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Viernes, 22 de enero de 2010

CINE › LA MONUMENTAL MUESTRA CAMINAR SOBRE HIELO Y FUEGO: LOS DOCUMENTALES DE WERNER HERZOG

Retrato de un director sin límites

Hasta el 4 de febrero, el ciclo echa luz sobre una faceta menos conocida que la de Fitzcarraldo o Aguirre, la ira de Dios: allí donde el creador de ficciones brilla como documentalista esencial.

 Por Horacio Bernades

Quien más, quien menos, todo el mundo habrá visto Aguirre, la ira de Dios, Nosferatu o Fitzcarraldo. Oyó hablar de ellas, en el menor de los casos. Tanto como habrá escuchado el nombre de su director, Werner Herzog, uno de los últimos representantes vivos no de una raza sino de dos: la del cineasta-autor, de temas y estilo indelebles, y la del director de cine como figura a veces más grande que sus propias películas. ¿Cuántos saben, sin embargo, que la producción documental de Herzog duplica en volumen la de sus películas de ficción? ¿Que la refleja, espeja y complementa? ¿Que está libre de los desniveles que en ocasiones signan su obra argumental? ¿Que desde hace un tiempo viene siendo más considerada y revalorizada que aquélla? ¿Cuántos vieron sus primeros cortos o algunos de sus últimos apasionantes largos en ese campo? ¿Desde hace cuánto tiempo no hay ocasión de rever, en perspectiva de conjunto, clásicos como Fata Morgana, La Soufrière, País del silencio y la oscuridad, El gran éxtasis del tallador de madera Steiner?

Hete aquí, para llenar esos huecos y ausencias, el ciclo de 24 documentales del cineasta bávaro, elegido por la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín para iniciar, con colaboración del Instituto Goethe y la Fundación Cinemateca Argentina, su temporada 2010, en consonancia con los 50 años del teatro. Caminar sobre hielo y fuego: los documentales de Werner Herzog es el título completo del ciclo, que incluye, entre largos, cortos y mediometrajes, clásicos del repertorio herzoguiano y films jamás vistos antes en el país. Así como documentales sobre personajes se diría que imaginarios, otros que parecen sueños o pesadillas filmadas y películas de ficción rodadas como se ruedan los documentales. El ciclo de la Lugones se organiza en tres grandes bloques temáticos que, a partir de hoy y hasta el jueves 4 de febrero, se sucederán de modo cronológico (ver detalle aparte).

El primer bloque lleva por título “Creación y Apocalipsis” e incluye, entre otras, su primer cortometraje, Hércules, así como Fata Morgana, Lecciones en la oscuridad y La Soufrière. El segundo apartado, “Comienzo y fin del lenguaje”, agrupa varios cortos, entre ellos el temprano Ultimas palabras, además de País del silencio y la oscuridad. Finalmente, la sección más extendida, “Guerreros y victimarios”, que va de una ficción (la precoz La incomparable defensa de la fortaleza Deutschkreuz) a una mixtura inédita de documental científico con farsa de ciencia ficción (la reciente La salvaje y azul lejanía). A ellas les suma, entre otras, la ya célebre Mi enemigo preferido, recuento de la famosa o infame historia de amor y odio con Klaus Kinski, su doble loco (o más loco que él).

Agonías y éxtasis

La taxonomía elegida por los programadores del ciclo apunta sobre núcleos constitutivos de la obra de Herzog. No más leer el pensamiento vivo del autor (aquí al lado) para constatarlo. Uno de esos núcleos lo constituye lo que podría definirse como dueto éxtasis/interrogación. Extasis ante el mundo y sus anchuras, interrogación por su sentido. “La naturaleza es caos, hostilidad y crimen”, afirma Herzog en su nota de estas páginas. Pero también, en un texto incluido en el programa de mano de la Lugones, “nosotros, como cineastas, podemos dirigir a la audiencia a un lugar donde pueda observar la verdad de una forma más profunda, como si fuera extática, y a experimentar momentos de iluminación”.

