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Viernes, 10 de abril de 2015

LITERATURA › SAMANTA SCHWEBLIN, GANADORA DEL PREMIO DE NARRATIVA BREVE

“Se percibe una urgencia por contar lo que hay que contar”

El premio en España es justo reconocimiento a los relatos de la autora radicada en Berlín, que siente que siempre se empieza de nuevo: “Cuando un libro se cierra y se vuelve a la página en blanco, se vuelve al cero absoluto. Por más que hayas aprendido cierto oficio”.

 Por Silvina Friera

La anciana está indignada. Un pensamiento la persigue y no le da tregua: quiere morir, pero no puede. No es una suicida potencial, su “caso” es más complejo. Vivir una vida “suave” tal vez sea el problema. Necesita un golpe final para morir. Compra cajas y guarda su ropa y objetos personales. Algo falla en esta meticulosa planificación: él se muere antes y ella queda sola. Una hija y una madre están mirando mansiones desde el auto. De pronto la hija repara en un detalle asombroso: los primeros recuerdos que tiene de niña es acompañando a su madre en esta curiosa actividad que consiste en salir a mirar las casas de los demás. Algo empuja a salir de su casa a esa mujer que está por separarse con la cabeza envuelta en una toalla. Lo más urgente es secarse el cabello. Aunque parezca insólito, el deseo siempre es más práctico que teórico. Por estos andariveles anómalos de la realidad cotidiana transitan los cuentos de Siete casas vacías, título provisional del libro con el que Samanta Schweblin acaba de ganar la cuarta edición del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, dotado de 50 mil euros, uno de los más importantes del género en lengua española, organizado por la Editorial Páginas de Espuma.

El libro de Schweblin fue elegido entre un total de 856 obras presentadas por escritores de 32 países. La cuentista argentina, que ahora está viviendo en Berlín, se impuso a los españoles Cristina Cerrada y Alberto Olmos, al boliviano Edmundo Paz Soldán y a la uruguaya Vera Giaconi. En el acto celebrado en la casa de América de Madrid, Rodrigo Fresán –presidente de un jurado integrado por Andrés Neuman, los españoles Pilar Adón y Jon Bilbao y la mexicana Guadalupe Nettel, ganadora de la edición anterior– dijo que la escritora argentina “vuelve a indagar en la normalidad rara o la rareza de lo normal” y la definió como “una científica cuerda contemplando locos detrás de un microscopio y siempre con un bisturí en la mano”. Siete casas vacías llegará a las librerías de España en junio, mientras que en Argentina saldrá en agosto o septiembre. “Espero que este premio me ayude a llegar a más lectores. Siento que estoy con esta doble carga, que supongo que les pasa a todos los que se dedican a alguna actividad en relación con el arte, que es trabajar para vivir y a la vez tener que trabajar para comprar mi tiempo libre para poder sentarme a escribir. El premio salda, por lo menos por un tiempo, este malestar con el que nunca termino de lidiar”, cuenta Schweblin a Página/12.

–¿Los cuentos de Siete casas vacías fueron escritos en Berlín? ¿Qué pasa con lo que escribe desde Alemania?

–Yo soy de digestión lenta, con lo cual asumo que Berlín aparecerá en algún momento porque es bien interesante para narrar y pasan cosas extraordinarias. Pero más adelante, no ahora. Mi narrativa sigue siendo el mismo mundo, el mismo Buenos Aires del que me fui. Son los cuentos que escribí en los últimos tres o cuatro años, la mitad vienen de Buenos Aires y la otra mitad se escribieron en Berlín. Me doy cuenta de que la situación de extranjería es disparadora pero por otras razones, no por una cuestión geográfica o cultural. Me gusta ser la extranjera y vivir en un país con dos idiomas tan distintos, donde todo el tiempo estoy pensando en el lenguaje porque se desnudan los dos: el idioma que estoy aprendiendo y a veces hasta el que me estoy olvidando un poquito. Pasan cosas raras con eso; es fácil desautomatizar el alemán porque todavía no lo manejo muy bien, entonces cuando quiero apago y todo el mundo vuelve a ser mío. También es extraño escribir en español en Alemania... casi parece que el español fuera un invento mío, un juego secreto que tengo y al que le dedico muchas horas por día.

–¿Qué tienen estos cuentos en común y qué los diferencia de los libros ya publicados?

