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Viernes, 18 de julio de 2008

CINE › VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA, CON BRENDAN FRASER

Un paseo amable en montaña rusa

Es la primera producción filmada en 3-D digital, pero en la Argentina habrá que imaginarlo. Por falta de equipamiento (y por más que los afiches anuncien lo contrario, orillando la deslealtad comercial), por aquí la película se estrena en dos dimensiones.

 Por Horacio Bernades

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VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA
Journey to the Center of the Earth,
EE.UU.,
2008.

Dirección: Eric Brevig.
Guión: Michael Weiss, Jennifer Flackett y Mark Levin.
Intérpretes: Brendan Fraser, Josh Hutcherson y Anita Briem.

Modesta y llevadera, paseada por una suave brisa humorístico-aventurera, se presenta esta nueva versión de Viaje al centro de la Tierra, el clásico relato de aventuras de Julio Verne, que hacia 1959 había conocido una primera rendición, con el gran James Mason y ¡Pat Boone! en los protagónicos. En verdad, los años ’50 parecen signar esta película. Fue en esa década que Hollywood echó mano del cine en tres dimensiones, gancho para que volviera a las salas el público al que el televisor había atrapado en su casa, y esta nueva Viaje al centro de la Tierra resulta ahora la primera película filmada en 3-D digital, piedra fundacional de un relanzamiento a gran escala que incluirá los nuevos films de James Cameron, Steven Spielberg y los estudios Pixar, Disney y Dreamworks. También en los ’50 proliferó la clase-B cinematográfica, hecha de películas modestas, llevaderas y humorístico-aventureras. Como esta nueva Viaje al centro de la Tierra.

El 3-D en Argentina habrá que imaginarlo. Por falta de equipamiento (y por más que los afiches anuncien lo contrario, orillando la deslealtad comercial), por aquí la película se estrena en dos dimensiones. Y sólo en copias dobladas. Todo lo cual parecería confirmar el mercado local como uno de segunda línea, al menos para quienes lo manejan. Que la película se exhiba en versión 2-D no es asunto menor, ya que al estar rodada en tres, para poder ser vista en formato plano debe sufrir una trasposición que técnicamente la afecta. Para decirlo sencillo, las copias de Viaje al centro de la Tierra lucen más aplanadas, y más pálidas, que cualquier otra. Hechas las aclaraciones del caso, lo que queda es una película que se parece mucho a un paseo amable en montaña rusa, si se permite el oxímoron. Condición a la que el propio film alude, en una escena en que los protagonistas se suben a los carritos de una mina abandonada y la recorren a toda velocidad, entre subidas y bajadas.

La autorreferencialidad no es extraña a una película que más que como versión de la novela se propone como metaversión. En efecto, el protagonista atraviesa el metraje entero llevando en su mochila una edición de Viaje al centro de la Tierra. La cosa tiene su sentido, ya que ése era el libro favorito de su hermano, científico muerto durante una exploración previa, y el ejemplar que lleva consigo Trevor Anderson (Brendan Fraser, campeón imbatible de la aventura liviana) está lleno de sus anotaciones. El hermano muerto resulta miembro de los Vernianos, sociedad secreta que postula que las proféticas novelas del autor de La vuelta al mundo en 80 días no eran ficciones descabelladas, sino crónicas reales. La ficción de la película, claro, terminará dándoles la razón, si se permite este otro oxímoron.

La autorreferencia cunde también en relación con ese tic del 3-D que son las cosas arrojadas a cámara. Cosas que aquí, en más de una ocasión, se ven forzadas hasta la autoparodia, como el buche que escupe Brendan Fraser (en una subjetiva de su inodoro) o el yo-yo con el que juega Sean, sobrino y compañero de aventuras (Josh Hutcherson, el chico de El mágico mundo de Terabithia). El espíritu juguetón, post-Indiana Jones, se continúa en escenas como una en la que los protagonistas caen infinitamente hacia el centro de la Tierra, en medio de gritos. De repente paran de gritar, comentan “¡Seguimos cayendo!” y siguen gritando. O esa otra en la que Trevor y Sean improvisan un partido de béisbol, usando como pelotas a unos temibles pescados mutantes.

A propósito, y aunque el director, Eric Brevig, sea un reputado especialista en efectos visuales (se destacó en El vengador del futuro, Hook y Men in Black, entre otras), tanto los FX como el tren fantasma en el que se convierte la montaña rusa al final (¡hiperpirañas asesinas! ¡plantas carnívoras! ¡dinosaurios cavernarios!) y la coloratura rosácea-esmeralda-azafranada que se le da a algunas escenas, todo ello es bastante berreta. Lo cual es más bueno que malo, ya que (sumándole también el doblaje) ayuda a convertir esta versión de Viaje al centro de la Tierra en una de Cine de Superacción. Ese programa de sábados a la tarde en el que podía verse la versión anterior de la misma novela, otro amable paseo en montaña rusa.

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El espíritu juguetón, post-Indiana Jones, impera en esta nueva versión del clásico de Julio Verne.
 
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