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Viernes, 19 de diciembre de 2008

CINE › VAMOS A LA LUNA, DIRIGIDA POR BEN STASSEN

Sólo el encanto de lo tecnológico

 Por Horacio Bernades

5

VAMOS A LA LUNA
(Fly Me to the Moon,
Bélgica, 2008).

Dirección: Ben Stassen.
Guión: Domonic Paris.
Estreno, sólo en copias dobladas, en 2–D (en 45 salas) y en 3–D (en Hoyts Unicenter y Cinemark Palermo).

Es posible que más allá de algún triunfo ciclístico o las novelas de Simenon, no haya habido en toda la historia de Bélgica un suceso mayor que éste. Adelantándose a las mismísimas Disney, Pixar o Dreamworks, el primer largo de animación filmado en 3–D digital resultó ser de ese origen (aunque cuenta con participación de actores y tecnología estadounidenses). La tecnología 3–D es, en verdad, el motivo más valedero para ver Vamos a la Luna, que en Argentina se estrena sólo doblada. Convendrá pasar por delante de cualquiera de las 45 salas que la dan en copias planas y enfilar directamente a cualquiera de las dos que la exhiben en 3–D.

Rara mezcla de pobreza animada con lujuria tecno y de retrogradismo ideológico con última generación de la estereoscopía digital, Vamos... es un dibujito historicista, que vuelve a los días de la carrera espacial, Guerra Fría y llegada a la Luna, metiendo en medio a una colonia de moscas antropomórficas. Vecinas de Florida, las tres bestezuelas exoftálmicas de Fly Me to the Moon (un par de versiones de ese temazo, ninguna de ellas la inmortal de Sinatra, son otra buena razón para pagar la entrada) recuerdan al trío de Los exploradores de Joe Dante. La líder, Nat, es la aventurera del grupo; I.Q., la inteligente, y Scooter, la glotona pusilánime. Con Nat al frente, se inmiscuirán en la Apolo 11 minutos antes de su lanzamiento, con lo cual semanas más tarde alunizarán junto a Neil Armstrong y sus muchachos. Mientras tanto, en la Tierra, el abuelo white trash y una ex novia rusa terminarán peleando contra moscas espías de la URSS, enviadas por los malditos rojos para boicotear la misión.

Elemental en términos de dibujo, simpática de a ratos (los bocadillos de caca que comen las moscas en un festejo, los dípteros rockabilly y black panthers por allí), bobalicona en otros (las paráfrasis, estilo Bee Movie, de cuanto refrán popular aluda a las moscas), increíblemente misógina (“Ah, moscas mujeres...”, se compadece el abuelo ante los desmayos de las mamás de los chicos), practicante de un macartismo après la lettre (temibles burócratas del Kremlin, asesinos a su servicio, espías rusos con ganas de venderse al enemigo) y fundadora del patrioterismo tercerizado (la llegada a la Luna como triunfo del american dream, los astronautas como estatuas nacionales), los méritos de esta modestísima película deben buscarse por el lado tecno. Tanto por unos ballets espaciales que citan (Danubio azul incluido) a los de 2001, como por el maniático detallismo con que se ha reconstruido el interior de la nave. Pero sobre todo por la maravilla del 3–D digital, que renueva las potencias ilusorias del cine, trayendo las imágenes hasta la butaca y sumergiendo al espectador en un mundo de pura profundidad, que hace de cada travelling un inesperado trampolín a lo desconocido.

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