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Miércoles, 28 de febrero de 2007

LITERATURA › ALBERTO LAISECA, LAS LETRAS, EL ARTE Y LA INSPIRACION

“La realidad no me interesa, lo mío es realismo delirante”

“La eternidad es demasiado larga para estar solo”, dice Laiseca, un escritor felizmente difícil de encasillar, que en Sí, soy mala poeta, pero... rescata a personajes como el Monitor, “aunque esta vez tomé la precaución de no hacerlo entrar en guerra con nadie”.

 Por Silvina Friera

Los chicos lo miran directamente, sin el disimulo propio que en breve aprenderán de los adultos. Quizá lo observan por los bigotes desmesurados, por su mirada o porque su cuerpo hace que la silla y la mesa parezcan demasiado pequeñas. Pero cuando lo escuchan hablar o reírse con ese tono gutural, como recién salido de una película de terror, siguen caminando. El, que está sentado en el “vip de los fumadores”, en un bar de Palermo, sabe que da miedo y se divierte con la situación. “Es todo teatro, a mí me gusta jugar”, se justifica Alberto Laiseca en la entrevista con Página/12. “Están los que simplemente se asustan y los que pueden ver la ternura detrás de esta aparente aspereza.” El escritor, entre vasos de cerveza y cigarrillos, cuenta cómo intentó rescatar una parte de su vida, que él define como “underground”, en un tríptico de novelas –El gusano máximo de la vida misma (1999) y Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003)– que ahora se completa con la publicación de Sí, soy mala poeta pero... (Gárgola). “Tenía muchas ganas de rescatar al Monitor, ya no soportaba que estuviera muerto. Pero esta vez tomé la precaución de no hacerlo entrar en guerra con nadie, si no, otra vez me lo derrotan y lo matan”, bromea. “Quería que se divirtiera un poco, que tuviera chicas y que tomara mucha cerveza.”

En la nueva novela de Laiseca, al revés de lo que sostenía Hegel, todo lo real es irracional y todo lo irracional es real. Por empezar lo es la historia de amor entre Analía, una mala poeta que no ignora lo que es la buena poesía –aunque “sus cogidas a troche y moche daban a su espantoso poemario la carnadura que le faltaba”–, y el japonés necrófilo Tojo (que se llamaba igual que el famoso general de la Segunda Guerra Mundial ahorcado en Tokio en 1946 por sus numerosos crímenes). Y también la sorprendente actualización que el escritor hace de El fantasma de la Opera, de Gastón Leroux, “porque amo el libro y para demostrar que si se quiere hacer un buen guión, se puede”, apunta Laiseca. “Hasta ahora hemos tenido versiones chascos; la mejor de todas es la muda, con Lon Chaney, que sigue bastante al pie de la letra el libro”.

–En esta novela tiene mucha trascendencia el tema de la locura. ¿Es una sensación vinculada con esa parte de su vida “underground”?

–Francamente, no me di cuenta de que eso pasase, pero sí, ahora que lo pienso, es verdad. Vivimos en un mundo de locos. A Analía le pasa de todo, está chifladísima, pero finalmente hay un final feliz, porque la locura se cura con amor, que es lo único que hace que estemos menos solos.

–¿Por qué, como se afirma en una parte de la novela, “los sanos de mierda son los que hacen daño en el mundo”?

–Siempre pensé que lo que no es exagerado, no vive; toda mi vida fue exagerada. Si no fuera exagerado, no hubiera escrito Los Sorias, y ni siquiera hubiera llegado a ser escritor, porque la oposición familiar y del entorno eran muy grandes. A toda costa querían hacerme seguir la vida que ellos deseaban. Tenía que ser ingeniero químico, incluso llegué a tercer año de Ingeniería hasta que dije “ya basta”, y me fui a trabajar a las cosechas argentinas, al interior del país, en Mendoza, Santa Fe, Córdoba. Después vine a Buenos Aires, trabajé de obrero y fui corrector de galeras del diario La Razón. Los Sorias, que es una cosmovisión, un punto de vista del mundo, tiene 1450 páginas. ¿No le parece exagerado? Pero no se podía hacer en menos páginas por todo lo que había que decir.

–Usted suele decir que “el realismo delirante es la más alta expresión del romanticismo”. ¿Cómo explica esta asociación?

–Y también digo que el sadismo es el último refugio de los románticos... Oscar Wilde dijo que en este mundo todo puede explicarse, hasta lo que es cierto. Pero lógicamente es difícil explicar lo que es obvio. El sadomasoquismo es el último refugio de los románticos porque, como diría en una obra mía que está por salir, Manual sodomasoporno, sadismo es amor, masoquismo es ternura, vampirismo es protección.

–El Monitor cuenta que era un chico muy bloqueado y recuerda que el padre le enseñó la tabla de multiplicar a cachetazos. ¿Esto lo toma de su infancia y lo exagera o es cierto?

