espectaculos

Miércoles, 14 de julio de 2010

CINE › NATALIA OREIRO HALLO EN EL CINE SU LUGAR COMO ACTRIZ

“Creo que la fama es lo peor que tiene mi trabajo”

Tras el reciente estreno de Francia, de Adrián Caetano, y a punto de que llegue el de Miss Tacuarembó, del uruguayo Martín Sastre, la ex protagonista de telenovelas dice que actualmente no encuentra proyectos televisivos que le interesen.

 Por Oscar Ranzani

Si se observa la cartelera cinematográfica de estos días podría pensarse que, en este último tiempo, Natalia Oreiro, protagonista de Francia (estrenada hace unas semanas) y de Miss Tacuarembó (que se estrena mañana), dejó de lado la televisión para dedicarse de lleno a los protagónicos en el séptimo arte. Sin embargo, es la misma artista uruguaya quien desmiente esta afirmación, al señalar que, en la actualidad, el cine le dio la posibilidad de encarnar personajes muy diversos en un rango acotado de tiempo, pero que si tuviera un buen personaje en la TV sería un desafío porque implicaría “hacer todos los días una película”. El problema de la TV, según Oreiro, radica en que, si la historia no tiene un personaje definido, “se empieza a repetir a los treinta capítulos y una termina haciendo la misma escena veinte veces”. “En cambio, el cine me permite hacer personajes más acordes con mi edad y alejados de mí misma. Quizás a la tele le gusta ponerme en personajes más adorables. Y es entendible. No es algo que critique”, analiza. De todos modos, prefiere evitar las diferencias a la hora de actuar: “Soy actriz. Es un poco antiguo hablar de actores de televisión, de teatro o de cine. Sinceramente, no es que trabaje distinto. Quiero mucho a la televisión, la respeto mucho. Que hoy no haya cosas en tele que me interesen hacer o ver, no quiere decir que la tele no sea un medio a tener en cuenta”, reflexiona Oreiro.

Después de mencionar que siempre demora entre cuatro y cinco años para volver a encarar un proyecto televisivo, Oreiro habla de Miss Tacuarembó, ópera prima del uruguayo Martín Sastre, quien se inspiró en la novela homónima de otro uruguayo: Dani Umpi, artista plástico, cantante, fotógrafo y licenciado en Comunicación. En la ficción, Oreiro compone a Natalia, una joven que, en su infancia en Tacuarembó, soñaba con triunfar y ser una artista. Claro que en la actualidad nada de eso se ha concretado y lleva una vida un tanto atormentada por los deseos de niña que se han transformado en fracasos de su mundo adulto. Su vida la encuentra como animadora en el parque de diversiones de temática religiosa Cristo Park, donde se disfraza de Tabla de la Ley. El film de Sastre se desarrolla en dos tiempos: durante su infancia en los ’80, Natalia (interpretada por Sofía Silvera, ver recuadro) sueña con concretar sus sueños, pero debe enfrentarse a la malvada Cándida, su profesora de canto (interpretada por una Oreiro irreconocible desde su aspecto y su voz), mientras que en su etapa adulta, Natalia (Oreiro) se enfrenta a su pasado y a lo que no pudo concretar.

Luego de señalar que la novela de Umpi le pareció “increíble, diferente, fresca y atrevida”, Oreiro comenta la génesis de Miss Tacuarembó, que también es de película. La actriz conoció a Martín Sastre y Dani Umpi en 2001, cuando ambos integraban el Movimiento Sexy, un grupo de artistas uruguayos que presentaron en el Centro Cultural Recoleta una performance que consistía en festejarle el cumpleaños a... ¡Natalia Oreiro! “No me conocían”, comenta la actriz. Y el día que ella cumplía 24 años le llegó un volante de la performance. “Fui, y cuando llegué no podían creer que estuviera ahí”, recuerda. “Era todo temático, relacionado con el comienzo de mi carrera. Y como mi primer comercial había sido de tampones, había una piñata con tampones.” Ese día, Umpi había llevado un ejemplar de Miss Tacuarembó, Sastre lo tomó y le dijo a Oreiro: “Voy a dirigir esta película y vos vas a ser la protagonista”. Luego, ella se retiró del lugar y nunca leyó la novela. Hasta que, tres años después, mientras estaba por encarar una gira, en la vidriera de una librería cercana a su casa vio la novela Miss Tacuarembó entre un montón de libros, muchos de ellos best sellers. “Me quedé paralizada. La compré y la leí al instante. Me alucinó”, reconoce. Desde Rusia llamó a Umpi, quien le comentó que Sastre iba a estar encantado de encarar el proyecto cinematográfico. Y así fue.

