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Lunes, 17 de mayo de 2010

CINE › THE MEN WHO WOULD BE KING, UN LIBRO SOBRE EL ESTUDIO DREAMWORKS

El dream team que fue una pesadilla

En 1994, Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen fundaron con bombos y platillos la empresa en la que la creatividad llevaría la batuta. El libro de Nicole Laporte relata cómo esos grandes sueños terminaron diluyéndose, al borde de la bancarrota.

 Por Guy Adams *

La semana pasada hubo una colorida adición a los anales de la historia de Hollywood, cuando se reveló que un joven Russell Crowe telefoneó a las 3 de la mañana a un productor de Gladiador para lanzarle palas inmortales: “¡Vos, hijo de puta! ¡Te voy a matar con mis propias manos!” La amenaza de Crowe surgió de una discusión sobre el magro salario que percibía su equipo de asistentes personales. Según se dijo, poco después el desafortunado productor –Branko Lustig, 77 años, sobreviviente del Holocausto– llamó a Steven Spielberg a Los Angeles y le pidió que lo retirara del proyecto. Todo el mundo ama las buenas historias de superestrellas portándose mal, con conductas de divas y un toque de la vida imitando al arte. Tras ser delatado en el satírico sitio web Defamer, la falta de sentido del humor de Crowe, de proporciones épicas, se convirtió en moneda corriente en titulares de todo el mundo.

Detrás de las escenas, una intriga más profunda se estaba cocinando. La historia revelada por Defamer fue sacada de un avance The Men Who Would Be King, libro de 400 páginas escrito por Nicole Laporte, que cuenta la historia de DreamWorks. Laporte, ex periodista de Variety, pasó casi una década siguiendo al estudio cinematográfico y sus jefes de altísimo perfil. Y mientras las historias como la de Crowe son relativamente comunes –puede pensarse en Christian Bale y su amenaza a un técnico electricista de “destrozar las luces”, registrada en cinta–, el libro de Laporte promete algo más raro y más jugoso: una chance de explorar la ropa sucia de tres magnates intocables de Hollywood: Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen. El trío fundó DreamWorks en 1994, en una ola de rebote mediático y con el declarado objetivo de ser la más excitante y amplia marca del entretenimiento, desarrollando artistas y llevándoles a las masas proyectos de animación, actores, dramas de TV y videojuegos. En vez de eso, la compañía se fue paralizando y debilitando, produciendo tantos fracasos como éxitos, y cerrando la mayoría de las divisiones que no producían beneficio. Hoy es sólo una versión fracturada del vasto imperio de medios que sus fundadores soñaron. Katzenberg preside DreamWorks Animation, una compañía con acciones al público. Spielberg tiene DreamWorks Films, una empresa separada cuya mayor parte está en manos de inversores de India. Geffen está fuera del asunto.

El libro de Laporte intenta encontrarle sentido a esta historia de ambiciones fallidas, espiando dentro de los jets privados, oficinas de alto status y mansiones de Beverly Hills de los tres fundadores, en un esfuerzo por explicar cómo sus considerables talentos fallaron a la hora de hacer que esa gran idea levantara vuelo. La autora dice que fue todo un desafío, ya que Spielberg, Katzenberg y Geffen son célebres por proteger su imagen pública. En la industria se susurran desde hace años duras historias de sus supuestos raptos de temperamento y sus excentricidades personales, pero a pocos periodistas se les ha permitido investigarlas. De hecho, los intentos de Laporte de entrevistarlos fueron frustrados (ella asegura que Katzenberg advirtió a toda posible fuente que no le hablara), pero que se las arregló para hablar con alrededor de doscientas fuentes internas, que a veces tomaron precauciones extremas para mantenerse anónimas. “Una persona accedió a hablar conmigo un fin de semana en un restaurante de Malibú”, dice Laporte. “Cuando fui, vino corriendo y me dijo que adentro había alguien que lo conocía; nos metimos en su auto y durante dos horas manejó por la costa. Hablaba y yo tomaba notas.”.

