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Viernes, 22 de diciembre de 2006

LITERATURA › NICK HORNBY Y SU NUEVO LIBRO, “EN PICADA”

“No soy un depresivo, pero soy pesimista y melancólico”

El libro está protagonizado por suicidas que se reúnen en el puente de Archway: “Los que vivimos en el Primer Mundo sabemos que el suicidio es una posibilidad”.

 Por Lourdes Gomez

Desde Londres *

Nick Hornby (nacido en Maidenhead, en 1957) tocó el cielo en 1992 con Fever Pitch (Fiebre en las gradas), apasionada y divertida memoria de un fanático del fútbol. Fue su primer éxito como escritor, además de fenómeno cultural. Desde entonces, el autor inglés ahonda en sus obsesiones y experiencias vitales, ubicando las historias y los personajes de sus libros en Islington, el barrio del norte de Londres donde él vive y donde también se ubica su amado Arsenal. Hornby trabaja en un altillo, arropado por su obra creativa: en una pared se ven carteles de las adaptaciones al cine de Fiebre en las gradas, cuyo guión firmó, y de Alta fidelidad, novela inspirada en sus obsesiones musicales y en las mujeres que entraban y salían de su vida. En otra, la imagen de Hugh Grant en Un gran chico y una reproducción de la portada de 31 canciones, libro compilatorio de sus canciones y discos favoritos. En la estantería, ediciones extranjeras de sus novelas, incluidas Cómo ser bueno y En picada, la novela de humor negro sobre cuatro deprimidos asomados al pozo del suicidio, cuya traducción al castellano acaba de aparecer. Hornby guarda los CD en casa, ordenados alfabéticamente por el nombre de pila del cantante o grupo, y escucha música en la oficina en un reproductor digital. Su refugio profesional queda a una estación de subte de la cancha del Arsenal y a varias paradas de ómnibus de Tree House, el colegio para niños autistas que el escritor ayudó a fundar hace nueve años y al que destina parte de sus ingresos de autor.

–¿Cuál es el origen de En picada?

–El puente de Archway, que, por desgracia, es un lugar muy popular del norte de Londres para suicidarse. Lo crucé muchas veces y uno de esos días me enteré de que la tasa de suicidios se dispara las noches de Navidad, Año Nuevo y San Valentín. Me pregunté si sería posible coincidir con otras personas que también están pensando en quitarse la vida y cómo sería la dinámica de la relación entre ellas.

–¿Le resultó difícil impregnar de humor un asunto tan sombrío?

–No, porque el material es una expresión absoluta de quién soy yo. Tengo ambos tonos en mi personalidad: el lado depresivo y el deseo de hacer bromas sobre la depresión. Técnicamente no fue un reto, sino una buena vía para satisfacer mi expresión personal.

–¿Sigue deprimido pese a su éxito popular, crítico y financiero?

–Mi temperamento es depresivo desde hace tiempo y los factores externos, aunque facilitan la vida, no alteran el carácter. Depresión es quizás una palabra fuerte. Soy pesimista y melancólico.

–¿Con quién se identifica más de los cuatro personajes? Con el músico, JJ?

–Sí, volqué en él muchos sentimientos autobiográficos. Con 30 años, me sentía como JJ: dando tumbos, sin saber qué hacer, sin ingresos estables y dudando de mis aspiraciones. Esa edad es muy peligrosa para la gente con ambiciones artísticas. Lo más probable es que aún no hayas conseguido establecerte profesionalmente, mientras que todos los amigos tienen trabajo, hipotecas e incluso hijos. Te sientes cada vez más alejado de tu entorno.

–¿Contempló el suicidio?