–Algunos medios uruguayos definieron la película como una comedia pop. ¿Está de acuerdo?

–Sí, sin duda. Para mí no es un musical. La peli tiene mucha música, pero no es lo que se entiende por musical, es decir, que la gente canta toda la película mientras actúa. De hecho, a mí no me gustan los musicales netos. Pero ésta tiene pases de música que, de alguna manera, desarrollan parte de la historia pero no la detienen.

–¿Cómo fue trabajar dos personajes tan opuestos en una misma historia?

–Eso era lo divertido. Cuando leí la última versión, le dije a Martín: “A Natalia la noto lejana a mí porque de adulta es un personaje frustrado, opaco, gris, que trabaja de lo que no le gusta, que no tiene novio. Es como que la vida le pasó por arriba”. Pero le dije que el personaje que me encantaba era Cándida. Y que quería hacerlo. Cualquier otro director me hubiera dicho que estaba loca. Y sin embargo, Martín fue muy generoso, y además tiene el desparpajo de las personas que hacen todo por primera vez, como queriendo señalar “¿por qué no?” No tiene nada prefabricado ni prearmado. Y entonces me dijo que le parecía genial: “Vos sos tu propia antagonista”. Después laburamos muchísimo. No sólo por el maquillaje, que demorábamos siete horas en hacer todo, sino porque era fundamental que el espectador no viera a Natalia Oreiro, porque si no corríamos el riesgo de arruinar la película. Al hacer la mala del personaje de la niña, era peligroso que se empastaran las voces, a pesar de que mi personaje adulto nunca se cruza con Cándida. También había que tener en cuenta la mirada. Entonces, hubo que hacer un personaje diametralmente opuesto desde la composición. No tenía que tener nada que hiciera pensar que era yo. Ese era el desafío y es lo que más me gustó.

–Soñar con la fama, como le sucede a la protagonista en su infancia, ¿es algo que a usted también le pasó?

–Lo que pasa es que en Uruguay, cuando era chica, eso era muy lejano. Soñar con la fama no es algo que existe cuando uno es niño. Por lo menos, no cuando yo lo era en Uruguay. Quizás hoy la televisión todo el tiempo te bombardea con el exitismo. La tele de hoy tiene el éxito como un valor desmedido y transmite que lo importante es ser famoso. Yo creo que lo peor de mi trabajo es la fama. Así lo siento. A mí me gusta actuar. Y, la verdad, salir a la calle y que me mire la gente es lo que menos disfruto. Cuando era chica soñaba con actuar, vivía disfrazándome, pero lo hacía sola en mi casa, con la ropa de mi abuela. No tenía muy en claro la consecuencia de eso. De hecho, si hubiera sabido la consecuencia de eso, no sé si lo habría elegido. La exposición es algo recurrente en mí. Trato de correrme de la mirada del otro, porque la mirada ajena siempre es muy cruel. Aunque te digan que está bueno, siempre es cruel, porque el otro está opinando de algo que vos hiciste. Prefiero hacer, y que cuando los demás opinan sobre lo mío, estar haciendo otra cosa.

–¿Cómo nació en usted la pasión por actuar?

–Me acuerdo de tener menos de 8 años y decirles a mis padres que me llamaba de otra forma. Y a través de un profesor de la escuela, que se llamaba Julio y que además era profesor de teatro, empecé a hacer un taller. Julio me incentivó mucho. Tendría por entonces 9 o 10 diez años. Recuerdo mis primeros trabajos en la Argentina: regresaba de Buenos Aires y pasaba letra con mi profesor de teatro de la escuela.

–¿Cuáles eran sus referentes en aquella época?

–En Uruguay siempre hubo mucho teatro. Es lo más fuerte. Hoy hay un poco más de televisión y se filma más, pero el teatro siempre fue muy fuerte. Iba mucho al teatro, incentivada por Julio, pero mi referente era él. No veía tanta televisión ni películas extranjeras. Pero sí recuerdo mucho (y por eso debe ser que me gusta tanto el suspenso) que mi abuelo Pepe miraba en su televisor en blanco y negro la serie de Alfred Hitchcock, que era de cortos. Yo era muy chica, tendría 6 o 7 años, me sentaba con él y alucinaba con Hitchcock, cuando él hablaba de perfil y hacía la presentación. Eso siempre me fascinó. Ahí veía a sus actrices, siempre tan bellas, tan rubias, y me gustaban. También veía muchas telenovelas de Verónica Castro, Jeanette Rodríguez... Era fanática de Rosa salvaje, Cristal, Topacio. Tomaba el café con leche con pan, hacía sopa de pan, y miraba las novelas. Y soñaba que era una de ellas.

