años de mentiras sistemáticas terminan generando una profunda desconfianza.

–¿Cómo sigue Jaritos en la ficción?

–Antes los griegos se jubilaban a los 60, ahora a los 65. Tiene cinco años más todavía. Es bueno para mí, no para él (risas). Jaritos y su esposa tienen el poder de adaptarse a cualquier situación. No son luchadores, sino sobrevivientes, saben cómo sobrevivir. Vienen de condiciones muy empobrecidas los dos. Sé por mi madre que las amas de casa sostenían a las familias y sabían cómo poner un plato en la mesa para cada comida. Las amas de casa son las que hasta el día de hoy mantienen unidas a las familias griegas. Adrianí, la mujer de Jaritos, es como mi madre. Cuando escribo un diálogo para ella, pienso en lo que hubiera dicho mi madre. Jaritos no es el policía típico, siempre tiene algún miedo respecto de sus superiores, pero encuentra los medios para hacer lo que cree que es lo correcto. Evita los mecanismos oficiales. El precio que pagó es que nunca obtuvo un ascenso, hace años que tiene el mismo cargo. Pero es feliz igual.

–¿Qué implica que las nuevas generaciones pidan “vivir como nuestros padres”, cuando su generación, al contrario, quería romper con el pasado familiar?

–El problema de las nuevas generaciones es que crecieron con la absoluta creencia de que la Madre Europa les iba a resolver todos los problemas. Ahora que ven que la Madre Europa no tiene la capacidad para solucionar esos problemas, entran en pánico. Necesitan tiempo, ya van a aprender a luchar. Recién empiezan a entender que tienen que luchar, tardaron tres años en darse cuenta. Hay un problema que me preocupa mucho de los más jóvenes y es que son apolíticos. No se puede hablar de política con ellos. Consideran que la política es algo sucio y equivocado. Este es el punto flojo y me parece que está mal. Nosotros éramos al revés: todo era político. Hasta el casamiento era político (risas). Si uno era de izquierda, jamás se casaba con una chica de derecha. Y hablo en serio. Ahora eso ya no importa.

–¿Leyó a Borges?

–Sí, la mayor parte lo leí en francés.

–¿Le gusta?

–Sí, como escritor, no políticamente (risas). Un gran escritor es un gran escritor, no importa si es de derecha o de izquierda. Tuve mi momento de pensar que todos los escritores de izquierda eran buenos y todos los escritores de derecha eran malos, pero eso ya se me pasó.

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“Mi preocupación es que estamos viviendo en Europa y empezamos a odiarnos unos a otros”, sostiene Márkaris.
Imagen: Dafne Gentinetta
 
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