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Viernes, 22 de diciembre de 2006

CINE › EL CINEASTA EDUARDO MONTES BRADLEY CUESTIONA LOS CORTES DE RUTA EN GUALEGUAYCHU

“Me bloquean a mí, que ya viví la dictadura”

Su documental No a los papelones es una abierta crítica a las protestas de los asambleístas. Llega a comparar los reclamos con “las pretensiones bucólico idílicas de los nazis” en un gesto decididamente polémico. La película sólo se estrenará en Uruguay. En la Argentina no se verá, según explicó, porque no hay interés de los distribuidores locales.

 Por Julián Gorodischer

“Hace más de dos años que un puñado de idiotas decidió cortar la frontera entre Argentina y Uruguay en nombre de vaya uno a saber qué estímulo paranoico pseudoambientalista. Si no son los yanquis que se quieren robar el agua o los judíos que se quieren robar la Patagonia; o los brasileños, las cataratas; o los chilenos, la Cordillera. Para los argentinos siempre es el otro: son los chinos pijoteros, los paraguayos que no quieren laburar, los piratas de la reina o los uruguayos contaminadores. Siempre es el otro.”

Su propia voz en el trailer –que puede verse en el sitio Youtube– adelanta el tono de la polémica que se instalará junto con el estreno de No a los papelones, el documental del cineasta Eduardo Montes Bradley (director de Cortázar: apuntes para un documental y Soriano) en el que cuestiona fuertemente las asambleas de Gualeguaychú y llega a compararlas “con las pretensiones bucólico idílicas de los nazis en la década del ’20”. La película, en la que se ve al propio Bradley recorriendo la escena de la protesta sin ahorrar vehemencia para la crítica, sólo se estrenará, por el momento, en Uruguay el próximo 12 de enero, porque –según explicó el director en una entrevista con Página/12– no hay interés de los distribuidores locales.

“Tendremos que cruzar el charco como en la época de Onganía para ver El último tango en París –anticipa, grandilocuente–. Esto es autocensura, como también pasa entre los norteamericanos. Si alguien quiere estrenarla en la Argentina, con muchísimo gusto. Pero yo no voy a abrir un cine.” Su tono es abiertamente polemista. En el comienzo, su proyecto se llamaba El gran simulador (todavía tiene una preclasificación del Instituto del Cine) y se proponía rastrear al periodista mitómano Nahuel Maciel (que publicó en los ’90 un libro de falsas entrevistas, entre ellas una con Gabriel García Márquez). Bradley lo encontró en el lugar menos pensado: militando en la asamblea de Gualeguaychú. Fue a la búsqueda de ese hombre “como adalid de la falsedad”. Lo encontró arrepentido. “El me dijo que tenía una vida nueva, en la asamblea ambiental, y para mí era una novedad. Me encontré un pandemonio de incongruencias donde pululaba el vicegobernador, Picolotti, delegados del Banco Mundial y un montón de gente legítimamente aterrorizada. A las mujeres les decían que habría niños con dos cabezas a dos kilómetros a la redonda. Les estaban advirtiendo sobre las consecuencias intergalácticas del fenómeno.”

En la tradición de las Vidas de muertos, de Ignacio B. Anzoátegui, Montes Bradley es abiertamente escandalizador y recorre ese género infrecuente que podría clasificarse en una acción única: patear el tablero. El documentalista (que aquí repetirá que no tiene vocación ni intención periodística, y que lo suyo es un documental-ensayo) recorre el polo industrial de Gualeguaychú, cruza al pueblo de Fray Bentos, se entromete en una asamblea y lo describe todo con una retórica encendida. Dice en la película: “La fe que me había insuflado Gilda duró poco. Lo que Gualeguaychú tiene reservado a los turistas para el Carnaval es cartón pintado, una ilusión. La ruta la tendrían que haber cortado los uruguayos para que no les caguemos el guiso de este modo”. Se le pregunta por la notoria parcialidad de su trama, que no exploró los trapitos sucios ajenos. Y sobre la utilización promocional que le está dando el gobierno uruguayo desde una página en Internet. A todo, Montes Bradley responde: “No a los papelones no es un informe periodístico; a mí lo que me interesa es vincularlo con mi trabajo anterior, que es el ensayo. Hice cuarenta películas sobre la inteligencia argentina, y sólo trasciende cuando hago una sobre la estupidez”.