Ambas líneas de pensamiento se ven ampliamente reflejadas en la sección “Creación y Apocalipsis”. El éxtasis contemplativo, por el corto Hércules (su obra de iniciación, a los 20 años), la renombrada Fata Morgana (algo que sólo podría habérsele ocurrido a Herzog: un documental sobre espejismos) o esas tres aproximaciones a la espiritualidad (ajena) que son Woodabe, los pastores del sol (sobre una tribu de nómades del Sahara), Las campanas del alma (sobre una comunidad siberiana que cree en brujerías y exorcismos) y La rueda del tiempo, en la que el realizador de El enigma de Kaspar Hauser filma una peregrinación de monjes budistas (encabezados por el Dalai Lama in person), que se dirigen a construir un mandala de arena. Mandala que, como indica la tradición, la propia arena borrará inmediatamente después de concluido.

El caos, hostilidad y crimen que según Herzog rigen la naturaleza pueden ser avizorados tanto en esa versión invertida de Fata Morgana que es Lecciones en la oscuridad, pesadilla de fuego y petróleo filmada a comienzos de los ’90 en el desierto kuwaití, tras la retirada de las tropas iraquíes, como en La Soufrière. En ella, al enterarse de que la entera población de la isla de Guadalupe huía de la inminente y devastadora erupción de un volcán, Herzog corre, acompañado de un par de asistentes, para filmar... la erupción del volcán. “Soy un tipo muy prudente, no me interesa poner mi vida en riesgo”, fabula Werner en sus declaraciones.

Artistas, locos y criminales

“Ultimas palabras es mi mejor film”, afirma Herzog en el programa de mano de la Lugones. “Sin este corto que filmé en los comienzos de mi carrera, las formas narrativas y estilizaciones que he trabajado desde entonces serían impensables.” Ultimas palabras abre, el martes 26, la sección “Comienzo y fin del lenguaje”, que incluye tres cortos sobre charlatanes: los subastadores ganaderos de How Much Wood Would a Woodchuck Chuck, el predicador funky-callejero de El sermón de Huie, el predicador televisivo–evangélico de Fe y moneda. Y además, claro, País del silencio y la oscuridad, donde el autor de Los enanos también nacen pequeños documentó, con imagen y sonido, la interioridad de quienes nunca conocieron una cosa u otra: los chicos que nacieron sordos y ciegos.

El apartado tal vez más intrínsecamente herzoguiano de todos, “Guerreros y victimarios”, pudo haberse llamado también “Orates y visionarios”, o “Aventureros y temerarios”. Es aquí donde más claramente lo fabulado y lo deseado, lo documental y lo demencial, se vuelven inextricables. El anciano protector de animales que en el corto Medidas contra los fanáticos libra una guerra solitaria contra las carreras de caballos es tan real o inimaginable como la sombra ominosa del emperador centroafricano Bokassa, que evoca Ecos de un reino siniestro. Hubiera sido suficiente un ligero desplazamiento temporoespacial para que el ejército de niños misquitos que se entrena, armado hasta los dientes, en La balada del pequeño soldado, capturara, en Laos, al aviador alemán que, en El pequeño Dieter necesita volar, recrea ante cámara su caída, cautiverio y fuga de allí, justo cuando la guerra de Vietnam estaba por iniciarse.

El campeón de esquí de El gran éxtasis del tallador en madera Steiner, el montañista de Gasherbrum, la montaña luminosa, la mujer cuya imposible sobrevivencia en el Amazonas narra Alas de esperanza, el constructor del temblequeante monozepelín guyano de El diamante blanco, el propio Kinski en Mi enemigo favorito, ¿no son acaso transfiguraciones, versiones alternativas de Lope de Aguirre, del irlandés loco Brian Sweeney Fitzgerald, de los montañistas de vocación más que humana de Grito de piedra o Invencible? ¿No son acaso alter ego del tipo que, para filmar todo eso, se impuso primero, se sigue imponiendo, la obligación de (re)vivirlo paso a paso, plano a plano?

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Las campanas del alma, sobre brujerías y exorcismos.
 
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