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Miércoles, 11 de noviembre de 2009

CINE › EL TIEMPO QUE QUEDA, DE ELIA SULEIMAN, EN MAR DEL PLATA

El puente entre dos mundos

En su nueva película, el realizador palestino vuelve a ponerse a sí mismo como testigo mudo y alelado de la vida cotidiana en la Israel de hoy. El Festival también ofreció ayer Nanayo, de Naomi Kawase, y la comedia mexicana Cinco días sin Nora.

 Por Horacio Bernades

Autores y estilos en Mar del Plata. Tras participar, en mayo pasado, de la competencia oficial del Festival de Cannes, El tiempo que queda, del palestino Elia Suleiman, representa el punto más alto alcanzado hasta el momento en la Competencia Internacional del Ficmdp. A su turno, la nipona Naomi Kawase ratifica, en Nanayo (incluida en la sección Panorama, apartado Autores), las marcas más personales de su estilo. Por otro lado, en la Competencia Internacional la holando-irlandesa Nothing Personal dio paso a la tercera de las películas latinoamericanas (no argentinas) de su programación, la mexicana Cinco días sin Nora.

En El tiempo que queda Elia Suleiman continúa, tanto en términos temáticos como estilísticos, el discurso desarrollado en Crónica de una desaparición e Intervención divina, esta última estrenada comercialmente en Buenos Aires un lustro atrás. Pero Suleiman practica también significativas variaciones sobre él. Una vez más el realizador se pone en escena a sí mismo, como testigo –mudo y alelado– de una serie de viñetas discontinuas, que tienen por eje la vida cotidiana de los palestinos en la Israel contemporánea. Pero hay toda otra zona de la película, que ocupa la mayor parte del metraje, en la que el realizador recuenta la historia de su familia cercana, la propia y la de los palestinos de los territorios ocupados, con tres actores que lo interpretan, en la niñez, la adolescencia y la juventud. Esa zona del relato se organiza mediante una serie de cortes históricos, que van desde la constitución del Estado de Israel, en 1948, hasta comienzos de los ’80, cuando el joven Elia se veía obligado a exiliarse por participar en actos de protesta política.

Las viñetas en presente narran su regreso a Nazareth para visitar a su madre enferma, en un tono que va de la melancolía al gag visual alla Jacques Tati (marca de fábrica del realizador), incluyendo una serie de comentarios en escorzo sobre el estado actual del conflicto entre israelíes y palestinos. El largo tronco central tiene, en cambio, un carácter más orgánico, centrándose sobre todo en la figura del padre, que en 1948 decide tomar las armas para resistir la ocupación israelí. Pero paulatinamente termina integrándose al statu quo. Al influjo de esa figura, toda esa franja de la película adquiere un tono más resueltamente político, incluyendo algunos “gags trágicos”, como el del vecino al que la situación de despojo llevó a perder la razón e intenta prenderse fuego cada dos por tres. Por momentos tan seca, cáustica y fragmentaria como los films anteriores, en otros extrañamente conmovedora –siempre organizada, encuadrada y montada con belleza, precisión y respiración propia–, El tiempo que queda muestra a Suleiman en una suerte de medio camino, entre su obra anterior y lo que vendrá. Lo cual en este caso no es sinónimo de medianía, sino de un puente tendido entre dos mundos.

Realizada sin guión, con sólo dos o tres “disparadores” sobre los cuales se habrá improvisado mucho, en Nanayo Naomi Kawase (la realizadora de Shara y El secreto del bosque) da la impresión de seguir los pasos de Apichatpong Weerasethakul, por vía de una alter ego, una chica japonesa que viaja a Tailandia y termina extraviándose, en medio de una selva que recuerda a las de Blissfully Tours o Tropical Malady. Apuntada a lo sensorial antes que a lo narrativo, a la deriva antes que a cualquier forma de fijación, a la posibilidad de una belleza esquiva antes que a su apresamiento, Nanayo es un film pequeño, más próximo a El secreto del bosque que a la mucho más ambiciosa (y construida) Shara. Aunque tal vez la mayor proximidad sea con esa suerte de dejadez extática que caracteriza los films de Apichatpong.

Poco tienen que ver la película de Suleiman y la de Kawase con la mexicana Cinco días sin Nora, ópera prima de Mariana Chenillo, construida a partir de un guión detallado y pulido por la propia autora, con todo cuidado y largamente. Comedia negra, Cinco días sin Nora prefiere la sordina, la fina observación de detalles, antes que la explosión del absurdo o la farsa. Absurda es la situación de base, motivada por un dogmatismo religioso que la película se ocupa de denunciar, en ese medio tono alusivo que la caracteriza. Una mujer, que a lo largo de su vida intentó suicidarse sin éxito catorce veces, lo hace finalmente, pero de modo tan organizado como todo en su vida. La previsión parecería incluir la fecha misma: en la Pascua judía y antes del Shabbat, circunstancias en las que la tradición impide la celebración de entierros. Eso obliga a los miembros de su dispersa familia a reunirse, pasando los días del título junto a su cadáver congelado y lidiando con el ritual ortodoxo, que incluye la condena del suicidio. Cine de formato tradicional, sería injusto no reconocerle a Chenillo la elegante contención que la previene de caer en el costumbrismo, el facilismo dramático y la impronta televisiva.

Parecidos son los riesgos de Nothing Personal, ganadora del premio a la Mejor Opera Prima en la última edición del Festival de Locarno, y parecido el modo en que la realizadora polaca (afincada en Holanda) Urszula Antoniak los asume. Film de cámara, Nothing Personal es, durante su primera parte, un film de caminos, y en la segunda un pas-de-deux, que opone a la protagonista con un ermitaño. La historia es mínima: una mujer vende todo lo que tiene, arma una mochila y sale a la ruta, yendo a parar a los más agrestes parajes de Connemara, en Irlanda. Que el suyo es un gesto de ruptura queda claro en la rispidez con la que trata incluso a quienes quieren ayudarla. Ni su nombre quiere darle al viudo (el veterano Stephen Rea) que le ofrece un trato de trabajo por comida. Por lo cual pasará a llamarse “Tú”. La convención indica que el ermitaño se enamorará de la bella pelirroja y que la chica irá cediendo en su dureza. Ambas cosas suceden, aunque también es cierto que los tempos secos y austeros impuestos por Antoniak funcionan como la sal en el edulcorante, manteniendo a raya cualquier exceso sacarínico.

* El tiempo que queda se verá mañana a las 13 en el Ambassador 1 y el viernes a las 13.15, en el cine Del Paseo 3. Nanayo, el sábado 14 a las 22.30, en Del Paseo 4. Cinco días sin Nora, hoy a las 13.30 y mañana a las 15.30, en el Ambassador 2.

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En el film, Suleiman narra su regreso a Nazareth.
 
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