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Lunes, 7 de agosto de 2006

LITERATURA › CLAUDIO ZEIGER PUBLICO “ADIOS A LA CALLE”

Estertores de una época, en plena crisis del sida

En su tercera novela retrata el ambiente gay de Buenos Aires a fines de los ’80.

 Por Angel Berlanga

“La tensión y la ambigüedad son como mi credo en la literatura”, dice un tanto religiosamente Claudio Zeiger, confiado en las riquezas que devienen de la multiplicidad de sentidos que produce un texto y, también, resignado a “bancar todas las interpretaciones delirantes que puedan hacer los lectores”. El texto del que habla, en este caso, es Adiós a la calle, la tercera novela de este escritor nacido en 1964, y la palabra “ambigüedad” aparece cuando se refiere a Ana Cabrera, un personaje singular en medio de una trama ubicada en el Centro, Palermo, Barrio Norte, durante la segunda mitad de la década del ’80, que se estructura a partir de los recorridos y los cruces, sobre todo sentimentales, de los otros personajes, que tienen en común ser homosexuales. Ana Cabrera arrancó siguiendo la huella educadora de una abuela maestra y ejemplar, pero de a poco fue cansándose y acercándose a la escritura, a la actuación, a la vanguardia under de aquellos años; con el sida socavándole la vida, abandona su papel de actriz fetiche y también Buenos Aires y busca, solitaria, en Mar del Plata, encontrar el destino de la protagonista de una novela inconclusa, la mujer de un gremialista que antes de la última dictadura deja a su marido, a sus hijos, y desaparece.

La tensión, aquel otro mandamiento zeigeriano, anda latente por varios carriles; alcanza picos en algunos episodios puntuales de violencia, de esos que dejan marca y llevan a los protagonistas a cambiar rumbos, se mantiene más sosegada y se diversifica en el devenir sentimental y en los cruces sexuales, se potencia cuando irrumpe el sida y condiciona relaciones, vida, muerte. Zeiger mantiene esas tensiones narrando sin estridencias ni alardes, valiéndose de una estructura compleja que fluye, sutil y ágil, y entrelaza tiempos y derroteros de unos personajes que de diversas formas tienen puntos de contacto con el principal, Horacio, un joven más bien conservador que vive de rentas. “Ese personaje fue casi un desafío –dice Zeiger–, porque ese cierto conservadurismo no es representativo de la mitología de los ’80, si es que uno identifica al fin de esa época con la apertura, el under, la cocaína, el reviente, Batato Barea, elementos que, si bien pueden ser una faceta, existieron. Pero bueno, a mí me parecía gracioso; es como contar los ’60 desde el punto de vista de un reaccionario. Puede haber algo provocador ahí.”

–A partir de esa diversidad de personajes, ¿se propuso hacer un retrato de época de lo que llama “el ambiente”?

–Sí, en parte sí. Como hubiera dicho Puig, sobre los estertores de una época, más bien sobre los fines de los ’80; el tiempo de la novela está pautado por el momento de crisis del sida, que en la Argentina tiene que ver con esos años, principios de los ’90, un poco después que en Estados Unidos. Me parecía que hacían falta otros puntos de vista para contar esa época, por eso Horacio es poco prototípico; con Ana Cabrera me pareció interesante demostrar, literariamente hablando, cómo una chica de clase media, con preocupación moral y pedagógica, puede derivar en la vanguardia. Porque parecía que los personajes del under y de cierta elite provenían de cualquier parte, de un no-lugar, que no tenían historia y estaban por encima de lo que socialmente circulaba.

–¿Qué es “la novelita policial del sida”?

–Yo trabajé mucho lo que tiene que ver con la intimidad, aunque no tanto con el aspecto de la enfermedad relacionada con la discriminación. Los personajes viven en un mundo bastante a salvo de eso, aunque haya referencias. La novelita policial son las preguntas insidiosas: cuándo, quién, cómo, dónde, hasta por qué. En el fondo se plantean dilemas éticos muy cotidianos: ¿qué hay que hacer, acompañar, borrarse, aislarse? La novela transcurre en un momento en el que la enfermedad se vive como una fatalidad. No hay mucho que hacer, se vive como una amenaza que desembocaen el encuentro del amor y la muerte. La expectativa era que iba a morir mucha gente, y de hecho pasó, pero también hubo muchos sobrevivientes.

–¿Son grandes los cambios en el ambiente homosexual respecto de los ’80?

–Evidentemente. Había un clima de rechazo, y el rechazo lleva al encierro. Hay que ser muy claro: durante el gobierno de Alfonsín, a instancias del ministro Tróccoli, había muchas razzias en la calle, y las víctimas eran los jóvenes, los que andaban en la noche, y eso incluía a los gays y muy especialmente a los boliches. Había una cosa muy persecutoria. Y en los ’90 eso cambió, se avanzó muchísimo respecto de las minorías sexuales y de los derechos civiles. Discriminación hubo y habrá siempre, lo mismo que racismo, lamentablemente, pero el colectivo social cambió. Yo creo que a nivel costumbres, en la vida cotidiana relacionada con estos temas, fue lo más cercano a una revolución que ocurrió en los últimos 15 o 20 años. Basta ver las posturas frente al sida; no es que esté resuelto ni que sea maravilloso, pero hasta forma parte de la corrección política. La escena de la novela en la que pedían que velaran a alguien que murió “de la enfermedad” a cajón cerrado, hoy es impensable.

–¿Qué postura tiene, como narrador, respecto de los años ’70?

–Por ser provocativo, casi diría que escribo de espaldas a los ’70, porque me rompen soberanamente las pelotas. Eso no significa ser exclusivamente contemporáneo y ponerme de espaldas también a los ’50, los ’60, la Edad Media. Ocurre que cuando empecé a escribir había una presión generacional muy grande sobre los ’70 y mi manera de rebelarme contra eso fue plantearme arrancar desde los ’80. Al mismo tiempo, me siento atrapado y fascinado por los relatos y los testimonios de esa época, que es una fuente enorme para saciar deseos de historias y conocimientos. Lo molesto es que pareciera no haber otra cosa después; la falta de autoestima respecto a nuestra propia historia posterior a los ’70 es espantosa, como si desde el ’83 en adelante sólo fuéramos una suma de fracasos espantosos, una suma de relatos aburridos, donde nada sucedió. Y yo creo que no es así.

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“Escribo de espaldas a los ’70”, subraya Zeiger, provocativo.
 
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