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Martes, 7 de marzo de 2006

CINE › POR QUE “VIDAS CRUZADAS” SE CONVIRTIO EN LA GRAN SORPRESA DE LOS OSCAR

El voto de los académicos culposos

A pesar de haberse llevado tres estatuillas, Secreto en la montaña, la película más nombrada en los cálculos previos, terminó como la gran derrotada. El Oscar a Crash desnuda los vicios usuales de la Academia de Hollywood.

 Por Luciano Monteagudo

“A mí no me miren” o “Yo no fui”, parecía decir con sus ojos Jack Nicholson, más divertido que sorprendido, cuando abrió el sobre que consagró a Vidas cruzadas con el Oscar a la mejor película. Con la sabiduría de un profesional, se privó de hacer cualquier comentario, pero pronunció el título original de la película ganadora –Crash– casi con delectación, sabiendo el impacto que iba a provocar con esa sola palabra, que en sus labios sonó deliberadamente como una onomatopeya. Daba la impresión de que hasta quienes la votaron –y deben haber sido unos cuantos, porque la película de Paul Haggis se llevó también el premio al mejor guión original y al mejor montaje– se sorprendieron de que ganara el premio mayor de la noche, tal fue el revuelo y el asombro en ese momento en el Kodak Theatre.

“Uno de los resultados más inesperados de los últimos años”, consignó ayer The Los Angeles Times, que recibe bajo su puerta –en las colinas de Beverly Hills o las veredas soleadas de Rodeo Drive– la mayoría de los 6 mil votantes de la Academia de Hollywood. Secreto en la montaña, con la dramática historia de un amor prohibido entre dos cowboys de Wyoming, era la favorita de todos, pero en el momento decisivo, en el de la horrible verdad, muchos parecen haberse arrepentido. Nunca los boca de urna fallaron tanto en la Meca del Cine. Y nunca desde Rescatando al soldado Ryan –otra favorita que terminó derrotada en la recta final, en aquella oportunidad por Shakespeare apasionado– una película ganadora pareció tan perdedora. Al fin y al cabo, el director Ang Lee (el primer no estadounidense en ganar la categoría), los guionistas Diane Osanna y Larry McMurtry (genial en su combinación de frac y jeans) y el músico argentino Gustavo Santaolalla consiguieron tres de las más importantes estatuillas, pero aun así Secreto en la montaña quedará en el recuerdo como la gran derrotada de la noche.

Las interpretaciones –en las que nadie se atreve a pronunciar la palabra “homofobia”– ahora se multiplican. La más difundida indica que en la última semana hubo una intensa campaña promocional en favor de Vidas cruzadas, de la que participó incluso el crítico más leído y escuchado de los Estados Unidos, Roger Ebert, que siempre empujó la película como su favorita. El periódico especializado Variety –escrito y publicado en el corazón de la industria– no desmiente ese análisis, pero le suma un ingrediente: “Mucho tuvo que ver lo fuerte que resonó la película en Los Angeles, donde reside la mayoría de los votantes”.

De hecho, Crash no parece haber repercutido en ningún otro lado. La modesta producción independiente de Lion’s Gate, con un presupuesto de 7 millones de dólares –apenas el 10 por ciento de lo que costó Munich, de Steven Spielberg–, debe ser también una de las películas menos vistas de la historia del Oscar: en Estados Unidos está fuera de cartel desde hace seis meses, cuando se editó en DVD, y en Buenos Aires, sin ir más lejos, se estrenó en septiembre pasado ante la indiferencia de la crítica y el público, para volver recién hace un par de semanas a algunas pocas salas céntricas, aprovechando las candidaturas al Oscar.

Por lo que vale la pena refrescar un poco de qué va la película, como una forma también de echar alguna luz sobre el resultado de la votación de la Academia. Siguiendo un camino abierto hace ya más de diez años por Ciudad de ángeles, de Robert Altman (homenajeado en la noche del domingo con un Oscar a su carrera, cuando en todo caso debió haber ganado alguna vez aunque más no fuera la estatuilla al mejor director), Vidas cruzadas insiste con el mismo recurso que luego fatigaron Magnolia, de Paul Thomas Anderson, y 21 gramos, de Alejandro González Iñárritu: una serie de historias paralelas de una docena de personajes, que se terminan relacionando caprichosamente entre sí.

