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Jueves, 10 de mayo de 2012

CINE › REFLEXIóN NOCTURNA Y MELANCóLICA SOBRE EL AMOR Y LA SOLEDAD

Una orgía de miradas

En 35 rhums, hasta los dolores más profundos parecen surgidos de los más nobles sentimientos. Y sus personajes parecerían suspendidos en un raro estado de calma perfecta.

 Por Horacio Bernades

En el cine de Claire Denis, lo que se entiende por “conflicto” no se construye como lo indican los manuales de dramaturgia. Difícilmente se produzcan enfrentamientos explícitos y visibles. Los conflictos se mantienen subyacentes, quedando a cargo del espectador establecer las asociaciones necesarias entre una imagen y otra, entre un plano y otro. El cuerpo transpirado del sargento Galoup y la mirada del comandante Forestier, en Bella tarea, las dudas que asaltan a la chica que está por cambiar de vida en Vendredi soir, aquello que liga al protagonista de L’intrus con su corazón en jaque y su hijo distante. Habría algo de “teoría del iceberg” en ese modo narrativo (una punta de sentido que asoma a la superficie, permitiendo inducir qué hay debajo), si no fuera que en su dramaturgia las puntas del iceberg asoman apenas, y luego vuelven a sumergirse. Basada en un film de Yasujiro Ozu (Primavera tardía, 1949), 35 rhums tal vez sea, de sus películas, la que presenta una superficie más serena. Por lo tanto, corrientes más agitadas. Agitadas y cálidas: como el film en que se inspira (como todos los de Ozu, habría que decir), en 35 rhums hasta los dolores más profundos parecen surgidos de los más nobles sentimientos.

Un primer desafío de 35 rhums (35 vasos de rhum hubiera sido una traducción más apropiada) es plantear, en plena época de la sospecha, la posibilidad de una relación amorosa, intensa y hasta física entre padre e hija (que además viven solos bajo el mismo techo, siendo la hija una muchacha veinteañera), sin sugerir asomo de disfuncionalidad. Viudo silencioso y meditabundo, más cerca de los 60 que de los 50, Lionel (el morocho Alex Descas, veterano de la escudería Denis) da la impresión de sonreír sólo cuando vuelve a casa y se reencuentra con Joséphine (la debutante Mati Diop). Se diría que Lionel y Josephine funcionan como pareja en todas las instancias... salvo a la hora de ir a la cama. Alrededor de ellos –que parecerían suspendidos en un estado de calma perfecta– orbitan un par de vecinos simétricos y sendos grupos de pertenencia. Los vecinos son Gabrielle (Nicole Dogue), una taxista que vive esperando, notoriamente, alguna señal de Lionel que nunca llega, y Noé (Grégoire Colin, otro denisiano histórico), a quien le ocurre lo mismo en relación con Joséphine, que es tan gentil como hermética.

Un espacio dominante es, entonces, el del edificio donde todos ellos cohabitan. Edificio que –segunda excepción a la regla, en este caso sociológico-política– no es uno de esos monoblocks de las afueras (la banlieue), donde se supone que inevitablemente deberían apiñarse los inmigrantes del Magreb o las Antillas, sus hijos y nietos, sino una torre impecable, que casi parece más de Palermo Soho que del centro. Los otros espacios dramáticos son, por un lado, las vías del ferrocarril (Lionel es conductor de trenes) y los bares donde los ferroviarios suelen hacer sentir su camaradería (una camaradería tal vez algo idealizada) y, por otro, la facu. Es que Joséphine reparte su tiempo entre atender el local de Virgin y estudiar ciencias políticas: estamos en presencia de una clase media, eventualmente ilustrada, integrada por descendientes de inmigrantes.

De modo característico, Denis dispone las piezas del rompecabezas, dejando el armado en manos del espectador. Véase por ejemplo el modo en que presenta el tema de la jubilación, que preocupa a Lionel, mostrando, en las imágenes iniciales, trenes que pasan y que él observa a la distancia, fumando como para dentro. Se fuma mucho en este film entre brumoso y nocturno. Tal vez porque el cigarrillo es una de las formas de la soledad. Significativamente, los que fuman no son Joséphine y Noé, sino Lionel y Gabrielle. Lo otro que se hace mucho en 35 rhums es comer. Quizá porque ése es uno de los ritos básicos de la domesticidad compartida, o tal vez como homenaje de Denis a Hong Sang-soo. Aunque aquí se beban varios hectolitros menos que en los films del realizador coreano. Salvo, eso sí, los treinta y cinco vasos del título, centro de un tan parco como emotivo ritual de despedida.

Atravesada por un sentimiento de duelo que aparece característicamente desplazado (no se alude a la viudez del protagonista ni, casi, a la pérdida que hace de Noé poco menos que un enterrado vivo; el que se jubila no es Lionel, sino un compañero que funciona como su doble), la cámara de Agnès Godard vuelve a operar, más que como simple ojo, como un centro de gravedad emocional. Tanto por el tempo pensativo y melancólico que impone cada vez que Lionel y Gabrielle están en cuadro, como por esa gran escena –una verdadera orgía de miradas cruzadas– en la que, sin que medie palabra, el protagonista y su vecina renuncian a lo que más aman, sabiendo que eso ya no será para ellos.

8-35 RHUMS

Francia/Alemania, 2008.

Dirección: Claire Denis.

Guión: C. Denis y Jean-Pol Fargeau.

Fotografía: Agnès Godard.

Música: Tindersticks.

Intérpretes: Alex Descas, Mati Diop, Nicole Dogué y Grégoire Colin.

Se exhibe exclusivamente en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, todos los días, a las 19.30 y 22 (hasta el 17 de mayo), y a las 14.30, 17, 19.30 y 22 (hasta el 24 de mayo).

Proyección en formato Blu-ray.

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Los treinta y cinco brindis, un parco y emotivo ritual de despedida.
 
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