–Si tuviera que pensar mis tres libros, El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca y este nuevo libro, todos siguen una línea en particular: lo insólito, lo extraño, lo anormal, la amenaza, la tensión, siguen estando todo el tiempo. No puedo salir de ese mundo porque es el mundo que me gusta y que me interesa. Ahora es notable cómo he ido haciendo un camino de la abstracción, de lo absolutamente fantástico, hacia lo realista. Incluso en el marco de la ciudad, porque los cuentos de El núcleo del disturbio suceden en una isla, en un lugar que no se sabe bien dónde es, en el campo, a oscuras... En Pájaros en la boca hay mucha ruta; la mitad de los cuentos suceden en la ruta, en el campo, en una casa abandonada. Pero el mundo real empieza a aparecer. Este libro es absolutamente realista y de hecho sucede todo en la ciudad. Ahí hay algo nuevo, un libro de la ciudad de Buenos Aires, aunque no es un libro porteño, pero aparece por fin la ciudad, la vida real, las situaciones de pareja, de maternidad. No sé si tendrá que ver con una cuestión de madurez. Me parece que cada vez me doy cuenta de qué tanto más potentes son las historias cuando eso extraño que tanto me fascina se narra desde el realismo más absoluto, desde un punto de vista muy cercano a la vida cotidiana.

–¿Cuál fue el primer cuento que escribió de Siete casas vacías?

–El primer cuento que escribí es el más largo de todos. Se llama “La respiración cavernaria” y se trata de una vieja que está indignada con su muerte porque hace mucho que se quiere morir y no logra morirse. Y se plantea si vivir una vida suave y fácil, en la que no te pase nada, tiene que ver con no poder morirse. Ella cree que para morirse algo le tiene que pasar, necesita un golpe anímico, afectivo, de salud; algún tipo de golpe tiene que darle ese toque final. Ella está obsesionada porque quiere morir frente a él; hay todo un tema con la pareja. Quiere que él la vea morir, quiere ser la protagonista. En medio de toda la planificación que realiza, empieza a guardar su ropa en cajas y a donar muchas de sus cosas, se muere él y ella se queda sola. Este es el comienzo de la historia. No sé si es el cuento más representativo del libro porque es el más oscuro y depre. Los otros cuentos tienen otra agilidad. El último cuento que escribí es el primero, el que ahora abre el libro. Se trata de una hija ya grande que está mirando casas con la madre; están en un auto mirando las casas de Pinamar que son mansiones, las casas de los otros. Ella se da cuenta de que desde chica hacen eso: salir a mirar las casas de los demás. ¿Cómo es hacer esto? Algo insólito sucede y ellas terminan adentro de una de las casas. Son cuentos más sutiles, donde el diálogo tiene mucha presencia y las cosas se dicen de una manera más compleja. Como tengo la sensación de que me los sacaron de las manos ayer, todavía me cuesta un poco pensarlos.

–¿En qué sentido son cuentos más realistas?

–Para mí es importante hacer una distinción entre lo fantástico, algo que es imposible que suceda, que está fuera de nuestro mundo, y lo que es una situación anormal, extraña, pero que puede suceder. Todos los cuentos de este libro tocan el tema de la locura, pero no la locura como una cosa irracional, de manicomio. Es esta locura sana... en realidad la palabra locura no es la correcta, pero no tenemos otra palabra... Es ese momento en que los códigos y las soluciones del mundo normal, de esa normalidad pactada por la sociedad que recorta otras posibilidades, empiezan a aparecer por fuera de ese recorte. Ese momento de locura sana en que se te ocurre algo que puede leerse como una locura, que puede leerse como una actitud insólita o inaceptable, pero de pronto es la solución más sensata para lo que está pasando. Mi búsqueda sigue estando en lo extraño, pero tiene que ver con situaciones más cotidianas. El problema ya no es que una chica come pájaros, sino el problema es “me quiero separar”, “no quiero vivir más en esta casa”, “no entiendo a mi madre”... cómo eso tan cotidiano puede convertirse en algo diferente o inesperado.

–Siempre explora la supuesta anomalía de esa normalidad pactada, ¿no?

–Sí, por supuesto, pero también me parece que de eso se trata la literatura, ¿no? Una historia empieza cuando algo pasa y eso que pasa siempre está por fuera de lo normal. Mi búsqueda va hacia lugares de extrañeza mucho más inéditos, pocos transitados... no sé cómo decirlo...

–Por ejemplo...

