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Viernes, 9 de octubre de 2009

CINE › NUNCA ESTUVISTE TAN ADORABLE, DE MAUSI MARTINEZ

Fantasmas de la clase media nacional

 Por Horacio Bernades

6

NUNCA ESTUVISTE TAN ADORABLE

Argentina, 2009.

Dirección y guión: Mausi Martínez, sobre la obra homónima de Javier Daulte.
Fotografía: Andrés Mazzón.
Intérpretes: María Onetto, Mirta Busnelli, Luis Luque, Lucrecia Oviedo, Lore- na Forte, Willy Prociuk y Gonzalo Valenzuela.

Que Nunca estuviste tan adorable no es una película del montón se advierte ya en la escena inicial. Dueño de un taller mecánico, Luis Luque termina de trabajar, se sube a un descapotable y se lanza a cantar, con hollywoodense entusiasmo, un tema alla Palito, dando entrada a los títulos de crédito. ¿Comedia musical, comedia blanca, comedia familiar, comedia pop? Un poco de todo eso tiene la película escrita y dirigida por Mausi Martínez, trasposición de la obra homónima de Javier Daulte. Siempre y cuando todo eso se ponga entre comillas. Como su precedente teatral, sólo en apariencia Nunca estuviste tan adorable es blanca y familiar. Comedia de apariencias: eso sí. Comedia histórico-arqueológica, también, ubicada en una época muy precisa, de junio 1955 a julio 1969. Epoca que ingresará al hermético living de la familia protagónica por hendiduras, como si alguna ventana hubiera quedado mal cerrada.

¿El dueño de un taller mecánico, subido a un descapotable? Como la obra de Daulte, Nunca estuviste tan adorable no es una película sobre los sueños de cierta clase media argentina (media-baja, incluso), sino en los sueños de esa clase media. Está narrada íntegramente desde el interior del sueño, ilusión o ficción de los protagonistas. Sobre todo de Blanca (María Onetto), abeja reina indestronable del panal familiar. Panal en el que su marido, Salvador (Luis Luque), cumple las funciones de abeja obrera, y que se completa con los hijos, Noe (Lucrecia Oviedo) y Rodolfo (Willy Prociuk). Si la familia fuera un club, la vecina Beba (Mirtha Busnelli) y Amalia, amiga de Noe (Lorena Forte) serían algo así como socias honorarias, pasando sus días en el living de mamá Blanca.

Clase media con pretensiones, Blanca trata a Rodolfo como si tuviera quince o veinte años menos, soporta con resignación la histeria y las historias de Beba, lleva a Salvador de la nariz y se escandaliza cuando Noe le cuenta que ella y el novio “se besaron”. En unos interiores que parecen imaginados por la revista Life, Blanca y los suyos viven en un mundo a medio camino entre la Legrand de Los martes orquídeas, Doris Day y Douglas Sirk. Mundo de modelitos de época, televisores-armatoste, look de Jane Wyman en Sublime obsesión, insatisfacciones reprimidas e intentos de suicidio sobreactuados, con desmayos y muñecas chorreantes.

En ese universo de estudio y decorados, lo real entra tamizado por el blanco y negro del televisor: los bombardeos del ’55, el frondizismo, la llegada del hombre a la Luna. Candidata a un posible doble programa con esa otra comedia arqueológica que es la reciente Mentiras piadosas (otra ficción sobre sueños y fantasmas de la clase media nacional), en su recreación del imaginario pequeño-burgués la película de Mausi Martínez parece tomar como modelo al Almodóvar de los ’80. El de Mujeres al borde de un ataque de nervios, sobre todo. La adaptación respeta el original casi al pie de la letra (la mayoría de los diálogos pasó sin cambios), mantiene el elenco que la actuó en teatro (con las incorporaciones de Luque por Carlos Portaluppi y el actor chileno Gonzalo Valenzuela por Luciano Cáceres) y exacerba el deliberado artificio que signaba la puesta de Daulte, echando mano de una estética asumida y una técnica sin rajaduras.

La fidelidad al texto original permite aprovechar la familiaridad de los actores para con sus personajes. Algo particularmente provechoso en el caso de Onetto, que parecería llevar a Blanca adherida a la piel. A su turno, la incorporación de Luque suma bienvenidas cotas de emotividad. El riesgo, en casos como éste, es el del teatro filmado, y ése es un fantasma que los ensayadísimos diálogos de la primera parte no alejan precisamente. Lo que falta en esta versión es aquello que debería resquebrajar la capa de apariencia: lo siniestro-familiar, elemento que en la puesta original se veía acrecentado por la narración en primera persona (el novio de Noe se llama Daulte) y aquí tiende a desaparecer. Como si se hubiera puesto todo el acento en el dispositivo, descuidando aquello que el dispositivo debería activar.

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