–¿Tienen que suceder las cosas antes de que los intelectuales hablemos? –sigue Montes Bradley–. ¿Dónde están las voces que deberían estar señalando el carácter protofascista que induce a estos incautos a tomar las medidas que toman? Me tienen bloqueado a mí, y yo ya viví la dictadura. Y tienen secuestradas a las políticas del gobierno. Porque el Gobierno dice no querer hacer valer la ley con los ambientalistas por razones que son comprensibles. Pero por otro lado no liberan la mano para que puedan negociar de una manera adulta.

–¿No hubiera servido tomar contacto con estudios ambientales y casos de contaminación en otros países para saber si la amenaza es cierta y la reacción genuina?

–Pero el centro de mi documental no es la planta de Botnia. El centro es la falsedad ideológica y la violencia en la protesta. Y los recursos extorsivos de la clase media. Nuestros representantes han llevado el caso a la Corte de La Haya, ¿qué parte del “no” no entendemos? Fuimos a la instancia suprema de la Justicia humana. Pero un sacado medio ambientalista, con una camiseta con errores de ortografía que dice qué hicistes papá es el que tiene que pautar las líneas de la política de integración latinoamericana.

–¿Cómo justifica la parcialidad de la mirada?

–Yo no aparezco entrevistando; tomo distancia de la investigación periodística televisiva. El ejercicio de razonar dialécticamente me lleva a pensar las cosas de otra manera. Eso es lo que critico de Michael Moore, en realidad no lo critico sino que no lo comparto. Yo no lo haría de esa manera porque no soy periodista nato. No indago hacia afuera sino hacia adentro. Los dejo que hablen, llego al polo industrial. Les pregunto: ¿Y la chimenea del polo industrial de Gualeguaychú no contamina? Era más grande que la de Botnia.

Montes Bradley argumenta a su favor que él mismo, como hombre de ciudad, sufre la contaminación y crece en las calles abarrotadas de monóxido de carbono. “Pero todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Yo no les creo nada desde el momento en que me mintieron y me dijeron que estaban a la orilla del río y no lo están. O cuando veo fotos en un documental sobre Botnia que sé que no son de Botnia. No se puede frenar la producción de papel en el mundo. Tenés que minimizar todo tipo de riesgo.”

En su recurrencia por la metáfora, asegura que “la chimenea de Botnia es a la clase media de Gualeguaychú lo que las Torres Gemelas son a los campesinos afganos. Los uruguayos hablan de asunto de Estado; nosotros de causa nacional”. La figura de Nahuel Maciel pudo haber quedado desdibujada luego del cambio de foco: es que el contexto se devoró al protagonista. Lo que había empezado con ambición biográfica terminó siendo un trabajo de abierta crítica social comentado por el narrador en viaje. Pero Maciel no desapareció de la película; Bradley lo tomó como un eje articulador. “Volví a la asamblea y me lo encontré; termino reivindicándolo porque descubro que las introducciones de su libro eran un plagio perfecto de un texto de un cura benedictino, pero él reemplazó la palabra Dios por utopía. Me pareció una operación literaria brillante, que establecía el carácter dogmático y religioso del nuevo progresismo argentino.”

–Usted denuncia estar recibiendo amenazas, ¿de qué tipo?

–Todos los mails que recibo han sido presentados en un hábeas corpus preventivo. Son amenazas que justifico y entiendo, porque es gente que ha estado empeñada en un sueño pueril. Y de pronto viene un tipo y les dice que no son tan puros, que no son un referente ecológico, sino uno de los lugares más feos que conocí en mi vida, como Tijuana, fronterizo, humeante. Pero también tiene una clase trabajadora y los obreros de la fábrica no van al corte de ruta.

–Tal vez el gesto que provoca una legítima irritación sea el estreno sólo en Uruguay, como si el destinatario fuera uno...

–Trascendió en Uruguay, y esta mañana estalló en Buenos Aires. Y se acabó, no quiero saber más nada. Yo no soy un producto masivo de consumo televisivo. Uno de los distribuidores que la vio dijo que el documental era excelente, que era muy fuerte, y que era lo que todos pensábamos pero nadie se animaba a decir. Me dijo que tenía familia. Estrenémosla acá. Si alguien quiere, con muchísimo gusto. Lo lamento. Volvemos a lo mismo: los asuntos de Estado tienen desenlaces y las causas nacionales tienen consecuencias.

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Las pasteras uruguayas en el centro de la polémica.
 
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