–Hay un cuento en Siete casas vacías que trata sobre una pareja que se está separando. Esta situación de partida son las tres primeras líneas del relato. Ella siente algo en el cuerpo que la empuja hacia atrás y hace caso a ese impulso. De a poco va incorporándose, como si estuviera de alguna manera practicando esos movimientos por primera vez y sale de la casa en bata, con el pelo mojado, sin llave; es de noche. En el ascensor se encuentra con un tipo que está reparando el techo. Ella le pregunta a qué se dedica y él le dice que es escapista. Este tipo está llegando muy tarde al encuentro con su mujer, demasiado tarde como para ir. Los dos están en esa situación extraña de inminente abandono del otro. En principio, lo más importante es secar el pelo de ella. Entonces se suben al coche de él, bajan todas las ventanillas, ella se saca la toalla del pelo y lo que hacen es conducir muy despacio, siguiendo la onda verde de la avenida Corrientes a las doce de la noche de un martes. Hay una búsqueda de soluciones que a veces pasan por el cuerpo o por los objetos, como los momentos en que ella se pone o se saca la toalla del pelo. El problema es que ella tiene que volver a su casa y decir: “¡Listo, nos separamos!”. Pero el gran problema parece que es secarse el pelo. Hay una búsqueda a través de los objetos, como si los deseos que uno pone sobre los objetos pudieran ordenar el mundo de otra manera.

–Hace muchos años que escribe y las exigencias deben haber cambiado con el tiempo, ¿no? ¿Cuál es el desafío que implica escribir un cuento hoy?

–Tengo una lucha mucho más fuerte conmigo misma ahora. Cuando uno va adquiriendo cierta técnica y oficio, empieza a entender los posibles problemas de un cuento y aprende a solucionarlos. Yo tengo una red de lectores con los que trabajo y doy mucho a leer mis textos. Todo esto va generando un crescendo en los libros que hace que haya mucha diferencia de calidad entre el libro que uno empezó a garabatear dos años atrás versus el libro que uno termina. Al final de toda esa ecuación me siento una escritora digna (risas). Cuando un libro se cierra y uno vuelve a la página en blanco, uno vuelve al cero absoluto. Por más que hayas aprendido cierto oficio, vez no tenés en claro qué querés contar, cómo lo querés contar; un montón de cuestiones que sí se van solucionando a lo largo de la escritura. Sabiendo lo lindo que es leerse a uno mismo, uno tiene que volver a la fatalidad de ser un pésimo escritor y escribir muy mal. Tengo que empezar de nuevo y sentir que estoy chapoteando. Por supuesto que uno se va armando de herramientas, de cosas que sabe que funcionan mejor o peor. Yo aprendí que no me puedo sentar inmediatamente a escribir, tengo que lidiar con el deseo de sentarme a escribir hasta que entiendo qué es lo que quiero decir. Pero la realidad es que una vez que la punta del lápiz toca el papel, todo vale. El riesgo y la ansiedad de no estar haciendo los movimientos correctos, en el sentido de escribir la palabra que va a continuación, sigue siendo muy fuerte porque una vez que el material está escrito, aunque no sea un cuento todavía, ya hay algo concreto. Pero ese estadio desde que empieza una idea hasta que se escribe el primer borrador, me siento un poco en pañales. Y creo que está bien que sea así. Es un parto que vale la pena.

–¿Continúa con los talleres literarios en español en Berlín?

–Sí, es increíble y gracioso porque hay chilenos, argentinos, mexicanos, españoles, todos mezclados. Tuve un par de alemanes que hablaban bien español, pero no duraron mucho entre tantos latinoamericanos (risas). Nunca me hubiera imaginado que podría vivir en Berlín dando talleres literarios en español. Es magnífico.

–¿El género cuento va conquistando más lugar en el mercado editorial? ¿Está ganando la pelea?

–Sí, creo que está ganando. Leer está en crisis; entonces los géneros más comerciales de la lectura tienen que adaptarse. Me parece que el lector literario cada vez es mejor lector. Esta es una buena noticia para los géneros breves. Lo que me llama mucho la atención es que la mayoría de las últimas veinte novelas escritas por autores de mi generación no pasan de las 150 páginas. Hay una necesidad de brevedad, de otra contundencia; hay una urgencia por contar lo que hay que contar. Y ahí el cuento tiene todas las de ganar. La novela cada vez soporta menos la bifurcación, irse hacia otros temas y regresar, cada vez soporta menos ciertas meditaciones que puede hacer el narrador o el personaje. La novela necesita de la tensión y de la atención del cuento. Pero con el mismo criterio, podría decir que el cuento también está creciendo de otra manera, como si hubiera algo amorfo entre la novela y el cuento que está funcionando muy bien.

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“Leer está en crisis; entonces los géneros más comerciales de la lectura tienen que adaptarse”, sostiene Schweblin.
Imagen: EFE
 
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