–Y el destino quiso que lo fuera.

–Sí. Aunque va a ser difícil trabajar con Hitchcock (risas).

–¿Cómo recuerda los años ’80, en los que usted era tan chica como la Natalia de la película? ¿Qué significaron en su vida?

–Los ’80 fueron la última década en que se hizo algo nuevo, sobre todo en lo musical. A partir de los ’80, todo fue un revival de algo que ya se había hecho. Y para mí fue muy fuerte. Crecí en los ’80, entonces, tengo mucho la cultura de Cyndi Lauper, me encantaban los Ramones, me gustaba mucho Blondie. Me acuerdo de que era chica, veía cómo se vestían los Sex Pistols con todo su look y me resultaba impactante. Mi hermana me lleva cuatro años y entonces muchas cosas las escuchaba a través de ella: Beach Boys, Duran Duran. Para mí la cultura de los ’80 fue súper fuerte.

–Hace unas semanas se la vio en Francia, de Adrián Caetano, una película independiente, de bajo presupuesto. ¿Encontró una modalidad de trabajo diferente respecto del cine comercial?

–No tenía motorhome ni maquilladora (risas). No, a mí me encantó Francia porque fue una especie de trabajo en cooperativa. O sea, éramos quince personas en total, y todas poníamos lo mismo: las ganas. Fue una película que se hizo sólo por ganas y porque confiábamos en Adrián y en la historia que quería contar. Me trajo muchas satisfacciones. Fue la primera película que acompañé a festivales. Además, fue muy bien recibida en San Sebastián, en Venecia, en Huelva. Pero ya había trabajado en films independientes como Las vidas posibles, de Sandra Gugliotta, y La peli, de Gustavo Postiglione, aunque no tan independientes como la de Adrián. Soy una persona que se adapta a la situación. Me gusta mucho remar las cosas. Lo disfruto, me gusta comprometerme con las cosas y que las mismas no sean fáciles. Si es fácil, me aburro.

–Hace poco se comentó que, además de ser actriz y cantante, tendría aspiraciones de ser guionista y directora en un futuro. ¿Es así?

–Uno puede tener aspiraciones de muchas cosas, pero de ahí a poder hacer y tener la capacidad... La verdad es que hay muchas cosas del cine que me atraen muchísimo, hasta diría que más que la actuación. Toda la parte de dirección de arte y fotografía siempre me gustó mucho. Y además, me resulta interesante poder dirigir a un actor. Es más, a veces veo cosas que en mí no puedo aplicar, y como me meto tanto en los proyectos que hago y los directores tienen la generosidad de preguntarme, opino de cuadros, de luces y de otras cosas. Entonces, es algo que me gustaría hacer. Pero estoy hablando de algo de acá a veinte años. Realmente siento que me falta mucho por aprender y por hacer. Porque cuando dirija, no voy a querer actuar.

–¿Cómo observa la televisión en la actualidad?

–Claramente, no estoy haciendo televisión en la actualidad porque entre lo que hay no hay nada que me interese. Pero también siempre fui muy hacedora. Entonces, en general, los proyectos que hice los acompañé. Algunos, incluso, hasta los generé. Cuando me junto para proyectos de tele siempre propongo hacer cosas que me divierta hacer. Pero no estoy mirando mucha TV porque no hay nada que me atrape. Me da lástima porque yo miraba tele, pero son momentos. Y yo no soy la televisión: ella puede vivir perfectamente sin mí.

–¿La canción le permitió encontrar otro espacio de expresión?

–Lo que pasa es que comencé a cantar por ser actriz. Mi primera canción fue en “Un argentino en Nueva York”, donde se necesitaba una actriz que cantara. Después, explotó lo de la música y lo acompañé, lo disfruté y me sorprendió muchísimo. Cuando me di cuenta de que la compañía ejercía presión para que fuera una cantante pop, me di cuenta de que no quería eso. A mí me encantaba cantar en el Kremlin, salir de gira me gustaba muchísimo, pero siempre quise ser actriz. Y durante cuatro años sentí que estaba dedicándome mucho a algo y que estaba alejándome de mi camino. Tengo todo por hacer. Entonces, si uno detiene un crecimiento, después hay que empezar de cero. Y dije: “Tomá tu contrato, vuelvo a actuar y cuando quiera hacer un disco, lo haré”. Sigo ligada, de alguna manera: hice un programa en Rusia donde mi personaje era cantante y cantaba en ruso. Pero es un instrumento más. Es un complemento.

Compartir: 

Twitter
 

En Miss Tacuarembó, Oreiro interpreta dos papeles muy diferentes, y en uno de ellos aparece completamente irreconocible.
 
CULTURA Y ESPECTACULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.