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Martes, 24 de febrero de 2009

CINE › LO QUE QUEDó DE LA CEREMONIA DE LOS OSCAR

Final feliz para el cuento de hadas

La comunidad de Hollywood coronó con aplausos su buena acción: premiar el optimismo y la vitalidad de esos “perros de la villa” que le dieron vida a ¿Quién quiere ser millonario? La distinción al mejor actor sorprendió a muchos, incluso al ganador: Sean Penn.

 Por Luciano Monteagudo

Hacía rato que el domingo había quedado atrás. Eran casi las 3 de la madrugada del lunes y allí estaba, arriba del escenario del Kodak Theatre de Los Angeles, toda la numerosa troupe de Slumdog Millionaire, festejando su previsible, anunciado triunfo. En la tradición de la Academia, el único que había sido convocado al podio, cuando Steven Spielberg finalmente pronunció el título de la ganadora, fue el productor, Christian Colson (ya se sabe: en Hollywood, el autor es el productor). Pero su figura solitaria no era suficiente, no hubiera estado a la altura de la culminación del show ni mucho menos del happy end de su propia película, que termina en una explosión de canto y danza colectiva. Por lo cual, ya en la platea, cuando iba camino a los brazos de Spielberg, animó no sólo al director Danny Boyle –quien ya había tenido un rato antes su momento de gloria– sino a todo su elenco a que subieran a festejar con él la estatuilla. Abajo, la comunidad de Hollywood coronaba con una cerrada salva de aplausos su buena acción de la noche: premiar el optimismo y la vitalidad de esos “perros de la villa” venidos desde tan lejos y de tan abajo. Un cuento de hadas recompensaba a otro cuento de hadas.

Fue el corolario de una larga noche –tres horas y media: no hay caso, por más que se esfuercen en acortar a 20 segundos los discursos de agradecimiento, sigue siendo una ceremonia mastodóntica–, muy globalizada y con mucha world music. Empezando por la de Slumdog Millionaire, que tiñó de aires orientales a toda la velada, cuando los premios a la mejor banda de sonido y mejor canción (ambas de A.R. Raham, un especialista de Bollywood) ya indicaron el ritmo y la melodía con que se iba a desarrollar el resto de la ceremonia: ¿Quién quiere ser millonario? se llevó ocho de las diez estatuillas en las que estaba nominada, incluyendo mejor película, director, guión adaptado, fotografía, montaje, sonido, banda musical y canción (donde competía con dos, a falta de una). Hay que retrotraerse hasta El señor de los anillos: el retorno del rey (2004), que ganó once estatuillas, para encontrar una película con una racha ganadora semejante.

“Hay tres lugares en los que nunca pensé que iba a llegar a estar: la Luna, el Polo Sur y aquí”, dijo Simon Beaufoy, el guionista de Slumdog Millionaire, cuando le tocó su medio minuto frente a las cámaras, abrazado a su estatuilla. Pero, sin embargo, todos los que no eran parte del equipo de la película británica (que ahora, a la luz de su triunfo, los indios también reclaman como suya: ver aparte) parecían más bien pensar lo contrario. Por ejemplo, al comienzo no se entendieron muy bien las excusas que dio Peter Gabriel en la alfombra roja, cuando intentó explicar por qué no iba a cantar él mismo su propia canción nominada, “Down to Earth”, de la película animada Wall-E. Después, ya en plena ceremonia, cuando repicaban los tambores de la energética música de Mumbai, quedó un poco más claro: era la noche de Slumdog Millionaire y de casi nadie más. Y no era cuestión de que Gabriel le hiciera de telonero a un desconocido venido del otro lado del mundo.

Si hubo apenas otra película que puede considerarse ganadora en la ceremonia del domingo fue Milk. Era una fija casi cantada a gritos que Dustin Lance Black iba a ganar, como lo hizo, el Oscar al mejor guión original, en un rubro en el que sus contrincantes no tenían el peso necesario para hacerle frente (fanáticos de Wall-E, sofrenarse: es casi imposible que los académicos voten el libreto de una película animada). Tal como se suponía, una vez arriba del escenario, el guionista le rindió homenaje al coraje de Harvey Milk y dijo que, como activista gay, fue el primero en darles a él y a muchos otros esperanzas de poder “enamorarse y casarse sin tener que avergonzarse de nada”. Y que esperaba que la película que honra su nombre pudiera hacer lo mismo con otros jóvenes. Pero parecía que allí se acababan las chances del film de Gus van Sant.