DreamWorks fue siempre algo excitante. Al fundarse, en 1994, fue el primer estudio nuevo de Hollywood en sesenta años, y abrazó un revolucionario principio, que no se consideraba desde que Douglas Fairbanks y Charlie Chaplin fundaron United Artists en 1919: que el equipo creativo debía imperar sobre los hombres de traje. Geffen, un billonario empresario musical, iba a ser el realizador de acuerdos. Katzenberg era su capitán incansable, a cargo de las operaciones del día a día. Spielberg, el cineasta misterioso y obsesivo, era el artista residente, que podía agregar estrellas al barco. Iban a crearse diez divisiones separadas, incluyendo un estudio físico de producción cinematográfica, sellos de películas de animación y con actores, una estación televisiva, una compañía de videojuegos y un sello discográfico. Los empleados tendrían comida gratis y se llamarían entre sí por su nombre propio. Paul Allen, fundador de Microsoft, aportó 500 millones de capital. Era la empresa más ambiciosa y de pensamiento más adelantado en toda una generación de Hollywood.

Pero, de algún modo, los tres fundadores nunca llegaron a engranar entre sí. Laporte acusa al frenético Katzenberg, a cargo de DreamWorks Animation, de manejar carísimos fracasos como El camino a El Dorado, Sinbad y Spirit. Con la excepción de Shrek (que ahora vuelve a los cines por cuarta vez), la compañía nunca tuvo el éxito comercial de su rival Pixar, y necesitó una reinyección de capitales en 2004. Geffen, famoso por su robusta personalidad, podría haber sido lo que Laporte llama “un gran solista”, pero como les sucede a muchos hombres acostumbrados a arreglarse por la suya debió luchar para trabajar en un ambiente de “supergrupo”, donde era una de tres estrellas principales. Spielberg estaba a menudo ocupado en asuntos externos.

Eso no quiere decir que la compañía haya fallado en todo nivel. Luego de un comienzo titubeante, disfrutó una época de oro a fines de los ’90, cuando lanzó películas ganadoras del Oscar como Rescatando al Soldado Ryan, Gladiador y Belleza Americana, que gracias a su rara naturaleza y bajo presupuesto (15 millones) es descripta a menudo como la película quintaesencial de DreamWorks. Pero los negocios sufrieron los hábitos del excesivo gasto corporativo. Divisiones deficitarias debieron ser cerradas o vendidas. La rama de videojuegos fue clausurada. El proyecto de un estudio de filmación fue abandonado, tras devorarse decenas de millones. En un punto, Allen fue forzado a poner otros doscientos millones para evitar la bancarrota. En 2005, la división de películas con actores fue vendida a Paramount, donde permaneció hasta el año pasado, cuando Spielberg tomó nuevamente el control con capitales privados.

Laporte captura cada giro equivocado en la historia de la compañía. Incluso cuenta cómo Spielberg le dijo a George Clooney –entonces estrella de la TV– que podía hacer historia grande en el cine “si mantenía la cabeza quieta”. El lector también se entera de que los tres fundadores consiguieron pequeños beneficios cuando partes de la empresa se vendieron, pero la mayoría de su equipo (que había sufrido recortes en su paga a cambio de trabajar en un ambiente “artísticamente amistoso) no percibió ningún beneficio extra. El director Sam Mendes, cuyo Belleza Americana recaudó 350 millones, obtuvo (descontados impuestos y cargas varias) 32 mil dólares.

En cuanto a Russell Crowe, Laporte agrega que se fue del set de filmación de Gladiador dos veces, porque pensaba que su línea “Tendré mi venganza, en esta vida o en la próxima” era “recargadamente engreída”. El director Ridley Scott lo persuadió de quedarse, y la frase terminó ayudando a Crowe a ganar el Oscar al mejor actor. Otra prueba de que, como demuestra la historia de DreamWorks, los grandes no siempre tienen razón.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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Spielberg sólo retiene una división de cine DreamWorks, inyectada con capitales de India.
 
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