–Sí, al cumplir los 30. Aún rebuscaba dinero en los fondos del sofá para tomarme una copa. Yo quería escribir, pero mis amigos me seguían preguntando: “Sí, está bien, pero ¿qué querés realmente hacer?”. A esa edad, la confianza se resquebraja. Lo pensé durante un tiempo hasta que me di cuenta de que el suicidio no era para mí. En cierta forma, me compliqué la existencia, porque ya no tenía una ruta de escape. Los que vivimos en el Primer Mundo sabemos que el suicidio es una posibilidad. Y si uno cree que la vida no tiene nada que ofrecerle, no veo por qué debe aguantarse y sufrir.

–¿Cómo salió del agujero?

–Me costó mucho comprender qué quería hacer. Intenté escribir guiones, vendí algunas historias, pero seguía sin descubrir mi voz ni el medio idóneo donde expresarla. Era mi culpa, totalmente. No me daba cuenta de que la no ficción podía ser mi campo. Me parecía extraño escribir una autobiografía cuando nadie me conocía. No es una idea obvia, así que me llevó tiempo encontrar la voz de Fiebre en las gradas.

–Y desde entonces bucea en su experiencia para sus novelas.

–Sí, siempre pongo algo de mí en los libros. De mi entorno vital y de lo que veo, sin que necesariamente sea personal.

–Su retrato de un hincha aportó respetabilidad al fútbol. ¿Le sorprendió el efecto que tuvo el libro?

–El cambio se produjo realmente en los sesenta, cuando la sociedad inglesa se volvió más igualitaria. Dio paso a una generación de intelectuales, comentaristas o periodistas apasionados por el juego. Habían jugado al fútbol en la escuela pública, en vez de al cricket o al rugby, que son deportes de la clase alta, pero no podían demostrar su afición porque no escribían de deporte. El libro les ofreció la oportunidad de hacerlo. Se pudo entonces hablar de fútbol fuera de los espacios deportivos.

–Eso en sí ya es un fenómeno cultural.

–Sí, pero las raíces se sembraron tiempo atrás. Siempre sospecho de las teorías que atribuyen a un libro cambios en la gente. El mundo no funciona así.

–¿Sirvió al menos de detonante?

–Eso sí lo acepto.

–¿El norte de Londres puede algún día quedársele pequeño como ubicación de sus novelas?

–No creo. Islington tiene de todo, real y metafóricamente. Es morada de la inteligencia liberal y uno de los barrios más pobres de Londres, con malas escuelas, crimen... Si no se me ocurre una historia que pueda suceder aquí, supondría que ya no tengo ideas. Tampoco creo que esté escribiendo del norte de Londres, sino de gente que vive en ciudades del Primer Mundo. El lector se identifica con las situaciones y los personajes, no con mi barrio londinense. Perdería algo, sin ganar nada, de ubicar una historia en Madrid, Nueva York o cualquier ciudad que no conozco bien.

–¿Cuántas veces deseó, como desea Maureen en En picada, una cura para su hijo autista?

–Uhhh, interesante. Hay mucho debate al respecto entre los padres con hijos discapacitados. Un invento que cure a la gente quizá no sea la respuesta. Tal vez no deberíamos pensar en ello. Mi hijo Danny es muy diferente a otros chicos, pero también es muy feliz. ¿Será el mismo Danny si se cura de repente? Nunca tendremos una cura para todos, y siempre habrá niños diferentes. Debemos aprender a valorar y aceptar a estos niños tal y como son.

–Debe ser frustrante no compartir con él sus aficiones.

–¿Y si un hijo sano no quiere jugar al fútbol conmigo? A mí, personalmente, me gustaría una solución al autismo. Su madre cree que no es lo más importante en la vida. Comprendo sus dudas.

–¿Por miedo al cambio?

–Sí. Mi experiencia en estos últimos trece años hubiera sido extremadamente diferente y probablemente no tan buena. A través de Danny entablé relaciones maravillosas, intensas. Me hizo pensar mucho sobre el valor del dinero. No sé qué hubiera sido de mí con todo lo que gano si no tuviera a Danny. Me alegro de que alguien me haya mostrado otra forma de ver las cosas.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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