Sin embargo, en uno de los pocos momentos de auténtico suspenso de la noche, cuando muchos apostaban (este cronista incluido) al triunfo de Mickey Rourke como mejor actor por su trabajo en El luchador –y no sólo por su trabajo sino también por lo que significaba su regreso con gloria a Holly-wood, después de haber caído tan bajo como su personaje–, el Oscar finalmente fue a las manos de Sean Penn, por su interpretación de Harvey Milk. El propio Penn –que ya tenía en su casa una estatuilla por Río místico (2003)– también pareció un poco sorprendido y, después de agradecerles socarronamente a sus votantes, a la manera de Harvey Milk (“ustedes, procomunistas y prohomosexuales...”), se ocupó de saldar la diferencia. “Con todo respeto a mis colegas de rubro, quiero decir que considero a Mickey Rourke mi hermano.”

Después tuvo las palabras que se esperaban de él en esa circunstancia, pero también algo más: “A aquellos que esta noche, cuando llegábamos, nos hicieron sentir con sus pancartas su odio, quiero decirles que ésta es una buena ocasión para que todos los que votaron contra el matrimonio gay se sienten y reflexionen. Y que se avergüencen ante sus nietos de seguir pensando así. ¡Tenemos que tener igualdad de derechos para todos!”. Para los millones de espectadores que siguieron la ceremonia por televisión, esa sí que fue una sorpresa: la interminable hora y media de alfombra roja, con las cámaras enfocadas solamente en el vestuario de las divas, nunca se llegó a mostrar una sola imagen de lo que contaba Penn.

Lo de Kate Winslet, en cambio, fue todo más relajado y más retro, empezando por su figura y su peinado, de una elegancia que remitía a los tiempos en que la ceremonia todavía se transmitía en blanco y negro. En un rubro siempre muy peleado, ella era la favorita a llevarse el Oscar a la mejor actriz. Y después de haber estado nominada en cinco ocasiones anteriores, finalmente se hizo con su estatuilla por El lector, lavada versión de la novela de Bernhard Schlink, en la que compone a una ex guardia de un campo de concentración nazi. Sin embargo, y también en el espíritu de otras épocas, evitó cualquier comentario político y prefirió en cambio dedicarle el premio a su familia (incluido su marido, el director Sam Mendes, que la acompañó a la ceremonia) y abrazarse con el ramillete de actrices que le entregaron la estatuilla.

Párrafo aparte para esta novedad: como una manera de multiplicar el atractivo de la ceremonia, en vez de una/o eran cinco las/los actrices/actores que otorgaban el premio a sus colegas. Primero, cuando les tocó a los secundarios, fue una bienvenida variación y la oportunidad de ver a algunos rostros que hacía tiempo estaban ausentes de las cámaras, como Eva Marie Saint y Joel Grey. Pero ya pasadas las dos y media de la madrugada, cuando fue el turno de los protagonistas, el efecto ya no provocaba sorpresa, dilataba innecesariamente la ceremonia y dio lugar a algunos momentos decididamente incómodos. Los libretistas le habían pedido a cada una/o de sus actrices/actores que se dirigieran directamente a los nominados y, mirándolos a los ojos, les lanzaran una parrafada de elogios previamente escritos. Esto obligaba a una doble, forzada actuación: la de los que pronunciaban la alabanza y la de los que la recibían. En algún caso, con algún agravante, como cuando Sophia Loren, que parecía completamente dispersa en la noche del domingo, enunciaba su discurso como si lo estuviera leyendo en un teleprinter, mientras Meryl Streep, la beneficiaria del panegírico, se agitaba nerviosa en su butaca de la primera fila, como si temiera que la legendaria gloria italiana se le fuera a desplomar encima suyo.

¿Y el show? Sin duda, el aporte de Hugh Jackman como maestro de ceremonias fue beneficioso, porque a diferencia de los hosts anteriores, demasiado atados a las rutinas del talk-show televisivo, se reveló como algo más que el mediano actor que –Wolverine mediante– se sabía que es. Jackman también canta y baila, y muy bien por cierto. Esto dio lugar a un par de números musicales bastante logrados, en los que la producción se las ingenió para incluir referencias a películas muy populares de la temporada pasada –Mamma mia!, por caso– y que casi no figuraron en las candidaturas, con lo cual se podía resentir el tan temido rating.

Un ejemplo era también Batman, el caballero de la noche, pero aquí el problema ya tenía una solución de antemano: nunca nadie dudó de que Heath Ledger se iba a llevar post-mortem el Oscar al mejor actor de reparto, y el Guasón cumplió con su último truco y estuvo presente en el Kodak Theatre un año después de su muerte. Aunque más no fuera para resolverle la endémica crisis de audiencia que tiene la ceremonia de la Academia, y que este año los premios intentaron paliar con el colorido espectáculo de la pobreza de la India. Porque al fin y al cabo estamos en crisis y, entonces, ¿quién quiere ser millonario?

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Kate Winslet, Sean Penn y Penélope Cruz, tres de los que pudieron festejar en la noche de Slumdog Millionaire.
Imagen: AFP
 
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