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Miércoles, 24 de junio de 2009

CINE › TRANSFORMERS: LA VENGANZA DE LOS CAíDOS, DE MICHAEL BAY

Titanes en el ring estilo heavy metal

Antes que una secuela, La venganza de los caídos es un extended play de la primera parte, más cara, más larga y más grandota. Y más boba. Darse con un caño es la razón de ser de estos gigantes de hierro y chapa, que amenazan con dejar el planeta hecho un bollo.

 Por Horacio Bernades

100% lucha. Eso es la segunda Transformers, para goce de los ultrafans de la hiperacción, y hastío del resto. Darse con un caño es la razón de ser de estos gigantes de hierro y chapa, que empezaron como muñequitos y terminaron siendo joyas de la computación digital. Fierro y fierro entregan los transformers, con extrahumana obcecación, a lo largo de dos horas y media que cotizan a razón de más de un millón de dólares el minuto. Nadie podrá sospechar que los 200 millones de presupuesto de La venganza de los caídos se hayan gastado en otra cosa: cada plano de la megaproducción de Steven Spielberg y Michael Bay es un derroche de inversión, tan hipertrófico como las criaturas protagónicas. Criaturas que, como se sabe, se la pasan cambiando de forma y pueden llegar a medir veinte o treinta veces lo que un ser humano. O esos remedos de seres humanos que transpiran, corren y ¿hablan? en la película de Bay. Y que, aunque lleven nombre y apellido, son más robóticos que los robots protagónicos.

En la primera Transformers, autómatas buenos, llamados autobots, se aliaban con los terrícolas para combatir a los decepticons o transformers malos, que venían a pisotearnos el planeta verde como si fuera el jardín de su casa. El principal aliado de los autobots era un estudiante llamado Sam Witwicky (Shia LaBoeuf), que se hacía amigo de Bumblevee, su auto(bot) amarillo y negro, al tiempo que se ponía de novio con Mikaela, morocha de ojos turquesa y carrocería casi tan reluciente como la de Bumblevee (Megan Fox). Tal vez porque Mikaela trabaja en un taller mecánico, el realizador Michael Bay, su director de fotografía y equipo de maquillaje parecen empeñados en hacerla lucir como chica de aviso de gomería. Por designio de los guionistas (entre quienes se cuenta Roberto Orci, de Misión: Imposible III y la flamante Star Trek), a Sam se le quedó, de la película anterior, un pedazo de metal en condiciones de activar la Chispa Suprema (sic). Chispa que permitiría liberar a Megatron, líder de los decepticons y el más malo de los malos. Como en un momento el chico se traga el talismán, terminará con un decepticon metido en su boca, con la intención de arrancárselo de adentro y liberar así, de una vez, a su amo encadenado. Y allí sí, habrá que llamar al ejército de los Estados Unidos –como sucedía en la primera parte– para que nos salven a todos de la chatarra desatada, que amenaza con dejar el planeta hecho un bollo.

Antes que una secuela, La venganza de los caídos está pensada como extended play de la primera parte, más cara, más larga y más grandota. Por sus vozarrones, los transformers parecen un ejército de James Earl Jones y Morgan Freemans. Los hay de todas las clases y tamaños, incluyendo los chiquititos que se le meten a Sam por la boca, un viejo con barba y “bastón” de metal, y un par de amigos de Bumblevee, que cuando hacen chistes tontos los festejan, golpeteándose las “manos” como rappers. Un transformer-viejo camión de helados parece salido de Cars, otros recuerdan a las arañitas metálicas de Sentencia previa (Spielberg es uno de los productores, al fin y al cabo) y en una de las escenas iniciales hay unos que, como los gremlins, no pueden resistir la tentación de destrozar cocinas. Como se sabe, lo que mejor saben hacer los transformers es transformarse y darse maza. Asombrosos ballets digitales, las mutaciones constituyen, sin duda, lo mejor de la película. Al menos, hasta que empiezan a cansar. Otro tanto puede decirse de las batallas campales, suerte de Titanes en el ring en versión heavy metal, en las que a veces cuesta reconocer a los buenos de los malos. Para hacerlo, conviene mirarlos a los ojos: los buenos los tienen azules; los malos, rojos.

Hay tremendos chivos (en una escena, un cartelón de Mountain Dew cubre media pantalla), autohomenajes (el afiche de Bad Boys, película de Michael Bay, cuelga sobre una pared) y referencias insólitas, como un banner de... ¡Babasónicos! Como si se tratara de un teatro de revistas, La venganza de los caídos vampiriza la actualidad más inmediata. Así, Obama es presidente de Estados Unidos, ¡y hasta existe la gripe porcina! Pero es en la parte “de relleno”, la que involucra (se supone) al factor humano de Transformers, donde el planeta Bay revela su cara más oscura. En ese planeta, o se es un american boy como el protagonista, o una chica de poster, como su novia, o un latino pusilánime como su compañero de cuarto, a quien los autobots cargan por “mariquita”. A otros les cabe peor suerte. A la mamá de Sam, más que a nadie. A fuerza de comportarse como una idiota, la pobre mujer queda estigmatizada ya en las primeras escenas. Hasta el punto de que le basta pisar el campus de la universidad para “sentirse inteligente”, según comenta. O probar, en la terrasse de un bistrot parisino, un plato gourmet y escupirlo, intoxicada seguramente por la reiterada ingestión de hamburguesas. En este contexto, no extraña que picanear al “mariquita” latino sea un juego, como sucede aquí mientras los héroes combaten a los malos entre pirámides egipcias, apoyados por comandos yanquis y con refuerzos aportados por el gobierno de Jordania. Que son amigos, ya se sabe, no como otros de la región.

5-TRANSFORMERS: LA VENGANZA DE LOS CAIDOS

(Transformers: Revenge of the Fallen, EE.UU., 2009)

Dirección: Michael Bay.

Guión: Ehren Kruger, Roberto Orci y Alex Kurtzman.

Fotografía: Ben Seresin.

Diseño de producción: Nigel Phelps.

Intérpretes: Shia LaBoeuf, Megan Fox, Tyrese Gibson, John Turturro, Ramón Rodríguez, Kevin Dunn, Julie White y Rainn Wilson.

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Las mutaciones constituyen, sin duda, lo mejor de la película. Al menos, hasta que empiezan a cansar.
 
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