–Sí, es verdad, me pasó a mí, aunque se lo atribuyo al Monitor. Lamentablemente, me enseñaron la tabla de multiplicar a cachetazos. Esas cosas se enseñan con amor, pero mi padre estaba loco... Vivía en la Unión Soviética de la frialdad y mi pobre padre era Josef Stalin. Mi único refugio era la imaginación. Estaba mejor que en el Gulag, porque ahí no te dejaban leer ni una mierda, en cambio yo tenía mis libritos infantiles. Después, por suerte, las mujeres me formaron, fueron mi salvación, sin ellas no me hubiera humanizado jamás. Cuando todavía escribía muy mal, en Balcarce, provincia de Buenos Aires, y trabajaba en la cosecha de la papa, pensaba que ya no tenía posibilidad de retroceder. Lo que pasaba es que estaba trabado... no podés hacer la vida que los otros te marcaron. Empecemos con la honestidad, viejo: estudiaba para Ingeniería y, como quería ser escritor, escribía a escondidas. Eso no se hace, no sirve.

–De todos modos, esos años de Ingeniería parecería que le sirvieron. En sus novelas hay muchos cálculos, mucha ciencia dando vueltas...

–Todo se aprovecha en esta vida, querida amiga, incluso hay lectores que se han tomado la molestia de hacer los cálculos y ven que son verdaderos. Uno siempre tiene que capitalizar todo, el bien y el mal... hasta los desastres napoleónicos deben ser capitalizados.

–¿Hay algo que no se pueda capitalizar?

–Supongo que estar muerto, porque en el otro mundo no hay cerveza ni cigarrillos (risas). Mientras estemos aquí, supongo que podemos capitalizarlo todo.

–Entre esos libros infantiles que le servían para “escapar” de la Unión Soviética que era su casa, ¿qué papel cumplieron las historietas?

–Me enseñaron a delirar. Había una Ocalito y Tumbita, dos personajes disparatados que hacían chistes tontísimos. Era algo totalmente surrealista, un delirio, porque no tenía nada que ver lo que sucedía en la historieta principal con lo que sucedía abajo con las ratitas de los zócalos. Este tipo de historietas me abrieron la mente, me enseñaron que todo era posible.

–A propósito del título de la novela, ¿qué es para usted ser un buen o un mal poeta?

–Esta es la pregunta eterna del arte. Creo que se puede decir qué es bueno o malo, el problema es que no se lo puede explicar. No puedo decir por qué en realidad Venus y Adonis, de Shakespeare, es una obra maestra. Lo es y listo... por las imágenes, por todas sus sugerencias. Eso lo logra el buen arte, el arte supremo. También tenemos obras de mal arte que no te inspiran nada de eso, que son toscas, chabacanas, mal hechas, sin encanto.

–¿Y usted cree que es un buen o un mal escritor?

–Siempre se lo cuento a mis alumnos cada vez que empiezo un ciclo de talleres en el Rojas, en la primera o en la segunda clase. Nunca jamás tuve un alumno o alumna que escribiera tan mal como cuando yo empecé. Y si hubo solución para mí, hay esperanzas para todos. Hay que jugarse y trabajar mucho.

–Vamos, lo dice a modo de consuelo...

–¡No! ¿Qué consuelo? Les estoy diciendo la verdad. Todo depende de cada uno, porque no hay recetas para aprender a escribir. Siempre se escribe desde lo fuertemente sentido y vivido.

–Pero usted tiende a borrar lo vivido al trabajar con el delirio.

–Los delirios del realismo sirven, y mucho, para ampliar desmesuradamente ciertas partes, y esto hace que se destaque más que nunca la parte realista. El delirio sirve para reafirmar, para ver mejor la realidad. Impresiones de Africa, de Raymond Russell, no sucede en Africa, es todo delirio, no hay nada de realidad. La realidad no me interesa, lo mío es realismo delirante, ni delirio, ni realidad. Son las dos cosas juntas, porque el delirio potencia la realidad y la realidad potencia el delirio.

Laiseca, que todos los jueves a las 22 presenta películas de terror en el canal Retro, cuenta que en Sí, soy mala poeta, pero... también quiso rescatar novelas policiales “malísimas” de la década del ’40. “En esos libros, que en algún sentido podríamos llamar bazofia, no había una sola historia que no tuviera un delirio, una maravilla”, señala. “Me imagino a esos pobres tipos que escribían esas historias y después no tenían ni para pagar la luz. Supongo que pensarían: ‘Por lo menos, vamos a divertirnos un poco. No soy Shakespeare, jamás voy a escribir el Ulises de Joyce, escribo estas novelitas policiales serie erótica, con el erotismo que me permite la época’.”

–Al menos usted parece que también se divierte cuando escribe, aunque no es creíble que piense que sus “novelitas” sean “malísimas”

–¡He contribuido a la cultura y al lenguaje muchísimo! He creado palabras como copitazas, mezcla de copa y taza... es un hallazgo; me deberían dar el premio Cervantes por mi contribución a la lengua (risas).

–Un poco de egocentrismo siempre viene bien, ¿no?

–Ay, querida mía, los escritores necesitamos un poco de egocentrismo para sobrevivir en estos tiempos terribles porque, si no, te aplastan. El egocentrismo te sirve para escapar de toda la mierda.

–Por la extensión de muchas de sus novelas, especialmente en el caso de Los Sorias, ¿usted demanda lectores full time que no abandonen el libro?

–No quiero que los lectores me abandonen, ya tuve bastantes abandonos en mi vida. ¿Sabe por qué no conviene abandonar ni ser abandonado?

–No.

–Voy a brindarle la revelación máxima de la vida misma (risas). Porque la eternidad, mi querida amiga, es demasiado larga para estar solo...

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“Uno siempre tiene que capitalizar todo, el bien y el mal... hasta los desastres napoleónicos deben ser capitalizados.”
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