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Viernes, 17 de octubre de 2008

CINE › LA EDAD DE LA INOCENCIA, DE DENYS ARCAND

Sketches televisivos enhebrados como brochette

 Por Horacio Bernades

La edad de la inocencia intercala escenas de “realidad” y de ensoñación.

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LA EDAD DE LA INOCENCIA
(L’Age des Ténèbres, Canadá/Francia, 2007)

Dirección y guión: Denys Arcand.
Intérpretes: Marc Labreche, Diane Kruger, Sylvie Leonard, Caroline Neron, Rufus Wainwright y Macha Grenon.
Estreno en proyección DVD, en los cines Monumental, Arteplex Centro, Arteplex Belgrano y Cineduplex Caballito.

Las películas que consagraron al realizador y guionista canadiense Denys Arcand (La caída del imperio americano, Las invasiones bárbaras) eran algo así como brochettes cinematográficas. En ellas, una serie de comentarios sobre el mundo contemporáneo se presentaban atravesados por un delgado trinchete narrativo, que les servía de soporte. En L’Age des Ténèbres (que en Argentina, por algún extraño fenómeno, pasa de la edad de la oscuridad a la de la inocencia), el trinchete se ha reducido al mínimo, dejando los comentarios casi a punto de desprenderse y caer sobre el plato.

La edad de la inocencia transcurre en uno de esos futuros cuya función es la de permitirle al autor hablar del presente sin que se note tanto. Mientras los polos se derriten, la región de Quebec es asolada por una gravísima epidemia bacteriana, que deja tendales de muertos por todas partes y obliga a la gente a usar barbijo. Aunque no siempre, tal vez porque el autor es medio distraído y se olvida. Casi subieliano, el protagonista es un tipo absolutamente insatisfecho con su vida, que para compensar la grisura tiene ensoñaciones. En ellas se imagina como escritor premiado con el premio Goncourt, como primer ministro, como exitoso autor teatral y, sobre todo, encamándose con cuanta mujer se le cruce. Es que hace más de un año que su esposa, mujer de carrera, no tiene tiempo para él. Ensordecidas por sus walkmen, las hijas no le dan la más mínima bolilla, y él tampoco se la da a los pobres ciudadanos que presentan sus reclamos en el edificio público donde trabaja.

En lugar de carne, ají y cebolla, la brochette intercala escenas de “realidad” y de ensoñación. Las primeras son invariablemente deprimentes; las segundas, invariablemente gratificantes (para el protagonista, al menos). Con chispazos ocasionales (como cuando una chica desnuda dice, mirando a cámara, dónde la censura estadounidense va a cortar el encuadre, o cuando al protagonista lo castigan por haber tratado de “negro” a un compañero de trabajo, aunque el compañero se asume sin problemas como hombre negro), muchos lugares comunes y situaciones ridículas (como cuando el protagonista “abraza”, en el aire, a la mujer ensoñada), La edad... es básicamente una sucesión de sketches. Como se estila en TV, en esos sketches se esparcen invitados famosos, llevados para levantar el rating. En este caso están desde Donald Sutherland hasta el anchorman francés Bernard Pivot, pasando por el cantante Rufus Wainwright. ¿Bon appetit?

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