En Crash, el director Paul Haggis –que se dio a conocer como el guionista de Million Dollar Baby, la ganadora del Oscar del año pasado– vuelve a aplicar el mismo molde, casi sin otra variante que la de cambiar unos personajes por otros. Como en los ejemplos precedentes, aquí hay hombres y mujeres que sufren, y que no saben por qué, tal es su alienación. “A veces pienso que chocamos para sentir algo, para entrar en contacto... vivimos encerrados en jaulas de vidrio y cristal”, se ensombrece uno de los varios habitantes de Los Angeles que Vidas cruzadas –una película tan solemne como pretenciosa– utiliza a la manera de estereotipos. Son de distintas clases sociales y de diferente color de piel. Unos tienen lo que a los otros les falta, pero todos abrigan los mismos prejuicios: contra el negro, el blanco, el latino, el chino... Unos son víctimas y otros victimarios, pero todos demuestran que pueden cambiar de rol, de la noche a la mañana, a gusto del director.

A la manera de un predicador evangelista, Haggis se sube a un púlpito, los mira a todos bien desde arriba, con una piedad forzada que tiene mucho de desdén, y les hace ver sus pecados: su intolerancia, su insolidaridad, su cobardía. Nadie puede tirar la primera piedra... salvo el director. El es quien levanta su dedo acusador contra el policía que interpreta Matt Dillon y lo tilda de misógino y racista, pero quien lo absuelve porque carga –como con una penitencia– con un padre enfermo de próstata. El es quien señala al inmigrante persa, capaz de tirar a matar sobre un hombre indefenso, pero que lo perdona porque sabe que lo hace de rabia y de impotencia. Y él es quien le hace ver al personaje de Sandra Bullock –y quizás a la propia Sandra Bullock y a sus colegas, con quienes compartió la gala del domingo del Kodak– que esa mucama mexicana a la que nunca miró a los ojos quizá puede ser su mejor, su única, su auténtica amiga... Así las cosas, no resulta difícil ver en muchos de los 6 mil votantes de la Academia a feligreses tocados por este sermón, que tomaron la película por una ceremonia privada de expiación, convencidos de que Hollywood es, en verdad, una ciudad de ángeles.

Contra esas razones privadas fue poco finalmente lo que pudieron los motivos públicos de Secreto en la montaña. Ni que hablar de los méritos de Buenas noches... y buena suerte, quizás el film político más inteligente que haya producido Hollywood en los últimos años, capaz de iluminar la actualidad de los Estados Unidos a partir de un episodio del pasado y que se quedó con las manos completamente vacías, ya que el Oscar a George Clooney fue como actor secundario de Syriana. El premio a Philip Seymour Hoffman por Capote y la estatuilla a la mejor actriz a Reese Whiterspoon por otro biopic, Johnny y June, tranquilizó seguramente a los apostadores de Las Vegas, que los tenían como favoritos. Y ambos, también, complacieron a la audiencia familiar del Oscar, con sus respectivos agradecimientos: a su madre (él) y a su abuela (ella).

Lejos estaba ya a esa altura la ceremonia que prometía temas risquée o declaraciones políticas. Compitiendo con Vidas cruzadas y con Secreto en la montaña, el mono King Kong y el best-seller ilustrado Memorias de una geisha se llevaron, también, tres estatuillas cada una, aunque en categorías técnicas. Esa división salomónica de premios pareció expresar, sin embargo, no tanto el consenso o la armonía de la industria sino más bien un desconcierto, como si en un año en que las grandes superproducciones fueron minoría los académicos de Hollywood no hubieran sabido muy bien qué hacer con su voto, salvo perdonarse a sí mismos. Amén.

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