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Domingo, 6 de diciembre de 2015

LITERATURA › 51 POETAS. ANTOLOGIA INTIMA, NUEVO TITULO PARA LA “BIBLIOTECA PERSONAL J.M.COETZEE”

Genealogía de una sensibilidad poética

El escritor sudafricano seleccionó y anotó, a partir de su propia historia de lecturas, una gran antología. Entre los latinoamericanos, sólo figuran Borges y Neruda.

 Por Silvina Friera

“¿Para qué poetas en tiempo de miseria?”, se pregunta Friedrich Hölderlin (1770-1843) en su oda “Pan y vino”. La respuesta no tarda en llegar en el verso siguiente: “Pero, me dices, son como los santos sacerdotes del dios de los viñedos/ que de una tierra vagan a otra tierra en la noche sagrada”. En una minuciosa nota al pie de página, el escritor sudafricano John Maxwell Coetzee da en la médula ósea de este poema que eligió para 51 Poetas. Antología íntima (El Hilo de Ariadna), nuevo título que se incorpora a la “Biblioteca Personal J.M.Coetzee” –con selección, introducción y notas del Premio Nobel de Literatura–, cuando explica que Hölderlin “prevé un papel especialmente optimista e inspirador para el poeta, en tanto que sacerdote mediador entre el pasado y el presente, entre el paganismo griego y el cristianismo”.

Aunque prevalezcan los poetas en lengua inglesa –William Shakespeare, Walt Whitman, Ezra Pound, Wallace Stevens, Robert Duncan, Galway Kinnell, Theodore Roethke, Anne Sexton, Sharon Olds, John Ashbery, Jorie Graham, William Wordsworth, John Keats, William Butler Yeats, Ted Hughes y Alice Oswald, entre otros–, hay también poetas franceses como François Villon, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud; alemanes como Rainer Maria Rilke, Bertolt Brecht, Paul Celan, Hans Magnus Enzensberger y Rutger Kopland; rusos como Osip Mandelstam y Anna Ajmátova; poetas polacos como Zbigniew Herbert y Wislawa Szymborska; italianos como Cesare Pavese y Eugenio Montale; latinos como Sexto Propercio, Publio Ovidio Nasón y Marco Valerio Marcial; griegos como Simónides, Constantino Cavafis, Angelos Sikelianos y Yorgos Seferis; y poetas en lengua castellana como Rafael Alberti, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges y Pablo Neruda.

“Desde nuestros primeros días, antes de aprender a hablar, antes de tener la más mínima noción de qué es una palabra –cómo un sonido puede portar un sentido que es igual para todos los hablantes–, nuestra mente infantil comienza a configurarse gracias a la música y la poesía, a partir de los ritmos del habla de nuestras madres y el parloteo sin sentido de las canciones y rimas infantiles. Llevamos esos ritmos, esos fragmentos de melodías, esos ecos del habla a través del viaje de nuestra vida, enterrados profundamente dentro de nosotros, junto con otros pedazos de canciones y versos que recogimos en la infancia. Configuran nuestra sensibilidad; tomados en su conjunto, constituyen el sustrato más arcaico de la cultura dentro de la cual nacemos”, plantea Coetzee en la introducción de la antología. “Hay poemas cuyo hechizo sentí durante mi juventud, poemas que pueden haber tenido una influencia formativa en mi propia escritura o en la manera en la que respondía al mundo –pienso en ‘La tierra baldía’ de T. S. Eliot o ‘Aullido’ de Allen Ginsberg–, pero que ahora siento distantes. Por el contrario, hay poetas –pienso especialmente en William Wordsworth o Friedrich Hölderlin– a los que sólo llegué a valorar plenamente hacia la mitad de mi vida.”

Coetzee (1940, Ciudad del Cabo, Sudáfrica), autor de Vida y época de Michael K y Desgracia –novelas por las que obtuvo dos veces el Premio Booker–, reconoce a un puñado de poetas que fueron sus maestros y configuraron su visión del mundo: Rainer Maria Rilke, Ezra Pound, Wallace Stevens, Constantino Cavafis y Pablo Neruda; pero también señala una generación de contemporáneos o casi contemporáneos con quienes dialoga, en los que incluye a Joseph Brodsky, Zbigniew Herbert y Hans Magnus Enzensberger. El Premio Nobel de Literatura aclara que la antología sólo responde a sus gustos y la historia de sus lecturas. No son los mejores 51 poetas que han existido ni representan la “poesía mundial” porque, como aclara en la introducción, Asia como continente no tiene presencia alguna en el libro. 51 Poetas. Antología íntima despliega en casi 600 páginas la pasión del narrador sudafricano por la poesía como experiencia de habitar “una voz que no es la propia, de ver el mundo nuevamente a través de los ojos de un extraño”. Cada poeta-poema es presentado por Coetzee a través de notas al pie que, lejos del afán didáctico, componen un laboratorio crítico en pequeño formato. De Mandelstam, víctima del stalinismo, eligió tres poemas, uno es “El siglo”: ‘Siglo mío, bestia mía, ¿quién sabrá/ mirar a tus pupilas/ y con su propia sangre pegar/ las vértebras de dos siglos?’. La poesía del poeta ruso es para el escritor sudafricano “altamente alusiva y a menudo difícil de decodificar; su dificultad está agravada por el hecho de que, a fin de poder sobrevivir, a menudo tenía que usar un lenguaje críptico, es decir, un lenguaje en el cual el sentido estaba deliberadamente velado”.

El crítico agudo que incluye “Mi filosofía de vida” de Ashbery detecta algo paradójico en la empresa del poeta estadounidense. “Su poesía se lee como un conjunto de ejercicios de asociación libre, evadiendo o subvirtiendo los controles impuestos por la mente racional; sin embargo, no tiene ninguna ambición de afirmar que los procedimientos que sigue nos dan acceso a verdades más profundas de las que ofrece la interrogación racional o, incluso, de afirmar que posee siquiera algo tan grandioso como un “procedimiento”: el poema es simplemente lo que resulta cuando se deja a las palabras en libertad para que jueguen entre sí”, reflexiona Coetzee, uno de los narradores más importantes en lengua inglesa que se mueve como pez en el agua de la poesía.

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John Maxwell Coetzee, Premio Nobel de Literatura
 
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